Mañana es el Día de los Difuntos, no hoy

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora        Si de la mano de santa Teresa hablamos el domingo pasado de la Santidad, del camino de perfección que todos podemos recorrer en nuestra siempre corta existencia apoyados en la presencia de Jesucristo resucitado, hoy nos toca hablar de lo larga que se hace cuando nos buscamos las complicaciones y se las buscamos a los familiares y amigos de cerca y de lejos.

La memoria de nuestros difuntos nos lleva invariablemente a valorar sus vidas, pues los padres nos regalaron la existencia, los hermanos fácilmente nos valoraron a nosotros y los amigos lo fueron. Sin embargo, en nuestra memoria, a medida que vamos acumulando experiencias se abre una mayor conciencia de lo que transcurrió en la convivencia que tuvimos con ellos, aparecen fallos, desilusiones, y aun frustraciones y problemas que ya no tienen solución, no hay marcha atrás, lo pasado, pasado está; también aparece que ese accidente fatal nos separó de ellos, en momentos de especial dificultad, o simplemente nos dejaron un vacío imposible de llenar.

Ah, pero como dice la canción: «Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino, que aunque morimos no somos carne de un ciego destino» (que es un bello resumen de las experiencias de fe de tantos que han reflejado las mejores páginas de nuestra literatura clásica y moderna) Sí hay esperanza y respuestas más allá de la muerte. Jesucristo nos tiene dicho que «Voy a prepararos una morada». ¡Que no nos pueda la imaginación! Que muchas veces nos lleva al noveleo de cómo será lo que nos vamos a encontrar.

No, se trata de nuestros seres queridos o que echamos en falta que se portaron mejor con nosotros o que se fueran imprevisiblemente. Y es ahí donde se hace fuerte la experiencia de la oración a Dios que tiene las mil versiones, según la formación cristiana de cada uno, de llevar unas flores a la cruz que pusimos en la sepultura, de rezar algún “Padrenuestro” o “Dios te salve María”, o de abrir un sincero diálogo con Jesucristo para pedirle por nuestros difuntos dispuestos a perdonar, a amar, a rectificar en nuestra conciencia los juicios sobre sus conductas, siempre limitados y parciales y a pedir a Dios que llene el vacío —siempre inútil— que nos dejaron.

Si el Día de Difuntos es un día de buscar la Paz en lo más hondo de nuestro ser, afirmamos que la vida es mucho más que los años vividos con mayor o menor fortuna. Afirmamos que nuestras personas son lo más importante y que estamos llamados a vivir para siempre. Afirmamos que se nos ha regalado la vida, la propia y la de los que ya no están con nosotros. Afirmamos que la existencia humana destinada a la eternidad está en nosotros y a nuestro alrededor y que, si hay tragedias y problemas, precisamente porque estamos destinados a la eternidad, tenemos que trabajar con todas nuestras fuerzas para, “aquí en la tierra” dar respuesta a esa voluntad divina que quiere que todos vivamos con la dignidad de hijos de Dios. Y si alguien ha dicho alguna vez «usted resignese ante el dolor, el sufrimiento o la misma muerte» ha dicho mentira, pues los cristianos no nos resignamos nunca, pues en todo momento hemos de llevar el mandato del Señor de vivir la paz de su Reino, de luchar por la justicia, de entregar nuestra vida por amor a todos, de buscar lo que es mejor, la santidad, la perfección, la mejor realización de nuestra existencia que pueda estar en nuestra manos, llamados a acompañar y dar consuelo.

Naturalmente saber que el Señor Resucitado que nos acompaña aquí, es el mismo que vive para siempre, el que nos presentará a Dios Padre llenos de su vida y con Él. Nos da la fuerza de su gracia para seguir. Día de Difuntos, día de fe, esperanza y amor.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
Acerca de Mons. Antonio Algora 193 Artículos
D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.