Anunciar hoy a Jesucristo

casimirolopezMons. Casimiro López Llorente       Queridos diocesanos:

Este curso nuestra Iglesia diocesana nos hemos propuesto anunciar la Palabra de Dios para ayudar a nacer a la fe y crecer en la fe. En este sentido es de vital importancia, como os decía en una carta anterior, incorporar en nuestra vida personal y en nuestra acción pastoral el primer anuncio:es decir el ‘Kerigma’, el anuncio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado en la historia, muerto y resucitado para que en él tengamos Vida. Este primer anuncio es la base para el nacimiento a la fe y su crecimiento; tiene como fin llevar a la conversión y adhesión a Jesucristo, al encuentro personal y salvífico con Él en la comunidad de los creyentes.

Ahora bien, para anunciar la Palabra de Dios hoy son indispensables dos premisas: hemos de ser «contemplativos de la Palabra» pero también hemos de ser «contemplativos del pueblo», como nos recuerda el papa Francisco (EG 154-155), para saber cómo presentar y ofrecer de manera comprensible y atrayente a Jesucristo, su Evangelio y, en él, la presencia salvadora del Padre celestial, rico en misericordia.

Un importante momento será, pues, mirar al tiempo y cultura actuales, mirar a nuestra gente y reconocer ahí los designios de Dios. Es en este nuestro mundo, aquí y ahora, donde hemos de anunciar a Jesucristo, sabiendo que éste es el tiempo favorable para nosotros, el tiempo de nuestra salvación, el tiempo que Dios ha querido para nosotros (cfr. 2Co 6,2). Este mundo es como es y a él somos enviados como sal que sazona y como luz que ilumina, pero que sazona con el sabor de Cristo e ilumina con la luz de Cristo (cfr. Mt 5,13-16). Hemos de mirar a este nuestro mundo con sus características, sus contradicciones y sus progresos, porque es a él al que hemos sido enviados para anunciar a Cristo y ofrecer el encuentro transformador y salvador con Él. Tenemos que mirar al mundo actual y descubrir la presencia de Dios en él. Para ello hemos de mirar­lo con ojos de fe y con corazón misericordioso; y esto significa mirarlo desde el amor del Padre misericordioso, que tanto amó al mundo que entregó a su Hijo por nosotros, no para condenarlo, sino para salvarlo (Jn 3, 16-17). El Concilio Vaticano II nos invita a escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio (cfr. GS 4); a discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos los signos ver­daderos de la presencia o de los planes de Dios (cfr. GS 11).

Y ¿cómo es nuestro mundo?. Algunas notas de este mundo, que son retos y dificultades para el anuncio del Evangelio, son la escasa valoración social de la religión, el pragmatismo cerrado a la trascendencia, el subjetivismo y el relativismo, la doctrina de la inmediatez que elimina todo proyecto de futuro al absolutizar el presente, una cultura del todo vale y de  la diversión que impide la interioridad y una secularización que elimina el horizonte de Dios y se vuelve contra el hombre. Pero sabemos que Dios no deja nunca de actuar en nuestro mundo, que Dios sigue sanando, y que el ser humano sigue buscando un mundo más humano, fraterno, solidario, justo y en paz. Es el tiempo de saber dar la razón de la esperanza, con dulzura y respeto (cfr. 1Pt 3,13-16). Y todo esto con una certeza: nada ni nadie podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (cfr. Rm 8,31-39).

Ante la llamada al anuncio de Cristo no podemos olvidar que el evangelizador más que hacer cosas, antes de nada ha de ser. Por ello la primera premisa y la más importante es ser cristiano de verdad, es decir, ser en Cristo: «el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo» (2Cor 5,17). Por tanto, para anunciar a Jesús hoy es necesario, ante todo, ser en Cristo. La novedad de Cristo tiene que irrumpir en nuestra vida, sólo así será creíble y atrayente el anuncio. Sólo siendo en Cristo, y desde ahí, podremos preguntarnos qué hacer para que también otros vivan un encuentro sanador y salvador con Cristo. Poniendo a Dios en nuestro corazón podremos ser testigos y profetas que anuncian al Dios de la vida y de la misericordia y así construir comunidades creíbles que sean memoria viva de la presen­cia salvadora del Señor.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mons. Casimiro Lopez Llorente
Acerca de Mons. Casimiro Lopez Llorente 350 Artículos
Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.