El ecosistema de una vocación

agusti_cortesMons.  Agustí Cortés        Una vez me quedé mirando, entre asombrado y complacido, una bella fotografía, en la que aparecía una roca gris, inmensa, que tenía una grieta pequeña, apenas perceptible. De la grieta salía una planta con una bellísima flor: el brillo y la vistosidad de sus colores atraían espontáneamente la vista hacia ella. No era sólo la belleza lo que atraía, sino también el asombro de lo que parecía imposible.

No sabría decir qué discurso salía de aquella imagen: si de la roca que se pavoneaba diciendo: “Mira, no pienses que soy tan dura y estéril como crees, he sido capaz de producir en mis entrañas esta flor tan bella”. O de la flor que decía: “¿Has visto? La gente cree que soy débil, pero he sido tan astuta y tan constante, que incluso en una tierra fea, inhóspita y difícil, he sido capaz de crecer y presentarme tan bella”. Pero ambas, la roca y la flor, sabemos que estarían equivocadas. El orgullo de una y la vanidad de la otra, les llevarían a deformar la realidad. Tendrían que haber dejado hablar antes a la porción de tierra, pequeña pero absolutamente necesaria, en la que la plantita hincaba sus raíces; y al sol que con sus rayos y su calor hacía posible el desarrollo de la planta; y a la lluvia, sin cuya humedad nada podría crecer, y el viento, que transportó la semilla hasta aquel lugar… Y sobre todo tendrían que haber escuchado la voz de aquel que combinó providencialmente todos los elementos, para que al final pudiéramos disfrutar de la belleza de aquella flor.

Se ha dicho frecuentemente que hoy “una vocación es un milagro” (No hablamos ya de una vocación especial a la vida consagrada y al sacerdocio, sino también a cualquier estado de vida). Y lo decimos, tanto por el hecho constatable de la escasez de todo tipo de vocación, como porque sabemos que no existe el “ecosistema” adecuado para su nacimiento y desarrollo. Alguien podría decir espontáneamente ante aquella imagen: “esta flor es un milagro”.

Eso del “ecosistema” ya lo sabía Jesucristo. Y lo utilizó como recurso pedagógico en la parábola del sembrador. Hay terrenos duros, hay pájaros que se comen las semillas, hay cardos, hay piedras, que impiden la germinación o el desarrollo de las plantas. Hay también (pero menos) tierra buena, abierta y porosa, que acoge la semilla y produce fruto. Lo que añadía Jesús en su discurso era que dependía de nuestra voluntad ser tierra de una clase o de otra.

En efecto, una de las grandes revoluciones de la historia de la humanidad fue la aplicación de la razón y la técnica al cultivo de la tierra. Hay cultivos de flores, hoy incluso manipuladas genéticamente para que sean más bellas; eso sí, con una belleza demasiado “controlada”… Pero a nadie se le ocurrirá plantar una flor en la grieta de una roca.

Es evidente que una vocación no se “autogenera” (no es fruto de una “autorrealización”), como las flores no se crean ellas solas. Si queremos que haya vocaciones, si necesitamos que todos vivamos la vida como una vocación, hemos de procurar el ecosistema adecuado.

– Sin la percepción de una llamada que interpela y espera respuesta libre, no puede haber vocación.

– Sin la presencia de alguien que acompañe ayudando a discernir y a responder, es difícil la vocación.

– Sin una educación centrada en la capacidad de responder generosa y libremente, es imposible la vocación.

Así y todo, creemos en “los milagros”. Rocas durísimas, espacios cortos y estrechos, unas pocas gotas de lluvia y escasos rayos de sol, bastan muchas veces para que Dios haga germinar una bella flor.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 275 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.