Justicia y misericordia

melgarviciosagerardo2Mons. Gerardo Melgar    Queridos diocesanos:

En Dios, justicia y misericordia no son dos momentos contrastados entre sí sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta su culmen en la plenitud del amor. La justicia para la sociedad civil hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley; también se entiende por justicia dar a cada uno lo que le es debido. En la Biblia se hace referencia a la justicia divina y a Dios como juez, como justo se entendía el comportamiento de todo buen israelita que cumplía los mandamientos dados por Dios. Esto puede conducir a un legalismo que falsifica el sentido originario y oscurece el profundo valor que tiene la justicia divina. Para superar este peligro hay que recordar que, en la Biblia, justicia es abandonarse confiadamente en la voluntad de Dios.

Jesucristo habla más de la importancia y necesidad de la fe que de la observancia de la ley judía. Así hay que entender expresiones como “id y aprended lo que significa: misericordia quiero y no sacrificios porque yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mt 9, 13). Es muy significativa la referencia que Jesús hace al profeta Oseas:“misericordia quiero y no sacrificios”; de este modo, afirma que de ahora en adelante la regla de vida de sus discípulos deberá ser la que da el primado a la misericordia, como Él mismo testimonia compartiendo la mesa con los pecadores. La misericordia, una vez más, se revela como dimensión fundamental de la misión de Cristo, que siempre va más allá de la ley. Su compartir con aquellos que la ley consideraba pecadores permite comprender hasta dónde llega la misericordia.

El apóstol Pablo hizo un recorrido parecido. Su vida antes de encontrarse con Jesús estaba dedicada a conseguir de manera irreprensible la justicia de la ley (cfr. Flp 3, 6) La conversión a Cristo lo condujo a ampliar su visión de luchar por el cumplimiento de la ley para pasar a afirmar en la carta a los Gálatas: “Hemos creído en Jesucristo para ser justificados por la fe en Cristo y no por las obras de la ley” (2, 16).Pablo pone en primer lugar la fe y no la ley. El juicio de Dios no lo constituye la observancia o no de la ley sino la fe en Jesucristo que, con su muerte y resurrección, trae la salvación junto con la misericordia que justifica. La justicia de Dios se convierte ahora en liberación para cuantos están oprimidos por la esclavitud del pecado y sus consecuencias. La justicia de Dios es su perdón (cfr. Sal 51, 11-16)

La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador, ofreciéndole una ulterior posibilidad de examinarse, convertirse y creer. Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta. Dios va más allá de la justicia por la misericordia y el perdón. Esto no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, más bien al contrario: quien se equivoca deberá pagar la pena, solo que éste no es el fin sino el inicio de la conversión porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia sino que la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está en la base de una verdadera justicia. San Pablo reprocha a sus contemporáneos judíos que “desconociendo la justicia de Dios y empeñándose en establecer la suya propia, no se sometieron a la justicia de Dios porque el fin de la ley es Cristo para justificación de todo el que cree” (Rm 10, 3-4). La justicia de Dios es la misericordia concedida a todos como gracia en razón de la muerte y resurrección de Jesucristo. La Cruz de Cristo así es el juicio de Dios sobre todos nosotros y sobre el mundo porque nos ofrece la certeza del amor y de la nueva vida.

El Jubileo extraordinario lleva también consigo la referencia a la indulgencia que en este Año de la misericordia adquiere una relevancia especial. El perdón de Dios sobre nuestros pecados no conoce límites; Él es capaz de destruir el pecado de los hombres. Dejarse reconciliar con Dios es posible por medio del misterio pascual y de la mediación de la Iglesia. Dios está dispuesto siempre al perdón y no se cansa de ofrecerlo de manera nueva e inesperada. Todos sentimos en nosotros el pecado a pesar de ser llamados todos a la perfección. Es decir, sentimos que somos llamados a la santidad pero sentimos fuertemente en nosotros el peso del pecado que nos condiciona. En el sacramento del perdón, Dios perdona los pecados, que quedan realmente cancelados, aunque queda la huella negativa de los mismos en nuestros comportamientos y en nuestro pensamiento. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto y transforma con indulgencia de Padre todo residuo consecuencia del pecado, habilitándonos a obrar con caridad y crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado. No olvidemos nunca que la Iglesia vive la comunión de los santos. En la Eucaristía esta comunión actúa como unión espiritual de los creyentes y los santos que, con su santidad, acuden en ayuda de nuestra fragilidad; así, la Iglesia es capaz de encontrar la debilidad de unos junto a la santidad de otros. Vivir la indulgencia en el Año Santo significa acercarse a la misericordia del Padre con la certeza de que su perdón se extiende a toda la vida del creyente.

Pero la misericordia posee un valor que sobrepasa los límites de la Iglesia. Ella nos relaciona con el judaísmo y el Islam que la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Por eso, el Año Jubilar vivido en la misericordia puede favorecer el encuentro con otras religiones y con las otras nobles tradiciones religiosas, y hacernos más abiertos al diálogo para conocerlas y comprendernos mejor, alejando de nosotros cualquier forma de violencia y de discriminación.

Que María, la Madre de la misericordia, con la dulzura de su mirada nos acompañe en este Año Santo para que todos podamos descubrir la alegría de la ternura de Dios.

Vuestro Obispo,

+ Gerardo Melgar

Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.