Manuel Jesús Arroba Conde, profesor de Derecho Procesal: "Que la pastoral judicial y familiar caminen juntas"

Coria-Cáceres Manuel Jesús Arroba CondetManuel Jesús Arroba Conde realizó la profesión religiosa con los misioneros claretianos el 7 de septiembre de 1975 y recibió la ordenación sacerdotal el 17 de abril de 1982. En la actualidad es profesor ordinario de Derecho Procesal en la Universidad Lateranense, en la que ha sido decano de la Facultad de Derecho Canónico entre los años 2003 a 2009. Juez del Tribunal de Primera Instancia del Vicariato de Roma, referendario del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica y consultor de la congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica y de la congregación del Culto Divino y de la Disciplina de los Sacramentos. Licenciado en Teología Dogmática en la Facultad de Granada, Doctorado en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Lateranense.

Recientemente ha participado en el Sínodo extraordinario de obispos, celebrado en el Vaticano, siendo designado personalmente por el papa Francisco. El jueves 29 de octubre ofreció una conferencia en nuestra diócesis en la III Jornada de Estudios de Derecho Matrimonial y Procesal Canónico sobre el Motu Proprio “Mitis Iudex Dominus Iesus” acerca de la reforma de los procesos de nulidad matrimonial.

-¿Qué pensó cuando fue designado personalmente por el papa Francisco para participar en el Sínodo? ¿Cómo ha sido su experiencia?

Cuando fui designado para la asamblea extraordinaria del año pasado, visto el método de preparación que se había seguido, con gran expectación y participación de muchos fieles respondiendo al cuestionario, me sentí privilegiado por tomar parte en un momento de discernimiento eclesial que se entreveía ya como un momento especial. Sentí también la responsabilidad de aportar la visión que me ofrecía sobre el tema de la familia los ministerios que ejerzo en la enseñanza universitaria, en la actividad judicial y en la pastoral familiar. El nombramiento para la asamblea de este año me he encontrado ya más preparado.

-El objetivo era tratar los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización. ¿Cree que han quedado reflejados? ¿Cuáles son bajo su punto de vista esos desafíos?

Los desafíos fueron el objetivo de la asamblea extraordinaria, mientras este año, a la luz de esos desafíos, se ha discernido sobre la vocación y la misión. Las dos relaciones conclusivas expresan bien los desafíos de naturaleza cultural, social, antropológica y eclesial. Intentando expresarlos de forma distinta, y desde el convencimiento de que el Señor ha sembrado el “deseo de familia” en el corazón de toda persona (porque no es bueno que el hombre esté solo), el gran desafío es lograr despertarlo y descubrirlo en medio de las situaciones complejas que viven las familias de hoy, iluminándolas desde el Evangelio de la Familia como buena noticia. Un desafío visto en perspectiva positiva, por tanto, sin dejarse embargar solo por la sensación de que la visión cristiana de la familia es objeto de asedio o de hostilidad continua, sabiendo distinguir entre lo que desean las personas y lo que tal vez se desea desde los sistemas económicos y poderes fuertes, interesados en destruir la familia, porque sin familia la persona es más débil, menos libre y más manejable según los intereses creados del mercado. El desafío intraeclesial es proceder cuanto antes a un cambio de las actitudes pastorales tan pesimistas, y comprometerse más con las necesidades de las personas y familias.

-Centrándonos en el Motu Proprio Mitis Iudex Dominus Iesus ¿Qué es lo que va a cambiar esencialmente?

Debiera cambiar, ante todo, el acceso a este servicio cualificado, instalándolo en la pastoral ordinaria y parroquial, precediendo un servicio de información y preparación más adecuado antes de introducir las causas. No se multiplican los motivos de nulidad pero sí debieran multiplicarse las causas de nulidad, con una proporción más realista entre los matrimonios celebrados que tal vez no debieran haberlo sido, los matrimonios de hecho fracasados y las causas canónicas introducidas. Las cifras de cada uno de esos parámetros no pueden ser tan dispares como lo son hoy.

-Esta reforma se planteó en el Sínodo extraordinario del pasado año, el papa Francisco expresó que “la mayoría de mis hermanos en el episcopado solicitó procesos más rápidos y asequibles”. ¿Será así? Se habla de un proceso ‘corto’ y uno ordinario, ¿de qué plazos hablamos?

Cambia la duración, al permitirse que una causa se sustancie en una sola instancia si no hubiera apelación tras una sentencia afirmativa. Ello significa por ley un máximo de un año de duración. Podría cambiar en algunos casos la dinámica procesal, si se dan los presupuestos para proceder por la vía judicial aún más breve, prevista ahora para los casos en los que, antes de introducir la causa, se poseen ya elementos que permiten hablar de “nulidad manifiesta”. En este caso los plazos se abrevian aún más aunque no puedan fijarse en abstracto.

-¿Cuál será el papel de los obispos diocesanos?

A los obispos se pide que cuiden la pastoral judicial; que envíen personas (clérigos y laicos) a estudiar derecho canónico; que destinen a este servicio con dedicación prioritaria tantas cuantas personas se necesiten en sus iglesias; que hagan gestos precisos cuanto antes en esa dirección, esto es, que destinen recursos materiales y personales, y procuren que la pastoral judicial y familiar caminen juntas. En el proceso breve, pensado más bien para casos extraordinarios, se les confía directamente a ellos la decisión de la causa.

-Puede añadir cualquier otra consideración que desee para aclarar a los lectores de Iglesia en Coria-Cáceres lo más destacado del Motu Proprio.

Los cambios introducidos ayudan a evitar que, ante un fracaso, se prescinda de manera demasiado apresurada de la posibilidad de revisar los casos en profundidad, por pensar que se trata de algo reservado a las élites, caro, largo y doloroso. Un proceso de este tipo es una experiencia fuerte pero, si se permite la expresión, también sanante, por permitir un discernimiento sobre la propia vida lo más profundo posible.

(Diócesis de Coria-Cáceres)

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