Fieles difuntos

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares         Siguiendo la piadosa costumbre y la tradición de la Iglesia, y con la esperanza de la resurrección, este mes de noviembre está dedicado a los fieles difuntos: oramos por ellos y por ellos ofrecemos, de manera especial, el santo sacrificio de la Eucaristía, cuyo valor redentor es infinito, para que, liberados de sus culpas, participen eternamente de la visión de Dios. Oramos y ofrecemos el santo sacrificio de la Misa por los familiares y seres queridos que han muerto. Celebramos por ellos ahora la Eucaristía, como sufragio y acción de gracias; la celebramos por su eterno descanso. Sus nombres los traemos ante el Señor, Dios de toda consolación. Los encomendamos a su infinita misericordia, imploramos para todos ellos el perdón de sus culpas y la liberación de las penas del purgatorio; le pedimos a Dios llenos de confianza que, en su infinita benignidad, los lleve con Él, les conceda la paz y el gozo eterno de su presencia. Y, al mismo tiempo, le damos gracias por todos los dones y bienes que a través de ellos nos ha concedido, muestra de su infinito amor que nos ha manifestado y dado en su Hijo Jesucristo plenamente y en una medida que nunca podríamos ni siquiera soñar.

Confiamos que los fieles difuntos, por la misericordia y la bondad infinita de Dios, participarán de esa dicha que el Señor ha prometido a sus servidores fieles y vigilantes. Pedimos a Dios, Padre de misericordia, que, guiados sobre los hombros del Buen Pastor, los lleve junto a sí, a su Casa paterna, el hogar familiar al que Él ha querido que pertenezcamos. En ese hogar, el Señor lava los pies fatigados, enjuga las lágrimas, cura las llagas, y alivia el cansancio de los que terminan su peregrinación.

El recuerdo de estos hijos de Dios nos evoca la realidad tan cierta de la muerte y, sin embargo, tan contraria al hombre, tan no querida por Dios para el hombre, puesto que Él es Dios de vivos y fuente inagotable de vida. La muerte es la gran enemiga del hombre. La muerte, en efecto, nos arranca de la tierra de los vivos, y nos sume en la soledad de la ausencia de los seres queridos. Pero, al mismo tiempo, los cristianos, como hombres y mujeres de fe y esperanza, como lo fueron los que acabaron ya su peregrinación, miramos también la muerte con la luz que nos ofrece la fe y la escucha de la palabra de Dios.

Esa Palabra, que no es otra que Cristo mismo en persona, nos habla de la dicha del siervo vigilante al terminar su servicio; de la dicha del servicio cumplido fielmente, del trabajo concluido, de la carrera fielmente coronada al servicio de Cristo, en el servicio a los hombres. Cristo mismo, que nos ha precedido en el servir y dar la vida por todos, ha ido delante de nosotros a la casa de su Padre, donde hay muchas moradas, para prepararnos un lugar.

Jesús nos habla, y se lo escuchamos de manera especial al final del Año Litúrgico, este mes de noviembre, de que hemos de estar preparados. A veces, parece que somos como aquellas doncellas necias del Evangelio, no estamos dispuestos para cuando llega el Señor, nos adormecemos o nos enredamos con tantas cosas y en la espera nos despistamos de que vivimos para este momento, cuando llegue el Señor, Juez Misericordioso de vivos y muertos.

Traigo a la memoria un texto del Evangelio que le da seriedad y responsabilidad a la vida, que tiene la máxima importancia para el vivir de cada día y en cada momento: “tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros permaneced como los que aguardan a que su Señor vuelva, para abrirle apenas venga y llame. Dichosos los siervos a los que el Señor, al llegar, los encuentre en vela, os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y les irá sirviendo. y si llega, a cualquier momento, de noche o de madrugada, dichosos ellos. Comprended que, si supiera el dueño de la casa a qué hora viene el ladrón –y la muerte es como un ladrón que viene de pronto, como de repente, y en la oscuridad– no le dejaría entrar. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”. Esto nos lo dice a cada uno de nosotros el Señor, y es para que le hagamos caso, es decir, estemos preparados, porque a la hora que menos pensemos llegará la muerte, y con ella, Jesucristo, justo y misericordioso Juez, que nos juzgará del amor; en ese juicio, si estamos preparados, podremos escuchar esa consoladoras y esperanzadoras palabras suyas: “porque has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor”; “ven, bendito de mi Padre y hereda el Reino preparado para ti desde toda la eternidad, porque tuve hambre y me diste de comer, porque ejerciste la caridad verdadera”.

Esto es abrirnos a la esperanza, a la que nos invita este mes de los fieles difuntos, y a vivir de manera que podamos gozar de esa bienaventuranza eterna que es lo que Dios quiere de nosotros. Pidamos al Señor que nos conceda una buena muerte y un vivir la vida para el encuentro definitivo de Él, para la hora de la verdad.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014