Familia: El Papa y el Sínodo

braulioarztoledoMons. Braulio Rodríguez       Nos congrega el afán de servir y ayudar a los miembros de nuestras familias, pues la preocupación por esta hermosa realidad natural que es la familia, la que nace de la celebración de un matrimonio, es para los cristianos “una Iglesia doméstica”. Algo fundamental para la Iglesia Católica. Os pido, pues, oración por el Sínodo y su empeño de proporcionar a miles y millones de familias cristianas luz, ayuda y cercanía, saliendo a ellas y animándolas a ser en la Iglesia lo que son: “casa nueva” y esperanza para llevar el Evangelio de la familia a todo el mundo. Nos acogemos también a esos esposos, padres de santa Teresa del Niño Jesús, que el domingo 18 serán canonizados por el Papa.

El Papa afirma con rotundidad: “…Jesús comienza su vida pública precisamente en una boda. Se introduce en esta historia de siembras y cosechas, de sueños y búsquedas, de esfuerzos y compromisos (…). Jesús comienza su vida en el interior de una familia, en el seno de un hogar. Y es precisamente en el seno de nuestros hogares donde continuamente Él se sigue introduciendo, Él sigue siendo parte. Le gusta meterse en la familia” (Papa Francisco, Discurso en la catedral de Santiago de Cuba: 22.09.2015). Esto no es ideología: son hechos que aparecen en el Evangelio y constituyen para la familia cristiana un apoyo, una fuerza para la lucha diaria y un estímulo para el momento concreto; cada familia se reúne para comentar el día y, si es en la noche, lo que cada uno ha hecho en él, o se ordena el hogar, se acomoda la ropa, se organizan las tareas fundamentales para los demás días; en medio están peleas de los niños, alguna que otra discusión. Pero ahí está Jesús para mostrarnos el amor de Dios y descubrir que el Espíritu puede ayudarnos a tantas cosas cotidianas. Es la Iglesia doméstica.

Sin familia, sin el calor del hogar, la vida se vuelve vacía, comienzan a faltar las redes que nos sostienen en la adversidad, que nos alimentan en la cotidianidad y motivan la lucha para evitar dos cosas muy malas para la familia: la fragmentación, la división y la ruptura de los lazos familiares, verdadera plaga actual. La familia es escuela de humanidad, escuela que enseña a poner el corazón en las necesidades de los otros, a estar atentos a la vida de los demás. Así se logran familias abiertas, dispuestas a salir en ayuda. Ahí está el germen de la misión en la Iglesia; también el de la misión “ad gentes”, en otros países lejos del hogar. El misionero no nacerá en familias rotas, cerradas a todos los demás, o las que no logran salir de sus propios intereses.

Precisamente se cumplen 50 años de un importante documento del Concilio Vaticano II sobre la actividad misionera de la Iglesia, que supuso un gran impulso misionero en los Institutos de vida consagrada, los sacerdotes y los fieles laicos. Los misioneros son los que, en la Iglesia “en salida”, saben adelantarse sin miedo e ir al encuentro de todos para mostrar que Dios es cercano, providente y santo. Con su vida de entrega al Señor, sirviendo a los hombres y anunciándoles la alegría del perdón, los misioneros revelan el misterio del amor divino en plenitud. El Mensaje del papa Francisco para el DOMUND 2015 precisamente recuerda que “la pasión del misionero por el Evangelio (…) es fuente de alegría, de liberación y de salvación para todos los hombres. La Iglesia es consciente de este don; por lo tanto, no se cansa de proclamarlo. La misión de los servidores de la Palabra –obispos, sacerdotes, religiosos y laicos- es la de poner a todos, sin excepción, en una relación personal con Cristo”. ¿Cómo está entonces la misión de la familia cristiana, “Iglesia doméstica” en la animación misionera, en la ayuda a los misioneros, en descubrir en sus miembros la vocación misionera?

Necesitamos también estas familias para cambiar el mundo, para hacer amable la sociedad, para que Cristo sea amado y mostrado como Primogénito que quiere que seamos hermanos, bajo el amor del Padre. No existen las familias perfectas, pero las familias no son un problema, son siempre una oportunidad. Dejemos un mundo con familias. Es la mejor herencia para los que nos sigan, para el futuro. Es la respuesta para el mañana. Lo demás son sucedáneos.

X  Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.