ANTE EL SÍNODO DE LOS OBISPOS SOBRE LA FAMILIA

Ricardo Blazquez Arzobispo ValladolidMons. Ricardo Blázquez          La próxima Asamblea del Sínodo de los Obispos sobre la familia, que tendrá lugar en octubre, se dedicará a la Vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo. Quiero en esta comunicación ofrecer algunas consideraciones sobre este amplio campo de vida y misión  cristianas.

En nuestro mundo y en nuestra sociedad necesitamos ponderar la grandeza de la vocación al matrimonio cristiano y a la familia, que se fundan en el bautismo y la iniciación cristiana, como la vocación al ministerio sacerdotal y a la vida consagrada. Cada vocación es preciosa, que debemos presentar en sus dimensiones cristianas, eclesiales y humanas, que debemos amar y agradecer, cuidar con esmero y cultivar su perseverancia, ahondamiento y expansión. ¿Qué puede tener más importancia para una persona cristiana que vivir la propia vocación con entrega a Dios y dedicación sacrificada a los demás? La armonía entre persona y vocación es básico para cada  cristiano y redunda en beneficio de todos.

La vida humana es vocación y regalo de Dios, no fatalidad ni fruto del azar. En la Sagrada Escritura leemos: “Creó Dios al hombre a su imagen,  a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó”. Les dio el Creador un encargo: “Sed fecundos y multiplicaos; dominad la tierra”. Y concluye este relato de la creación: “Vio Dios lo que había hecho, y era muy bueno” (Cf. Gén. 1, 27 ss.). Más adelante prosigue el diseño de Dios: “No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien como él”. “Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gén. 2, 18.24). Comparten el varón y la mujer la condición de imagen de Dios; poseen la misma dignidad personal, sin privilegios ni discriminaciones.

En nuestra cultura nos cuesta a veces trabajo comprender que existen diferencias que no son consecuencia de privilegios ni de discriminación, pues varón y mujer poseen la misma dignidad en su recíproca diferencia. La igualdad en el matrimonio es igualdad en dignidad dentro de las legítimas diferencias sexuales, de sensibilidad y de vocación. El varón realiza su condición humana como varón, y la mujer responde a su dignidad humana como mujer. Seamos lúcidos ante todo intento de “colonización ideológica” (Papa Francisco).

La vocación al matrimonio es una vocación que debe ser descubierta, fortalecida y acompañada. Su belleza deriva del amor personal con su gozo y su cruz. Atentan contra su dignidad las fáciles rupturas y la separación porque no se ha cuidado el bien excelente del amor al consorte de la vida. El regalo de Dios que son los hijos merecen soportar con paciencia y esperanza las pruebas.
La Iglesia debe inclinarse ante las familias heridas para, como hizo el buen samaritano, curarlas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. ¡Qué el Señor nos conceda la gracia de ser testigos fehacientes de su misericordia!

Me dirijo personalmente a los esposos: Tu vocación es inseparable del consorte, es complementariedad con él, es unidad fiel en el amor; entrégate a él y recíbelo. Dios os ha mandado: Trasmitid la vida; sois ministros de Dios en la corriente de la vida de las personas; y estáis llamados a ser señores del mundo con respeto al Creador y con la responsabilidad de compartir los bienes de la tierra con toda la familia humana, los pasados, los contemporáneos y los venideros.

Todos estamos invitados a sentarnos a la mesa de los bienes de la creación. No olvidéis, maridos, aquella palabra de la Sagrada Escritura: “Una mujer hacendosa vale mucho más que las perlas” (Prov. 31, 10), pues corréis el peligro de que la vida cotidiana convierta en rutinario lo excelente; y algo semejante se podría decir a la esposa en relación con su marido.

¡No convirtamos en baratija lo que es un tesoro de un valor inestimable! ¡Que nunca sea violentado ni despreciado el consorte de la vida, llamado a heredar conjuntamente una bendición! Tu vocación vital es tu familia, tu esposo/a, tus hijos. Formar una familia no es culminar una profesión, ya que el matrimonio es comunidad de vida y amor.

Como hay intentos de redefinir con atrevimiento increíble el matrimonio y la familia, conviene que reafirmemos frecuentemente en qué consiste la familia a fin de que la confusión sobre realidades tan básicas no se asiente en la cultura ambiente ni oscurezca las convicciones básicas de las personas.

La familia se funda en el matrimonio, que es unión por amor, no por conveniencia ni imposición, libremente contraída, estable e irrevocable, de un varón y de una mujer, para la mutua complementariedad, para transmitir la vida y criar y educar a los hijos.

La familia se funda sobre el matrimonio, que es una unión de vida en el  amor; hunde sus raíces en la naturaleza humana que no podemos cambiar según nuestras apetencias o posibilidades técnicas. Desde un punto de vista antropológico se puede entender que el amor matrimonial abarca a la persona entera y es de por vida. ¿Qué reacción nos suscitaría si alguien dijera al consorte: Me uno a ti hasta que no haya otra persona que me interese más, que me atraiga más?. Es una humillación del consorte y un atentado al mismo matrimonio.

Es unión libre, y por consiguiente, no al margen de los contrayentes ni forzada. No es una sociedad comercial de unas personas que se unen para fortalecer sus intereses económicos; el matrimonio tampoco es una convivencia de amigos que están unidos, mientras dure la mutua atracción.

Es bueno que subrayemos también que el amor no es simplemente un sentimiento que mantiene unidas a las personas, de modo que si la atracción se enfría, se esfumaría el amor y se rompería el matrimonio. El amor es una entrega personal al consorte que a su vez recibe y responde con la entrega también personal. El sentimiento no es el único aglutinante de la unión del matrimonio.

+ Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)