Los santos y los difuntos

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella      Este fin de semana los cristianos celebramos la fi esta de Todos los Santos y la de los Difuntos. Dos realidades que son cruciales en la existencia cotidiana de los bautizados: la santidad como una llamada universal, y la muerte como una realidad insoslayable por la que todos habremos de pasar y por la que también pasó el mismo señor Jesucristo.

La fiesta de Todos los Santos nos trae a la mente y al corazón aquella solicitud del Señor por nuestra santidad cuando dijo: “Sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”, sin olvidar que el concilio Vaticano II definió la santidad como “la perfección de la caridad”. La conmemoración de los fieles difuntos, por su parte, es una oportunidad que nos ofrece el Señor para meditar acerca del sentido de la muerte y de cómo prepararnos a ella de la manera más adecuada.

Ambas realidades se mueven en lo que llamamos genéricamente el “tiempo” sobre el que el Papa san Juan Pablo II nos ofreció hace ya algunos años una interesante reflexión, de lo que es y supone y de cómo puede afectarnos a los humanos tan apegados a la vida. Ante el cambio de milenio, que tanto conmovió a la opinión pública, nos dejó escrito lo siguiente: “En el cristianismo el tiempo tiene una importancia fundamental. Dentro de su dimensión ha sido creado el mundo, en su interior se desarrolla la historia de la salvación, que tiene su culmen en la plenitud del tiempo de la Encarnación, y su meta en la vuelta gloriosa del Hijo de Dios al final de los tiempos. En Jesucristo, Verbo encarnado, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios, que en sí mismo es eterno”.

La vida es breve. De forma gráfica y hasta simpática nos lo recuerda el salmo 89 que llega a decir que “aunque uno viva setenta años, y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan”. Esta es la situación del hombre sobre la tierra. ¿Qué hacer? Aprovechar todas las ocasiones de hacer el bien que Dios nos concede: “Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios, pues dice: ‘En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé”. Todos los días son buenos para buscar, conocer, servir y amar a Dios; y para amar al prójimo,  precisamente por nuestro amor a Dios. Y esa es la clave de la santidad. En esta solemnidad de Todos los Santos la Iglesia honra, venera y pone a nuestra consideración las vidas de tantos y tantos hombres y mujeres que de manera anónima han seguido la llamada de Dios a la perfección y la han conseguido. Y están ya en el cielo gozando de Dios.

Para un cristiano, para un hijo de Dios, no hay días buenos o días malos. Todos son buenos. El tiempo es un tesoro que como nos muestra la parábola de los talentos Dios da a cada uno para que negocie y lo haga rendir. El modelo a imitar en este aprovechamiento del tiempo es Jesús mismo que “pasó por la vida haciendo el bien”, más aún, que “todo lo hizo bien”.

Termino poniendo ante nuestra consideración el ejemplo de un riojano, hoy Venerable, cuyo proceso de Beatificación está en marcha. Se trata de don Alberto Capellán, nacido en Santo Domingo de la Calzada y enterrado en su catedral. Aprovechó muy bien el tesoro del tiempo, de la familia, del trabajo, que Dios le concedió. No realizó grandes hazañas pero sí sacó adelante y “con nota” sus deberes diarios de cristiano, de esposo, de padre, de adorador nocturno, de labrador y, de manera especial, hizo el bien a raudales con miles de necesitados y pobres que llamaron a su puerta. Amó a Dios Eucaristía y amó al prójimo pobre y necesitado. No temió a la vida, ni temió a la muerte. Como todos los santos. Que él nos ayude a recorrer ese mismo camino que él recorrió y que un día podamos encontrarnos con todos los santos en la casa de Dios, nuestro Padre.

Con mi afecto y bendición.

+ Juan José Omella Omella

Obispo de Calahorra y La Calzada Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.