Laudato si´

DemetrioMons. Demetrio Fernández          Es el título de la encíclica del papa Francisco sobre la hermana tierra, la casa común, la naturaleza en la que vivimos y de la que formamos parte. “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna y produce frutos con coloridas flores y hierba” (san Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas). Esta naturaleza que habitamos y de la que formamos parte, esta casa común la ha creado Dios para el hombre, y se la ha confiado al hombre para que la cuide, no para que la destroce. El cuidado de la tierra, de la casa común que es la naturaleza, tiene una dimensión ética y religiosa, que el Papa recuerda para que cuidemos mejor de este gran regalo de Dios. Acerca de este tema hay una doctrina social de la Iglesia, que el Papa amplía con nuevas aportaciones en esta carta dirigida a toda la humanidad.

La creación entera está expectante y gime con dolores de parto esperando la plena libertad (cf Rm 8,22). Esa esclavitud proviene del pecado, pues Dios lo ha creado todo bonito y armónico, pero el pecado del hombre ha trastornado el orden creado por Dios, ha introducido un desorden que afecta incluso a la misma naturaleza en sus catástrofes naturales y en su progresiva degradación por la mano del hombre. A pesar de todo, la creación mantiene su belleza original y espera que el hombre sea un constructor que la haga más bella, no un destructor que la degrade y la esclavice más todavía.

El Papa señala problemas concretos, que tienen diversas explicaciones científicas: el cambio climático y el calentamiento de la tierra, el agua que no acaba de llegar a todos y es un bien imprescindible para la supervivencia, la pérdida de la biodiversidad por la que miles de especies desaparecen cada año a consecuencia de la contaminación. Pero apunta sobre todo a que estos y otros problemas hay que afrontarlos en una perspectiva integral. Las cosas no están separadas del hombre que habita esta tierra y el desequilibrio que padece la naturaleza es un desequilibrio humano y social, donde los más débiles –naturaleza, humanidad y sociedad- sufren las consecuencias de este desequilibrio ambiental. Los pobres son siempre los grandes perdedores de esta injusticia.

Por eso, el cuidado de la casa común va íntimamente unido a la dignidad de la persona y a la justicia social. La ecología no es solamente la preservación de las aguas o de las especies animales. Una sana e integral ecología ha de tener en cuenta la armonía de la pareja humana, pues Dios creó al hombre varón y mujer, y “era muy bueno” (Gn 1,31), y los mandó crecer y multiplicarse para llenar la tierra. La aceptación del propio cuerpo, en su masculinidad o feminidad, es un elemento esencial de esa ecología humana. No es sana la actitud que pretende cancelar la diferencia sexual (n. 155). En los países ricos esa ecología humana está en peligro por el envejecimiento de la población, por la falta de respeto a la vida desde su concepción hasta su final natural. El cuidado sobre algunas especies olvida el cuidado que necesita la especie humana para sobrevivir. El aborto y la manipulación genética van contra una ecología integral.

“Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo” (230). Se trata de apostar por otro estilo de vida. La casa común hemos de cuidarla entre todos y en definitiva el compromiso ecológico viene a ser una cuestión social. De ahí que el Papa proponga una actitud de sobriedad, que vivida con libertad y en conciencia, resulta liberadora (n.223).

Los santos han vivido esta relación con la naturaleza como una relación agradecida con el Creador, que ha dejado su huella en el mundo creado, con un uso moderado y sobrio de los bienes comunes, que son de todos, y con un sentido constructivo nunca destructor de la naturaleza que se nos ha dado. El más mencionado es san Francisco de Asís, “ejemplo por excelencia del cuidado por lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría” (n. 10).

Acojamos con interés y veneración las orientaciones del Papa, hagámoslas objeto de reflexión en nuestras catequesis. El bien común de la naturaleza creada es tarea de todos, y los cristianos tenemos mucho que aportar en este trabajo común.

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández,

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
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Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.