¿Cierre por vacaciones?

braulioarztoledoMons. Braulio Rodríguez       He ahí un cartelito que era frecuente en agosto; tal vez hoy no lo es tanto, porque la palabra “vacaciones” es siempre estimulante pero muchos no saben qué es disfrutar de este tiempo, corto y más largo. Viajar, cambiar de ambiente y actividad, descansar, disfrutar de la naturaleza son, ciertamente, posibilidades que llegan espontáneas a nuestra mente, pero no todos se lo pueden permitir.

Yo estoy escribiendo, en principio, a creyentes católicos; por ello me gustaría que, por un lado no olvidemos a quienes también en verano lo pasan mal, y, por otro, que aprovechemos los días de vacaciones, cortos o más largos, para nuestro crecimiento como personas. Existe siempre la tentación de sucumbir al ocio, que no es sinónimo de descanso ni de cambio de actividad, sino de relajación que deja al espíritu a la intemperie y a merced de la pereza, la inacción y la desidia: la ociosidad es la madre de todos los vicios. Contaba un obispo hace poco que, a la vuelta de las vacaciones, preguntó a un niño si había ido a la misa dominical, y que la respuesta fue contundente: No, claro, en vacaciones hay que descansar.

La persona necesita descansar, desde luego. Pero el descanso no está reñido con la actividad, que sin duda será distinta de la habitual. Vacaciones tal vez sea oportunidad para estar un tiempo más largo con los familiares, para encontrar a parientes y amigos, que solo en esos días es posible. Es hablar más con los que amamos, comunicarnos, hacernos la vida más feliz. ¡Cómo recuerdo los rostros más contentos de aquellos mayores de los pueblecitos de Soria, casi todo el invierno solos, cuando nietos e hijos llegaban, aunque fuera por unos días en agosto!

Tiempo para la amistad, la comunicación, la ayuda mutua. Tiempo también para la caridad con los que no tienen vacaciones, o los mayores que viven en soledad, los que esperan que alguien les regale tiempo para oírles y recibir algo de cariño, para no “descartarles”. Y tiempo, evidentemente, para no dar vacaciones a Dios como si Éste fuera una obligación de la que uno se libera cuando puede organizar el tiempo a su medida.
Todo cristiano, además, es llamado por Jesús a ser su discípulo misionero, y el verano es sin duda tiempo apropiado para recuperar energías, pero sin olvidar la misión. Esto vale para los pastores, pero también para catequistas, profesores y padres cristianos, para el consagrado o el fiel laico implicados todos en la misión de Jesús en la Iglesia o en el mundo.

El trabajo de los sacerdotes como el de todo discípulo misionero del Señor no es fácil ni descansado. Ser fiel a la misión encomendada, lograr que la palabra y la obra de Cristo lleguen a todos exige dedicación, entrega, desvelos, sufrimiento, perseverancia, y tal vez cansancio. Hay un cansancio apostólico, y por ello, el que es enviado necesita descanso: y éste se halla sólo en el Señor. Recordamos el evangelio del domingo 19 de julio, en el que Jesús se lleva a sus discípulos a un lugar “tranquilo y apartado” donde nadie les estorbe y puedan descansar con Él. De modo que el Señor invita a descansar, a reponer fuerzas en su compañía y dejarse cuidar por Él, que cuida de nosotros.

Pero, por otra parte, al ver cómo Jesús se pone a enseñar a los que descubren aquel lugar de descanso, comprendemos que el Señor nos ofrece lo necesario para reponer nuestras fuerzas y salir del agobio, para recuperar enseguida el ardor apostólico. Es bueno aprender a descansar en Cristo para volver a la misión. Feliz descanso. Con mi agradecimiento.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.