La escuela y la espadaña (III)

agusti_cortesMons. Agustí Cortés           En nuestros pueblos y ciudades suena la campana desde los templos, como llamada a la comunidad para una celebración. Las calles siguen el ritmo de las puntuales entradas y salidas de los alumnos de sus colegios.

La historia que nos servía de punto de partida para nuestra reflexión decía que en la aldea la campana sonaba sobre la puerta de la escuela, una vez que la ermita con su espadaña había sido derribada. Un alumno de aquella escuela, siendo ya adulto, ya formado en un pensamiento laicista, y político en ejercicio, había hecho reconstruir la ermita. Quizá estaba convencido de que el pueblo necesitaba aquel espacio, en el que la comunidad se reúne para compartir el amor y transformarlo en oración. Ignoramos si devolvió la campana a su lugar original. Pero nos llena de ilusión saber que ambos sonidos, el de la campana y el de los niños saliendo del colegio siguen escuchándose puntualmente en la aldea. Y más nos llenaría de alegría saber que esos niños, cuando van a la ermita no dejan la cultura aprendida en la escuela y cuando van a la escuela no olvidan que todo lo que aprenden puede estar en armonía con lo que viven en la ermita.

Eso significaría que aquellos niños tienen la oportunidad de ser ellos mismos, labrar su futuro con responsabilidad, vivir la vida con sentido, luchar por ideales que valen la pena, saber por qué hemos de ser justos y honrados, conocer y entender la historia propia… ¿No es esto lo más impotante?

Nos impresionó el mensaje que contenían estas palabras de R. M. Rilke en su obra “Ciudadela”:

“Siempre he sabido distinguir lo importante de lo urgente. Porque, en verdad, es urgente que el hombre coma… Pero el amor y el sentido de la vida y el gusto de Dios son más importantes. Y no me interesa una especie que solo engorda.

El interrogante que me propongo no es saber si el hombre será o no feliz, próspero y cómodamente abrigado. Me pregunto qué hombre se verá próspero, abrigado y feliz”.

La atención a lo urgente – eso que con toda razón conmueve nuestra sensibilidad y nos exige actuar, como dar de comer al hambriento – nos hace perder de vista lo importante e incluso lo necesario. De acuerdo con ello, los cristianos solemos movernos en el terreno concreto y personal: no nos interesa tanto, pongamos por caso, la pobreza, cuanto la persona del pobre, no tanto la educación, cuanto la persona del educando…

Ya sabemos que algunos piensan que la ermita no es ni importante, ni necesaria. No son pocos quienes creen que es más importante en la vida saber informática que conocer a Jesucristo. En cambio el cristiano verdadero se pregunta: sin Jesucristo, ¿qué sentido tiene la informática?

Algunos obispos han publicado una especie de decálogo a favor de la clase de religión en la escuela. Insisten en el efecto humanizador de la clase de Religión:

“Contribuye a crecer por dentro porque establece los cimientos de una personalidad sólida, equilibrada, abierta a la trascendencia, en la totalidad de las dimensiones que integran el ser humano”, dice el obispo de Huesca; “es esencial para nuestro desarrollo humano y necesaria para que el alumno adquiera una formación plena e integral; ayuda a descubrir la verdad más profunda sobre uno mismo”, afirmará el arzobispo de Pamplona.

Otros muchos beneficios nos aporta la clase de Religión. Pero éste es uno de los más importantes. Sólo falta que los padres y todos juntos lo valoremos, lo queramos para nuestros hijos y luchemos para conseguirlo.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.