DEFENDAMOS NUESTRA CULTURA – Las fiestas religiosas (II)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella           El domingo pasado dediqué mi escrito a “Nuestras fiestas religiosas”. Hablé de la piedad popular y de la cultura religiosa, para terminar haciéndome una pregunta a la que hoy quiero dar repuesta: “¿Estamos promoviendo la cultura popular, la nuestra, de hondo sentido religioso, o vamos en su contra por motivos ideológicos y estructurales, vaciándola de contenido religioso?

El pueblo sencillo, el pueblo creyente y practicante, así como todos aquellos que por las razones que sean han abandonado unos modos tradicionales de devoción, es evidente que en ningún momento se ha cuestionado para nada la realidad de las fiestas religiosas, como origen y razón de su cultura e identidad. Son otros elementos externos los que están fomentando una postura en contra de la cultura religiosa y de la piedad popular.

El primer elemento, y el más influyente, es el laicismo mal entendido. En nombre de la no confesionalidad del Estado, en una interpretación no correcta de la misma, así como en nombre de un respeto a los demás credos religiosos, igualmente incorrecto, se intenta suprimir las formas concretas en que ha cristalizado nuestra identidad cultural, mutándolas en otras que nunca han sido de nuestro pueblo, de nuestra historia ni de nuestra cultura. Llevamos ya bastantes años con una invasión de la cultura anglófona – contra la que obviamente no tengo nada -, montada en la coyuntura mercantil, y que nunca ha sido la nuestra. Tomo el caso ya clamoroso de la Navidad, llamada “fiesta de invierno”; el Nacimiento, mutado en el árbol; los Reyes Magos sustituidos por el papá Noél. Así asistimos a dos fenómenos particularmente chocantes como son la felicitación navideña evitando toda referencia expresa o implícita al nacimiento del Hijo de Dios o, todavía la supresión del Belén, por ejemplo, en las escuelas públicas, siendo así que la casi totalidad de los alumnos son católicos.

Dicho laicismo también está mostrando su influencia en las fiestas populares a las que de forma gradual, y ya en muchos sitios, se está intentando borrar todo sentido religioso, reduciendo todo a lo lúdico, al consumo y más en concreto a lo gastronómico.

Otros elemento que están minando nuestra cultura es el reduccionismo que busca, en aras de una integración mal entendida, el desacralizar las fiestas religiosas “con el fin de que no se molesten los que no piensan o no creen lo mismo que nosotros”. Es evidente que la Iglesia, al día de hoy, muestra una actitud más que positiva en todo los que se refiere a la acogida y al acompañamiento de los que vienen de fuera, los emigrantes. Acogemos a todos, ayudamos a todos, y nunca preguntamos la religión que profesan ni pretendemos imponerles la nuestra. Pero sería absolutamente contrario a la más elemental acogida el hecho de que, por un falso respeto, hiciéramos dejación y abandonáramos nuestras costumbres, nuestras tradiciones, nuestros modos de celebrar los acontecimientos de nuestra vida personal, familiar y social.

Queridos amigos lectores de “Pueblo de Dios”, conozcamos nuestros orígenes, profundicemos en ellos, defendámoslos y hagamos que lleguen a nuestros hijos con la mayor integridad. Y digamos alto y claro que la religión católica y la cultura multisecular surgida de ella, ha aportado mucho en valores a la vida de todos los pueblos sin distinción. Y un último apunte: el Estado nunca debe ser confesional (de una religión concreta) precisamente para ser garante de la libertad religiosa de todos, empezando por aquella que es mayoritaria, pero debe respetarlas todas las religiones y dejarles actuar con libertad porque trabajan por el bien de las personas y de la sociedad.

Os deseo a todos unas felices fiestas que os sirvan de descanso, de unión y de mejora personal. ¡Feliz verano a todos!

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.