La exaltación de la Santa Cruz

mons_martorellMons. Julián Ruiz Martorell       Queridos hermanos en el Señor:  Os deseo gracia y paz.

El 14 de septiembre celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Rezamos en la liturgia de ese día: “¡Oh cruz fiel, árbol único en nobleza! // Jamás el bosque dio mejor tributo // en hoja, en flor y en fruto”.

1) Es una cruz habitada. No veneramos un objeto, sino que adoramos a quien en la cruz se entrega y se manifiesta. En la cruz reconocemos al Crucificado, el mismo Jesús que caminó decidido y libre hacia Jerusalén, donde iba a consumar su sacrificio. El mismo que fue anunciado por los profetas y que pronunció palabras de vida eterna. El mismo que sanó las heridas de los corazones, que curó los cuerpos desgarrados por las enfermedades, que alivió el dolor con su presencia que acompaña. El mismo que proclamó que el Reino de Dios llegó en su persona y en su obra, con su palabra y su silencio. El mismo que congregó en torno a sí un grupo de Doce discípulos, a quienes eligió para que estuvieran con Él y a quienes envió como testigos de la Buena Noticia.  Una cruz habitada por Jesucristo, que por nosotros y por nuestra salvación padeció insultos y salivazos, rechazo y desprecios, odio e ignominia. El mismo que experimentó la crueldad del dolor físico, que compartió la angustia del sufrimiento de toda la humanidad cargándolo sobre su espalda, y que vivió el dolor social al contemplar cómo le abandonaban los suyos.  Una cruz habitada por la luz de la resurrección. Vemos al Crucificado y creemos en el Resucitado. Del costado abierto de Cristo manan sangre y agua, símbolos de la eucaristía y del bautismo. Un costado traspasado que es el manantial de donde brota la Iglesia, su vida y su misión. A los pies de la cruz habitada hacemos profesión de fe y reconocemos que, verdaderamente, este hombre es el Hijo de Dios.

2) Es una cruz elocuente, que nos habla de amor hasta el extremo, de entrega filial (Jesús acepta totalmente la voluntad del Padre como Hijo) y fraterna (Cristo no nos llama siervos, sino amigos y nos congrega como hermanos). Tiene un doble trazado: vertical y horizontal. La dimensión vertical expresa la recepción agradecida del amor procedente del Padre y la máxima capacidad de respuesta a ese amor. El segmento horizontal extiende y despliega un amor generoso abierto al perdón y a la reconciliación. Es un amor difusivo, misionero, testimonial.  Una cruz que habla, desde el silencio, pero con un mensaje que inunda nuestro ser.

3) Es una cruz que compromete. En ella percibimos una llamada incesante a oír la voz del Señor, a poner en práctica sus palabras, a comunicar, con el testimonio de la vida, su propuesta. La cruz no nos deja indiferentes. Produce en nosotros una sacudida interior que nos despierta del letargo, nos anima en la responsabilidad y nos estimula para vencer la inercia.  La cruz señala el principio de una vida diferente, renovada. La cruz, hincada en la tierra, nos señala la urgencia de construir nuestra vida sobre la piedra angular que es Cristo. Tenemos experiencia de construcciones edificadas sobre materiales efímeros, como la arena de nuestros sueños o la inconsistencia de nuestros propósitos. Jesús es la roca, el fundamento, que nos asocia a su persona para ser piedras vivas y colaborar activamente en la construcción de su Iglesia.   “Al Dios de los designios de la historia, // que es Padre, Hijo y Espíritu, alabanza; // al que en la cruz devuelve la esperanza // de toda salvación, honor y gloria. Amén”.

Recibid mi cordial saludo y mi bendición.

+Julián Ruiz Martorell,

Obispo de Jaca y de Huesca

Mons. Julián Ruiz Martorell
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D. Julián RUIZ MARTORELL nació en Cuenca el 19 de enero de 1957. Desde pequeño vive en Zaragoza. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Zaragoza, siendo alumno del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA). Fue ordenado sacerdote en Zaragoza el 24 de octubre de 1981. Encargos pastorales desempeñados: 1981-1983: Ecónomo de Plasencia de Jalón y Encargado de Bardallur; 1983: Encargado de Bárboles, Pleitas y Oitura; 1983-1988: Durante sus estudios en Roma, Capellán de las Religiosas "Battistine"; 1988-1993: Adscrito a la Parroquia de Santa Rafaela María, en Zaragoza; 1991-2005: Director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar"; 1994-2010: Capellán de la comunidad religiosa del Colegio Teresiano del Pilar; 1998-2005: Director del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón; 1999-2005: Director del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín"; 2007-2010: Delegado de Culto y Pastoral de El Pilar. Fue nombrado obispo de Huesca y de Jaca el 30 de diciembre de 2010. En ese momento desempeñaba los siguientes cargos y tareas: Profesor de Sagrada Escritura del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (1988), del Instituto Superior de Ciencias Religiosas "Nuestra Señora del Pilar" (1988) y del Centro de Zaragoza del Instituto Superior de Ciencias Religiosas a distancia "San Agustín" (1988); Miembro del Consejo Diocesano de Pastoral (1993); Miembro del Consejo Presbiteral (1998); Canónigo de la Catedral Basílica "Nuestra Señora del Pilar" de Zaragoza (2004); Miembro del Colegio de Consultores (2005) y Secretario del Consejo Presbiteral; y Vicario General de la Archidiócesis (2009). Fue ordenado obispo en la S. I. Catedral de Huesca el 5 de marzo de 2011. Tomó posesión de la diócesis de Jaca al día siguiente en la S. I. Catedral de esta diócesis.