La Pastoral de la Salud como apostolado de la misericordia

 Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano         En este año de la Misericordia que estamos a punto de comenzar seguro que son muchas las iniciativas que surgen y que nos ayudan a vivir con intensidad este precioso Año Jubilar. Quiero, con esta sencilla reflexión, animaros en las comunidades parroquiales a caer en la cuenta de un apostolado de la Misericordia que se practica, gracias a Dios con asiduidad y buen hacer, en nuestras parroquias y entre nuestras familias. Me refiero a la pastoral con nuestros enfermos.

Hay que dar gracias a Dios por tanto cariño, paciencia y generosidad derramadas por tantas familias que cuidan a sus enfermos con esmero y constancia y, de un modo singular, a los que sirven a los enfermos crónicos y dependientes que hay en los hogares de nuestra diócesis. Son ejemplo vivo de la misericordia de Dios en medio de la vida cotidiana de la Iglesia y del mundo.

Un sencillo dolor o una enfermedad pasajera que surge de modo espontáneo en nuestro día a día, sabemos que nos descentra y nos hace caer en la cuenta de nuestra limitación y fragilidad. Cuando el sufrimiento se prolonga es capaz de minar equilibrios aparentemente bien asentados tanto en la persona enferma como en quienes la cuidan. Nos sitúa ante grandes interrogantes existenciales que en ocasiones pueden llevarnos a desesperar del sentido y valor de la vida. La experiencia cristiana que contempla la enfermedad desde la fe, nos ayuda a introducirnos en un camino nuevo como enfermos, como acompañantes de los mismos o como visitadores.

Muchas veces al acercarnos al lecho del enfermo y de la familia que le cuida, nos encontramos sin las palabras adecuadas para expresar lo que nos gustaría, pues nos sentimos superados. El sufrimiento es siempre un extraño. Su presencia es imposible de domesticar e irrumpe con múltiples rostros y situaciones. Sabemos que entonces es necesaria una presencia amorosa que el enfermo encuentra muchas veces en la familia y en la cercanía de aquellos a los que les unen lazos de amistad. También es necesaria, en esos momentos, la cercanía y la intimidad de aquellos a los que le unen vínculos de fe, que pertenecen a su misma comunidad. “Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? Ellos son, más que nadie, capaces de entendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento. En la sonrisa que nos dirige la más destacada de todas las criaturas (Santa María), se refleja nuestra dignidad de hijos de Dios, la dignidad que nunca abandona a quienes están enfermos. Esta sonrisa, reflejo verdadero de la ternura de Dios, es fuente de esperanza inquebrantable”. (Benedicto XVI, homilía en Lourdes, 15-9-2008).

Cristo se hace singularmente presente a través de los sacramentos de la Iglesia. A los que sufren enfermedades o tienen una discapacidad el Señor les auxilia a través de la gracia de la Unción de los Enfermos: “la gracia propia del mismo consiste en acoger en sí a Cristo médico. Sin embargo, Cristo no es médico al estilo de mundo. Para curarnos, Él no permanece fuera del sufrimiento padecido; lo alivia viniendo a habitar en quien está afectado por la enfermedad, para llevarla consigo y vivirla junto con el enfermo. La presencia de Cristo consigue romper el aislamiento que causa el dolor. El hombre ya no está solo con su desdicha, sino conformado a Cristo que se ofrece al Padre”. (Benedicto XVI, homilía en Lourdes, 15-9-2008).

Esta interesante perspectiva sobre el Sacramento de la Unción nos anima a presentarlo en nuestras comunidades y a ofrecerlo a nuestros enfermos. Conforme a la doctrina del Concilio Vaticano II es el sacramento que ilumina la enfermedad, más que la muerte. La Santa Unción no es, de ningún modo, el anuncio de la muerte cuando la medicina ya no tiene nada que hacer.

En muchas parroquias se celebra de forma comunitaria presentando la Unción de los enfermos como un Sacramento de Vida en tal situación y que ayuda a vivir la enfermedad conforme al sentido de la fe convirtiéndose en fuente de esperanza. Para poder presentar de modo adecuado esta rica fuente de Misericordia, es necesario acompañarla con la debida catequesis preparatoria.

Os animo a programar en este curso distintas acciones pastorales en nuestras parroquias que nos ayuden a potenciar esta excelente pastoral de la Misericordia y a redescubrir la fuerza de la Unción de los Enfermos como signo fecundo y cercano del Corazón misericordioso de Cristo.

Con mi bendición y saludo afectuoso para los enfermos, su familias, sus cuidadores y a los visitadores de enfermos.

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.