Alabado seas, mi Señor (II)

agusti_cortesMons. Agustí Cortés      No hay experiencia cristiana que se tenga fuera de la vida y no hay circunstancia de la vida que esté al margen de la experiencia cristiana. Las vacaciones incluyen normalmente experiencias muy diversas, al menos experiencias que rompen con la vida normal de cada día. ¿Sería mucho pedir que todo ello estuviera impregnado de una vivencia religiosa cristiana, de aquella vivencia que intensifica el gozo, aporta paz en el descanso, sin olvidar el compromiso de la virtud?

La encíclica Laudato si’ del papa Francisco no se entiende si uno no se sitúa en el vértice que le corresponde del triángulo “persona humana – mundo – Dios”. La carta encíclica contiene muchos mensajes que sintonizan con la sensibilidad moderna respecto de la ecología. En este sentido, como dice el mismo Papa, sirve para dialogar con la sociedad y la cultura actuales; también con otras confesiones religiosas. Pero su fuerza, su argumentación, la profundidad de su propuesta moral, no se podrá comprender ni vivir, a menos que se comparta la visión cristiana de la relación entre la persona humana y el mundo creado desde la perspectiva del Dios Padre de Jesucristo. Una visión que tiene sus raíces en la tradición judía del Dios creador y providente, Señor del mundo y de la historia.

No es lo mismo caminar entre montañas, respirar el aire puro de la altura, refrescarse con agua limpia nacida en el deshielo, descansar a la sombra de un bosque de hayas, beber de la fuente, dejarse penetrar por el sonido del agua saltarina y por el canto de los pájaros, aspirar el aroma del bosque, gozar al mismo tiempo de la compañía de buenas amistades, viviendo todo ello como un regalo del Dios que nos ama, un bien creado y destinado a todos los hombres y mujeres del mundo, que experimentar eso mismo como el disfrute de una cosa anónima de la que somos simples propietarios. Diríamos lo mismo de cualquier experiencia propia de las vacaciones, aunque no estén directamente vinculadas a un contacto con la naturaleza.

No es lo mismo, no sólo por lo que se refiere a la vivencia íntima, es decir, a la experiencia religiosa, sino también a la conducta moral. Me atrevería a decir que no es lo mismo incluso por lo que se refiere al goce estético, pues una cosa es disfrutar de una cosa bella, y otra disfrutar de algo bello que, además, nos ha sido regalado por amor. ¿No son una cima de la ecología aquellas palabras de san Juan de la Cruz, que expresan la respuesta de las criaturas (“bosques y espesuras, plantados por la mano del Amado, prado de verduras, de flores esmaltado”) a la interpelación del alma enamorada?:

“Mil gracias derramando

pasó por esos setos con presura

e, yéndolos mirando,

con sola su figura

vestidos los dejó de su hermosura” (Cántico Espiritual, 5)

La encíclica papal está llena de denuncias y propuestas morales. Algunas apelan al simple instinto de conservación: “destruyendo la naturaleza, destruimos la humanidad”. Pero la llamada es mucho más positiva y gozosa: la naturaleza es la casa común, disfrutar de ella como don, conservarla, perfeccionarla y compartirla como hermanos, hijos de un mismo Padre, es toda una virtud, la virtud de la ecología humana.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.