Refugiados

atilanoRodriguezMartinezMons. Atilano Rodríguez         Los medios de comunicación nos ofrecen diariamente el drama de miles de hermanos que se ven forzados a dejar su tierra, su trabajo y, en bastantes casos, también su familia, como consecuencia de las guerras interminables, de la pobreza material y de la persecución religiosa. Aunque para solucionar este problema adecuadamente habría que analizar las causas del mismo para ponerles remedio en su origen, en estos momentos hemos de hacer frente a las consecuencias del problema y que se concretan en la llegada masiva de refugiados a Europa.

En algunos casos, estos hermanos, a pesar de las penurias experimentadas en el viaje y de las aportaciones económicas realizadas a quienes se dedican a traficar con ellos, no pueden llegar a la meta ansiada porque pierden la vida en el camino. En otros casos, cuando llegan a lo que ellos consideran su meta, se encuentran con las alambradas, el cierre de fronteras, la humillación, la falta de sensibilidad y la dureza de corazón.

Pero no debemos quedarnos sólo en la contemplación de estas situaciones que revelan una gran insolidaridad entre los seres humanos y una falta de amor a los necesitados. Hemos de reconocer y valorar también el afecto sincero, la ayuda material y la colaboración fraterna que estos hermanos están recibiendo en otros países de Europa, a pesar de no estar suficientemente preparados para la acogida.

Algunos miembros de nuestra comunidad diocesana, impactados por las imágenes de la televisión y conmovidos por el deambular desesperado de tantos niños, jóvenes y adultos, me han preguntado: ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Cómo podemos colaborar a la solución de esta auténtica catástrofe humanitaria que reclama respuestas urgentes?

Según mis informaciones, hasta el mes de noviembre no estarán entre nosotros los primeros refugiados. En ese momento, contaremos con una planificación coordinada entre las instituciones gubernativas y las organizaciones sociales encargadas de la acogida. Esto nos ayudará a descubrir los cauces más adecuados para hacer efectiva la colaboración con los refugiados en los aspectos humanos, sanitarios, laborales y religiosos.

Mientras llega ese momento, todos podemos y debemos orar por la paz del mundo, por el establecimiento de la justicia en la sociedad y por la solución de los problemas de los refugiados. Además, hemos de seguir ayudando a los emigrantes y refugiados que ya están entre nosotros, integrándonos en algún grupo de voluntarios. Asimismo, podremos ofrecer nuestra colaboración económica, si tenemos intención de hacerlo.

Concretamente, nuestra Caritas diocesana puede ser un cauce adecuado para que esta colaboración económica llegue a través de Caritas nacional a las Caritas hermanas de Hungría, Macedonia y de otros países. De este modo, las personas que pasan por sus territorios podrán tener una acogida acorde con su dignidad humana. Caritas Española lleva ya meses colaborando con las Caritas de otros países, pues el problema de la emigración no es nuevo. Con la finalidad de que los donativos cumplan el fin deseado, quienes se acerquen a los bancos para hacer la donación en las cuentas de Caritas deben especificar que esa ayuda es para los refugiados.
Con mi sincero afecto y gratitud, feliz día del Señor.

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.