Lo necesario, lo optativo y lo superfluo en la política

agusti_cortesMons. Agustí Cortés     Hagamos un discernimiento sereno, objetivo y, a ser posible, desapasionado, de la situación política y de la postura que ante ella hemos de adoptar los católicos. Ya nos decían los grandes maestros del espíritu que, cuando las aguas están revueltas difícilmente se ven el fondo del mar, las rocas, los peces, las algas…

La observación serena y pacífica capta las cosas con mayor objetividad y, lo más importante, reconoce el peso o trascendencia que cada una de ellas posee. Si además en el interior de quien ha de discernir no sólo están claras las ideas, sino que también se encuentran correctamente ordenadas, entonces es muy probable acertar en la elección.

Claro que, en el caso de los cristianos, tanto las ideas, como su orden, es decir, lo que llamamos “la escala de valores”, forman parte de su moral social. Con este bagaje el católico actúa sobre la realidad política concreta. Lo hace como un ciudadano más, dentro del marco democrático, aunque sabe que, de hecho, su moral social no es plenamente compartida por todos, por lo mismo que no todos comparten su fe, que es su fundamento.

Las diferencias entre una opción política y otra, no están tanto en los valores o derechos que defienden, cuanto en la manera de establecer la importancia o la prioridad de cada uno. Todos firman la lista de los derechos humanos fundamentales, pero no todos los clasifican de la misma manera. Así, para un cristiano el derecho – pongamos por caso – a conocer la verdad (y, por tanto, a una información veraz) prevalece sobre el derecho a la libre expresión; o el derecho a ser tratado con justicia prevalece sobre el derecho a la libre creatividad individual; o el derecho a la vida prevalece sobre el derecho a la libertad individual de quien pretende disponer de ella…

Cuando se convocan unas elecciones, el ciudadano ha de discernir qué es lo que está en juego, qué derechos o valores se pretende conseguir y cómo se articulan. Porque las propuestas de los partidos pueden fijar la atención sobre problemas que están en primera línea de la opinión pública, pero que quizá ocultan las cuestiones más importantes. Entre las propuestas de los partidos uno ha de saber discernir lo que pertenece a derechos o valores irrenunciables, lo que pertenece a lo optativo y lo que simplemente resulta superfluo.

En concreto, es mucho más importante el modelo de sociedad, de economía, de convivencia, de progreso (en definitiva, de mundo y de persona humana), que se pretende conseguir, que el hecho de ser un estado independiente o no. Aquello forma parte de lo que es absolutamente esencial y necesario, y esto es optativo. Advertimos que algunos no admitirán contraponer una cosa a la otra, pero es fundamental reconocer que son dos valores de distinto orden: la independencia es objetivo legítimo, pero no garantiza necesariamente una sociedad más humana o más justa (al menos desde el punto de vista del humanismo cristiano).

Además en las propuestas políticas hay bastantes elementos que pueden considerarse “superfluos”, aunque los partidos, como ocurre con los productos del mercado, consideren que son necesarios de hecho. Me refiero al “envoltorio” de la propuesta política: la imagen, la retórica, el impacto psicológico, etc. El ciudadano ha de captar qué es forma y qué es contenido real en la propuesta política.

Demasiadas veces lo superfluo enmascara lo esencial y lo optativo suplanta a lo necesario. Sólo la firmeza en lo esencial puede hacernos dialogantes y tolerantes en lo optativo, hasta aceptar y consentir en lo superfluo.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.