Misericordia expansiva

agusti_cortesMons. Agustí Cortés      Celebramos el día del DOMUND con la mirada puesta en el horizonte del Año Jubilar de la Misericordia. Tenemos muy presentes, y los sentimos muy cercanos, a los misioneros que transmiten el Evangelio en tierras donde la fe no es suficientemente conocida o no está establecida como entre nosotros. Y este año descubrimos agradecidos un aspecto de sus vidas muy importante: ellos están allí, entregando sus vidas como evangelizadores, porque se han sentido amados misericordiosamente; su existencia y su trabajo transparentan y contagian misericordia; y sus palabras anuncian el mensaje evangélico de la misericordia de Dios.

¿Vale la pena, tiene sentido, una vida así?

Como ocurre en todas las cosas de la fe, la respuesta a esta pregunta poco tiene que ver con las estrategias y los cálculos de resultados. Por dos motivos fundamentales: porque todo responde, en definitiva, a una vivencia, más que a una “razón” lógica; y porque, además, la vida y el trabajo en las misiones se realiza siempre en la atmósfera de la gratuidad. Prueba de ello es que precisamente la misericordia es la atmósfera, el aire, el ambiente, que se respira en las misiones. Podemos decir que está en el origen o motivo de la misión, en la vida personal del misionero y en el mensaje que él transmite. La misericordia es la manifestación más bella del amor de Dios, ese amor expansivo, comunicado y contagioso que procede de su corazón.

Un verdadero misionero dice:

“Soy misionero por la sencilla razón de que he sido amado misericordiosamente”

“Aspiro a vivir sostenido únicamente por la misericordia de Dios, en medio de obstáculos y debilidades”

“Deseo que todos aquellos a quienes sirvo en la misión lleguen a conocer a Jesucristo, en el que se les regala el amor misericordioso, liberador y salvador de Dios”

Todo esto, desgraciadamente, “no es normal”. No es normal entregar la vida, jugársela toda por el amor misericordioso de Dios, por vivirlo y comunicarlo. Los evangelizadores son portadores de la gran novedad del Evangelio de Jesucristo en el mundo, que tantas veces ofrece resistencia a este cambio. Los misioneros, que no quieren ser calificados de héroes y dicen recibir no pocas satisfacciones, son, además, evangelizadores lejos, asumiendo el sacrificio de la vida en lugares extraños, donde generalmente se palpa la pobreza y la miseria extremas.

Estamos necesitados de misioneros, aquí y en las llamadas “tierras de misión”. Porque no abundan entre nosotros las personas que hayan experimentado, hasta sus últimas consecuencias, la misericordia de Dios.

Pero, mirándoles a ellos, recibiendo agradecidos su testimonio y apoyándoles con nuestro compromiso de oración y ayuda material, hoy nos sentimos justificados para alabar a Dios y realizar gestos de comunión. Gestos consecuentes con nuestra condición de Iglesia misionera, que expande por el mundo la onda salvadora de la misericordia.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.