Jesucristo, el rostro de la misericordia del Padre

Santiago Arzobispo Julian BarrioMons. Julián Barrio       1.- Introducción

Queridos diocesanos:

Con esta afirmación el papa Francisco llama a toda la Iglesia a vivir una experiencia de gracia y convoca elJubileo Extraordinario de la Misericordia que se inaugurará el próximo 8 de diciembre.

Participando de esta iniciativa del Obispo de Roma pido que nuestra diócesis reviva la experiencia de la misericordia. Ella es visible y palpable en la ternura de los que cuidan a los más frágiles y necesitados, en el perdón mutuo y en el sacramento de la reconciliación. Por eso ruego que todos tengamos abiertos los oídos del corazón para percibir el susurro del Espíritu que proclama: sed misericordiosos los unos con los otros.

Espero que todo esto no se ahogue en la esterilidad de los discursos. Deberemos promover en nuestra diócesis acciones concretas que hagan visible para todos el don de la misericordia, desde la atención serena de cada cristiano en la oración a este misterio de amor, hasta el compromiso público y organizado hacia los que hoy sufren por cualquier motivo. También quiero trasmitir la llamada que el Papa realiza a los sacerdotes a fin de que “sintiéndose ellos penitentes en busca de perdón, conscientes de que no son dueños del sacramento, acojan sin severidad y con ternura a cuantos deseen celebrar el perdón[1]. Además, ¿por qué no hacer nuestra la iniciativa del Papa 24 horas para el Señor? Acogeremos también con entusiasmo las misiones de la misericordia que nos darán un vivo sentido del perdón y de la comunión con toda la Iglesia[2].

Cuantas más sean las acciones concretas y coordinadas que nos lleven a experimentar y a promover la misericordia en el día a día, con mayor solidez estaremos dando respuesta a los retos que nos plantea también nuestro Sínodo diocesano.

Con esta carta pastoral quiero invitar a todos los diocesanos y personas de buena voluntad a abrirnos al misterio insondable de la misericordia de Dios. Ella, una y otra vez, nos hace hijos suyos a la vez que nos capacita y empuja a ser misericordiosos los unos con los otros. El ejemplo de tantos peregrinos que viven la experiencia de la misericordia y celebran el sacramento de la reconciliación es un acicate para todos nosotros. Estoy seguro de que ninguno de nosotros puede decir que no necesita de la misericordia de Dios y de la de los demás. Y los demás esperan siempre nuestra actitud misericordiosa, esperando ser vistos con los ojos del corazón.

 

2.- La puerta santa

Si en toda la Iglesia el Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, como un momento de gracia y renovación, ha de celebrarse con una gran esperanza y gozo, considero que ha de tener un eco especial en nuestra Iglesia diocesana en la que la celebración de los Años Santos Compostelanos se subraya la motivación de la Gran Perdonanza, tan vinculada a la Misericordia y al amor de Dios que perdona. La apertura de la puerta santa en la Catedral es el signo de la “Puerta de la Misericordia, a través de la cual cualquiera que pase por ella, podrá experimentar el amor de Dios que consuela, perdona y ofrece esperanza”.

“Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, “rico en misericordia” (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la “plenitud del tiempo” (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios”[3]. Él es la Puerta: “En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos” (Jn 10, 7.9). En nuestra Catedral abriremos la puerta santa el día 13 de diciembre, Domingo III de Adviento.

 

3.- La entrañable misericordia de Dios

Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia[4]. Esta sencilla oración expresa tanto la experiencia de los cristianos como la entraña misma de Dios. Desde nuestra óptica demasiado humana a veces imaginamos que el perdón proviene de una autoridad débil. Bien distinto es en Dios, en quien nuestros extremos se identifican: la infinita misericordia y la infinita justicia, el infinito amor y el aborrecimiento del pecado, el infinito poder y la infinita complacencia con la que se compadece de todos nosotros. “La gloria de Dios es el hombre viviente; la vida del hombre es la visión de Dios”[5].

No es difícil fascinarse ante la grandiosidad y belleza de la creación, pero como afirmaba el papa emérito Benedicto XVI, esta inmensidad y poder es superado todavía por la grandeza y belleza de la misericordia[6]. Sin duda, la primera es accesible a todos los ojos, y la segunda sólo a los del corazón. Así el salmista proclama: “Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes temor. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa y el redimirá a Israel de todos sus delitos” (Sal 129,3-4.7-8). Los que más de cerca viven este misterio no son los más perfectos o los más capaces, sino aquellos hombres y mujeres que experimentan la ternura de Dios. Testigos veraces de ella son para nosotros el leproso tocado por Jesús (Mc 1,40-45), la mujer sorprendida en adulterio (Jn 8, 3-10), el publicano cobrador de impuestos (Mt 9,9), la mujer que padecía flujos de sangre (Lc 8,43-48) o el paralítico al que le fueron perdonados sus pecados (Lc 5,24). Pero, ¿qué decir de Pedro, el que se oponía a la entrega en cruz de Jesús? ¿Y de Pablo, el que perseguía a Cristo en los hermanos? El primero dejándose lavar los pies comprendió que su amor por Cristo no provenía de sí mismo (Jn 13,9); el segundo, presumiendo ser buscador del Señor se dejó alcanzar por Él (Flp. 3,12-14). Queridos diocesanos, todas estas experiencias que nos acerca la Palabra de Dios son iconos vivos donde todos podemos contemplar y dejarnos hacer por su misericordia.

El mismo Jesús en la cruz abre su corazón “desentrañándose” por la humanidad. Desde entonces, se hacen hijos y discípulos suyos los que recibiendo sus mismas entrañas, su mismo Espíritu, se mueven por sus mismos sentimientos (Flp. 2,5). Cristo no sólo habla de misericordia y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido, la misericordia[7].

Esa entrega definitiva se fue derramando a lo largo de su vida en su solicitud por los pobres y pequeños. ¡Verdaderamente cada gota del Evangelio contiene el océano de la misericordia! “Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de sus interlocutores y respondía a sus necesidades más reales[8].

Esta misericordia entrañable presente en los Evangelios habla un idioma que es universal. Todos hemos sido testigos de ella y la experimentamos en un momento u otro a lo largo de la vida en la ternura y cuidado de los demás: cuando fuimos niños, cuando estamos enfermos, cuando seamos ancianos. También nosotros tocamos el borde del manto de Jesús cuando se nos conmueven las entrañas y ofrecemos nuestra mano a los que más sufren o cuando la compasión de los demás hacia nuestra fragilidad nos acerca el sol de la misericordia divina.

Por eso tengo presente a muchas religiosas y a tantas mujeres de nuestras ciudades y aldeas de nuestra diócesis que en sus casas atienden y cuidan a mayores y enfermos. ¡Cómo no hacer referencia a médicos, enfermeras, enfermeros y personal sanitario en el delicado cuidado de los enfermos en los hospitales! Compartiendo la debilidad de quienes cuidan se tallan para sí un corazón más fuerte que el de “los sanos”. ¿Quién dejará de alabar y reconocer la misericordia del Padre viendo la de sus hijos? Por lo demás, ¿quién podrá negar que muchas veces hay tanto amor en quien se deja querer y cuidar como en quien ofrece atención? Pues esto tiene la ternura: humaniza a quien la ofrece y también al que la recibe.

En este sentido nos dice el papa Francisco: “La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por su propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene de lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón[9].

Si nosotros siendo malos sabemos dar cosas buenas a nuestros hermanos… ¡Cuánto más nuestro Padre del cielo! Ese Padre nos ama con amor materno, un amor que se conmueve por dentro hasta las entrañas por nosotros sus hijos. El profeta Isaías nos lo recuerda: “Sión decía: “Me ha abandonado Dios, el Señor me ha olvidado” ¿Acaso olvida una mujer a su hijo, y no se apiada del fruto de sus entrañas?” (Is. 49,14).

Es ese mismo sentimiento materno el que lleva a San Pablo a sufrir dolores de parto hasta que en sus hijos de Galacia Cristo acabe tomando forma definitiva en ellos (Gal 4,19). El beato papa Pablo VI, reconociendo ese ardor evangelizador afirmaba: “¿de qué amor se trata? Mucho más que el de un pedagogo, es el amor de un padre, más aún el de una madre; tal es el amor que el Señor espera de cada predicador del Evangelio, de cada constructor de la Iglesia”[10].

 

4.- En la lógica del don

“Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, mírame, ten compasión de mí” (Sal 86,15-16). La misericordia antes que un sentimiento humano es un don previo a nuestra actitud[11]. Como nos recuerda San Pablo: “Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8).

Todos somos sostenidos por el perdón incondicional de Dios. En contra de lo que pudiéramos pensar, es la misericordia de Dios y no su justicia la que nos convierte en reos desagradecidos. La parábola del siervo sin entrañas al que el rey no sólo perdonó una gran suma de dinero sino incluso le respetó la misma libertad, negándose aquel después a perdonar una insignificancia a su compañero, describe la injusticia que cometemos cada vez que no perdonamos (Mt 18,23-35). El perdón que Dios nos pide es consecuencia de su perdón previo, no una exigencia para quienes no lo han experimentado. Habiendo Pedro vivido en su propia carne el perdón de su maestro, comprendió que debía perdonar hasta setenta veces siete (cf. Mt 18,22).

Con todo, el perdón de Dios sólo puede ser pedido y aguardado con humildad, no obtenido como una gracia “automática”. La humildad es descombrar ese cúmulo de imágenes que cubren la propia miseria, la propia debilidad, tapadas por poses y humos retóricos. Sólo puede acoger el perdón quien se convierte, hace cambiar su vida, y acoge la voluntad de Dios, dejando transformar su corazón de piedra en uno de carne, humano como el de Cristo. Hemos de tener la valentía de entrar en el quirófano de Cristo para que él cambie nuestro corazón. Será doloroso espiritualmente pero merecerá la pena contar con un corazón nuevo.

Por lo demás, ¿qué sentido tendría pedir a Dios que perdone todas nuestras ofensas si nosotros no estuviéramos dispuestos a compartir ese mismo perdón? ¡Seríamos como ricos que expolian a los pobres! ¿Quién rogará con piedad verdadera aquello que no está dispuesto a dar? Por eso, la petición del Padrenuestro perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden expresa también una ley presente en la existencia: poseemos sólo lo que compartimos. Es verdad, sólo puede vivir el perdón de Dios quien lo está ofreciendo al hermano[12]. Sólo es misericordioso quien tiene suficiente capacidad en su corazón de hacer espacio a la realidad muchas veces incomprendida de su semejante. Ser misericordioso es prueba de fortaleza de espíritu.

Cuando la Palabra de Dios descubra nuestro desamor, no desesperemos de la misericordia, ella nos irá conduciendo de la mano hasta el encuentro con Jesús por el sendero del arrepentimiento, no por el de nuestra desesperación. La humildad nace del conocimiento de Dios y también de sí mismo. Quien es misericordioso es también paciente consigo mismo, no por conformismo o indiferencia, sino con aquella fortaleza que soporta el tiempo de la espera.

Dios respeta y promueve nuestro crecimiento. Es verdad, perdonar se trata muchas veces más de un proceso que de un acto, puede ser largo y doloroso, pero quien perdona no sólo hace un bien a quien recibe el perdón, sino que se libera del aguijón de la venganza y de la losa del rencor.

Queridos hermanos, si queremos conocer a Dios, hemos de aprender a comprender las flaquezas, pecados e imperfecciones de los otros, como si fueran los nuestros. El pecado del hermano es un cierto reflejo del que hay en mí. Su mota es muchas veces tu viga (Cf. Mt 7,3). Hemos de sentir su pobreza como Cristo experimentó la nuestra, haciéndola propia. Los que mejor se han mantenido en el don de la misericordia no son los que la han guardado para sí, sino los misericordiosos con sus prójimos. Con razón el Señor Jesús los llama bienaventuradoso dichosos, pues ellos poseen en sí mismos la cualidad que mejor describe a Dios[13].

Queridos diocesanos os pido que no encerremos la misericordia en el gueto de nuestro corazón. Sólo recibiremos la misericordia de Cristo allí donde Él mismo la ofreció, en medio de las injusticias concretas de nuestra sociedad, en medio de incomprensiones y ofensas cotidianas, en medio de las incoherencias de los que nos hacemos llamar cristianos.

 

5.- Misericordia y reconciliación

La misericordia produce su fruto: la reconciliación. Este fruto no es una salvación del alma de forma individual, sino que nos amista con el cuerpo que es la Iglesia. El mensaje de la reconciliación no es una miel religiosa que proporciona consuelo, sino la sal que cierra la herida para la salud de todo el cuerpo. Ese cuerpo de Cristo somos nosotros. Con toda valentía nos dice San León Magno: “Porque esta debe ser sobre todo la preocupación de los santos: que nadie padezca el frío, que nadie sufra hambre, que nadie muera por falta de alimento, que nadie se destruya en el dolor, que las cadenas no tengan a nadie retenido, que la cárcel no tenga a nadie recluido. Por grandes que sean los motivos del rencor, sin embargo, en el comportamiento de un hombre respecto a otro hombre se debe considerar no tanto la grandeza de la culpa, cuanto la semejanza de la naturaleza, para que nadie obtenga la misericordia de Dios que será su juez, sobre la base del juicio con que ha juzgado al otro[14].

Desde esta caridad que reconcilia en comunión con el papa Francisco quiero animar a que todos en la diócesis nos fijemos como objetivo las obras de misericordia, tanto corporales como espirituales, teniendo en cuenta esas periferias que generan nuestra indiferencia e individualismo. Ello será un modo de despertar nuestra conciencia muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y de entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina[15]. Acercándonos a ellos, aunque nuestros pecados sean como escarlata, se volverán como nieve a los ojos de Dios (Is 1,18).

Cristo hoy está perdonando a través de los miembros de su cuerpo: cuando yo perdono, la misericordia de Jesús llega al otro, cuando soy perdonado, llega a mí. Animo a que la preocupación de los mayores que ven como los más jóvenes se alejan de la fe, no se convierta en desesperación: en su paciencia, Cristo es paciencia para sus vidas; en su perdón, el perdón de Dios sigue llegando a ellos. Quizá no conocen a Cristo, pero a través del cuidado y misericordia de los mayores, al menos, tocan el borde de su manto.

 

6. Programación diocesana

La celebración del Jubileo nos ayudará a renovar la pastoral diocesana. El tema de la misericordia ha de estar presente en todo nuestro quehacer pastoral: en la catequesis, a lo largo del Tiempo litúrgico, de manera especial en la Cuaresma, Semana Santa, Tiempo pascual, Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, y Solemnidad del Sacratísimo Corazón de Jesús. A este propósito por parte de la Vicaría de Enseñanza, Delegación Episcopal de Catequesis y de Liturgia se ofrecerán los subsidios oportunos aparte de los ya indicados por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización. La exposición del tema de la misericordia se hará en la celebración de los sacramentos: Bautismo, Confirmación, Unción de los Enfermos y sobre todo Penitencia. “De nuevo, escribe el Papa, ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior”[16]. Se nota una cierta desafección al sacramento de la Penitencia. Es necesario fomentar la práctica de este sacramento. Toda motivación que hagamos en este sentido siempre será poca. Los sacerdotes han de estar siempre disponibles para el que quiere acercarse a recibir este sacramento. Es Dios quien marca el momento. Es oportuno que en cada zona pastoral de la diócesis se fije una Iglesia con este carácter penitencial, aparte de la posibilidad de ofrecer este sacramento en cada una de las parroquias. Por otra parte, parroquias y arciprestazgos han de programar la peregrinación para pasar por la Puerta Santa de nuestra Catedral y así acoger la Indulgencia plenaria jubilar.

En su momento se concretarán las fechas de las peregrinaciones de los distintos grupos diocesanos: familias, niños, ancianos, colegios, universitarios, enfermos, discapacitados, parados, marginados, etc. Las Delegaciones episcopales respectivas han de preparar conveniente y oportunamente estas peregrinaciones. “Estoy convencido, decía el Papa, de que toda la Iglesia podrá encontrar en este Jubileo la alegría para redescubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la cual todos estamos llamados a dar consuelo a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo”[17]. Quien ha experimentado la misericordia de Dios está en condiciones de practicar la misericordia con los demás y entender aquello que Jesús, el Buen Samaritano, dice al maestro de la ley: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10,37) con los marginados, los sin techo, los que sufren por cualquier causa, los excluidos de nuestra sociedad. En este sentido invito a todas entidades financieras y comerciales a hacerse cargo del costo de un día de las instituciones benéficas que cuidan de los más desprotegidos y olvidados en nuestra comunidad diocesana.

 

7.- La Madre de misericordia

“Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”. María es madre de misericordia, la tuvo en su seno y la sostuvo en sus brazos; pudo nacer de ella, porque se hizo humilde sierva de la Palabra de Dios. Su humildad fue condición para profetizar la dispersión de los soberbios de corazón y la exaltación de los humildes. Su piedad misericordiosa la muestra María en las bodas de Caná con aquellos jóvenes esposos que pudieron verse en la ignominia de no poder ofrecer vino a los invitados. María intervino y Jesús realizó el primero de los signos, manifestando su gloria, y los discípulos creyeron en él. Ella tiene el propósito de manifestar la gloria de Cristo para la conversión de los hombres. Es verdad que a los que se les ha perdonado mucho es porque han amado mucho (Lc 7, 47). Sin embargo, lo mejor de todo es el amor de la Madre del Señor, que nunca le ofendió sino que recibió de Él la misericordia mayor de todas: la de reconocer su propia nada en medio de la más alta perfección, y de ser la más pobre entre todos los santos porque fue la más rica de gracia. Su caridad correspondía perfectamente con su humildad. Esta no es el ámbito de la debilidad que siempre es fruto de la soberbia revestida de palabras huecas.

Os pido que oréis por vuestro pastor y su Auxiliar para que como San Pablo pueda deciros: “Está justificado esto que yo siento por vosotros, pues os llevo en el corazón. Dios es testigo de lo entrañablemente que os quiero a todos en Cristo Jesús” (Flp 1,8).

Con cordial afecto y bendición en el Señor,

+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela

 

[1] Francisco, Misericordiae vultus, 17.

[2] Ibid., 18.

[3] Ibid., 1.

[4] Oración colecta del Domingo XXVI del Tiempo Ordinario.

[5] San Ireneo de Lyon, Adversus Haereses, 4,20,7.

[6] Cf. Benedicto XVI, Audiencia general. Miércoles 1 de febrero de 2006.

[7] San Juan Pablo II, Dives in misericordia.

[8] Francisco, Misericordiae vultus, 8.

[9] Ibid., 6.

[10] Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, 79.

[11] Cf. Francisco, Misericordiae vultus, 13: “Para ser capaces de misericordia, entonces, debemos en primer lugar colocarnos a la escucha de la Palabra de Dios. Esto significa recuperar el valor del silencio para meditar la Palabra que se nos dirige”.

[12] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2840: “Ahora bien lo temible es que este desbordamiento de misericordia[que Dios perdone nuestras ofensas] no puede penetrar en nuestro corazón mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido”.

[13] Cf. Mt 5,7; Cf. Francisco, Misericordia vultus, 9: “Jesús afirma que la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos. Así entonces, estamos llamados a vivir de misericordia, porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia”.

[14] San León Magno, Sermón cuaresmal XXXIV.

[15] Francisco, Misericordia vultus, 13.

[16] Ibid., 17.

[17] FRANCISCO, Homilía en la Basílica de San Pedro, 13 de marzo 2015.

 

Mons. Julián Barrio Barrio
Acerca de Mons. Julián Barrio Barrio 133 Artículos
D. Julián Barrio Barrio preside la Iglesia Compostelana desde el día 25 de febrero de 1996, fecha en que tomó posesión de la Sede para la que había sido nombrado por el Papa Juan Pablo II el día 5 de enero del mismo año. Cuando este evento se produjo, llevaba ya dos años con nosotros. Había llegado desde la Iglesia hermana de Astorga el día 7 de febrero de 1993 en pleno Año Jubilar, siendo consagrado en nuestra Catedral como Obispo Titular de Sasabe y Auxiliar de su antecesor. Desde octubre de 1994 hasta su nombramiento gobernó la archidiócesis como Administrador Diocesano. Nació en Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora y Diócesis de Astorga, el 15 de Agosto de 1946. Cursó los estudios de Humanidades y de Filosofía en el Seminario Diocesano de Astorga. Distinciones: - Medalla de Honor de la Universidad en la Licenciatura de Historia de la Iglesia en la Facultad de Historia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1974). - Medalla de Oro en el Doctorado en la Facultad de Historia de la Iglesia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1976). - Medalla de Oro de la Ciudad de Santiago y Título de Hijo Adoptivo. - Caballero de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Miembro de la Confraternidad de Nosa Señora da Conceçao. - Capellán Gran Cruz Conventual “Ad honores” de la S. O. Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. - Medalla de oro del Concello de Vila de Cruces. Premio de Santa Bona de la Ciudad de Pisa (Italia). Títulos Académicos: Es Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (1971), Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1976) y Licenciado en Filosofía y Letras, Sección de Geografía e Historia, por la Universidad de Oviedo (1979). Publicaciones: - Félix Torres Amat (1772-1847), Un Obispo reformador, Roma 1977. - La Junta de ancianos de la iglesia de Gibraltar: Anthologica Annua. - Aportación para un epistolario de Félix Torres Amat: Anthologica Annua. - Proceso a un clérigo doceañista: Astorica. - 25 Años de Postconcilio en el Seminario: 25 Años de Ministerio episcopal en la Iglesia Apostólica de Astorga, Astorga 1993. - La formación de los sacerdotes del mañana, (1989). - Peregrinar en Espíritu y en verdad. Escritos Jacobeos (2004). - Peregrinando en esperanza. Lectura creyente de la realidad actual (2007). Cargos: - Bibliotecario del Instituto Histórico Español, anejo a la Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat en Roma, de donde fue Becario. - Secretario de Estudios y Vice-Rector del Seminario Mayor Diocesano de Astorga (1978-1980). - Rector del Seminario Mayor Diocesano y Director del Centro de Estudios Eclesiásticos del Seminario de Astorga (1980-1992). - Profesor de Historia Eclesiástica en el Seminario Mayor y de Historia de España en 3º de BUP y de Contemporánea en COU en el Seminario Menor (1980-1992). - Profesor de la UNED en la sección delegada de Valdeorras en A RUA PETIN (1991-1993). - Miembro del Consejo Nacional de Rectores de Seminarios (1982-1985). - Miembro del Consejo de Consultores del Obispo de Astorga. - Secretario del Consejo Pastoral Diocesano de la diócesis de Astorga (1991-1992). - Nombramiento de Obispo Auxiliar de Santiago de Compostela el 31 de Diciembre de 1992. Ordenación episcopal el 7 de Febrero de 1993. Responsable de la sección de los Seminarios Mayores en la Comisión Episcopal de Seminario y Universidades de la Conferencia Episcopal Española. - Obispo Administrador Diocesano de la Archidiócesis de Santiago desde octubre de 1994. - Nombrado Arzobispo de Santiago de Compostela el 5 de enero de 1996, de cuya Sede toma posesión el 25 de febrero. - Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española (1999-2005). - Miembro de la Permanente de la Conferencia Episcopal Española (Marzo 1999…). - Presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (Marzo 2005-2011). - Miembro del Comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española (2011…).