“No es ciudad de muertos, sino de aquellos que duermen el sueño de la paz”

Mons. Rafael ZornozaMons. Rafael Zornoza     Llega el mes de noviembre evocando a nuestros santos y con el recuerdo de nuestros difuntos.  La pedagogía de la liturgia católica hace bien haciéndonos mirar a los santos que, llenos de la gloria del Señor, nos indican el camino de la vida. En el caso de tantos que han vivido recientemente, su testimonio ejemplar, virtuoso o heroico, nos deja una pregunta incisiva sobre nuestra propia santidad.¡Como no recordar los recientemente canonizados y el rastro de ellos que queda en sus devotos! No obstante, ahora en noviembre, la Iglesia recuerda sobre todo a los no reconocidos oficialmente, pero que sabemos que lo son. Esa legión incontable que llena el cielo nos atrae y nos llama a seguir a Cristo cada día, en cada hora, en toda circunstancia. Sus vidas son similares a las nuestras, pero rezuman fidelidad al Señor y entrega sin fisuras a su voluntad. Y son clamorosamente felices, bienaventurados.

Cuando oramos después por los fieles difuntos recordamos, con los que ya el Señor ha llamado a su presencia, que nuestra vida es efímera, pero llamada a ser engrandecida por la fe en la esperanza de la gloria. Cada celebración de exequias nuestra se coloca bajo el signo de la esperanza, esto es, en el último suspiro de Jesús en la cruz. En una época como la nuestra, en la que el miedo a la muerte lleva a muchas personas a la desesperación y a la búsqueda de consuelos ilusorios, el cristiano se distingue por el hecho de que pone su seguridad en Dios, en un Amor tan grande que puede renovar el mundo entero.  La razón de esta confianza es que Dios “se entregó enteramente a la humanidad, colmando el vacío abierto por el pecado y restableciendo la victoria de la vida sobre la muerte”.  Por esto, “cada hombre que muere en el Señor participa por la fe en este acto de amor infinito, de algún modo entrega el espíritu junto con Cristo, en la segura esperanza de que la mano del Padre lo resucitará de entre los muertos y lo introducirá en el Reino de la vida”. (Cf. Benedicto XVI, 3 de mayor de 2010).

En este sentido, la Iglesia constituye una prefiguración sobre la tierra de esta meta final. Este es un anticipo “imperfecto”, marcado “por límites y pecados”, y necesitado de “conversión y purificación”; pero, con todo, “en la comunidad eucarística se pregusta la victoria del amor de Cristo sobre aquello que divide y mortifica”.

Cuando decimos: “Mi alma te desea a ti, Dios mío” (Sal 41/42,2) es el misterio de la vida eterna, depositado en nosotros como una semilla desde el Bautismo, el que pide ser acogido en el viaje de nuestra vida, hasta el día en que devolvemos el espíritu a Dios Padre. “La esperanza no falla – afirma el apóstol Pablo, cuando escribe a los cristianos de Roma –, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. (Rm 5,5). He aquí la gran e indefectible esperanza: fundada en la sólida roca del amor de Dios nos asegura que la vida de aquellos que mueren en Cristo “no es quitada, sino transformada”; y que “mientras se destruye la morada de este exilio terreno, se prepara una morada eterna en el cielo” (Prefacio de Difuntos I).

Miremos la muerte con los ojos de la fe y de la esperanza cristianas, no con desesperación, pensando que todo acaba. Vivimos para la eternidad. Nuestro consuelo, es que, como sabemos, «Dios no creó la muerte ni disfruta con la muerte de los vivos. Él creó todas las cosas para que subsistieran […] y la muerte no reina sobre la tierra, porque la justicia es inmortal» (Sb 1, 13-15).

Los paganos llamaban necrópolis, ciudad de los muertos, al lugar donde colocaban a sus difuntos. Los cristianos inventaron otro nombre, más lleno de esperanza: cementerio, el lugar de los que duermen. Así rezamos por ellos en la liturgia: «Recemos por los que nos han precedido en el signo de la fe y duermen el sueño de la paz».

Los santos afrontaban la muerte con ese espíritu de fe y de esperanza.  San Francisco de Asís, en el cántico de las criaturas dice: «Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal, de la que ningún hombre puede escapar. ¡Ay de quienes halle en pecado mortal! Dichosos los que encuentre cumpliendo tu santísima voluntad, pues la muerte segunda no les hará mal». «Es muriendo como se vive para la vida eterna».  San Agustín, por su parte, nos advertía, al preguntar: «¿Haces lo imposible para morir un poco más tarde y no haces nada para no morir para siempre?»

Verdaderamente nuestra vida está en cada instante en las manos del Señor. Por esto, debemos invocar siempre a Dios con las palabras de Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, y vivir para el, compartiendo la vida con el mejor amigo, el que nos hará vivir por toda la eternidad. San Benito también cumplió en su vida el principio que propuso en la Regla monástica. Dice: “Nada anteponer al amor de Cristo”.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Mons. Rafael Zornoza
Acerca de Mons. Rafael Zornoza 252 Artículos
RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.