Roberto Gayubo: "El monje trata de vivir precisamente la vocación del cielo aquí en la tierra"

Albacete Roberto GayuboRoberto Gayubo, aprovechando que ha venido a Albacete invitado por la parroquia de Nuestra Señora de las Angustias para la formación de los agentes de pastoral, háblenos del monasterio donde está, que es muy famoso y donde reciben muchas visitas ¿Qué es lo que va buscando la gente que va allí?

Muchos de los que van como turistas al Monasterio de Santo Domingo de Silos, podemos pensar que lo que vienen buscando es encontrarse con la belleza no solamente del entorno, de la naturaleza, sino también del claustro románico, del canto gregoriano y de las ceremonias litúrgicas. Entre los turistas también vienen muchos creyentes para compartir las celebraciones litúrgicas, sobre todo lo que es la eucaristía y la oración de vísperas con los monjes. Por otro lado, tenemos a los que van a alojarse en la hospedería del monasterio, donde admitimos sólo valores, y lo que normalmente vienen buscando son momentos de oración personal, tiempos fuertes de encuentro con Cristo. También hay personas que quizás no son creyentes y lo que buscan son momentos para encontrarse consigo mismas, para tomar decisiones en la vida.

-Y sobre todo, ¿Qué ofrecén de especial a todos los que van al monasterio?

Bueno, podríamos decir lo que es propiamente todo el entorno. Allí se crea una atmósfera de silencio que transmite que hay un algo más: no solamente hay piedras, no sólo hay personas, sino que hay algo que hace que eso sea posible, que es la experiencia que tenemos de que tratamos de vivir de Jesucristo.

-¿Cómo nos acercan a Dios la belleza del canto y de la liturgia?

La belleza es una expresión de Dios y precisamente porque viene de Dios, los monjes tratamos de hacerlo bien, que sea algo bello todo lo que hacemos. Eso transmite, llega a la gente, creo que el canto y la liturgia ayudan a encontrar a Dios, que es belleza. De hecho, muchas personas salen impactadas al participar en nuestras celebraciones por tal como se realizan.

-¿Qué peculiaridades tienen sus celebraciones?

Yo diría que es el canto gregoriano, que en muy raros sitios se sigue utilizando aquí en España, y de forma habitual, prácticamente en ninguno. También, intentamos hacer las ceremonias para ser vividas realmente: tanto el canto como lo que es la liturgia se viven, nos hablan, nos transmiten. Lo que nos pide San Benito es que vivamos lo que la Palabra de Dios nos está haciendo decir con los labios: que entre la Palabra de Dios en nosotros, para que nos transforme y de esa forma se haga verdad aquello que estamos rezando.

-Roberto, ¿qué es lo que define al monje?

Los antiguos padres del monacato dieron una respuesta que quizás nos pueda sorprender en un primer momento, a la pregunta de qué es lo que distingue a un cristiano monje de un cristiano no monje. Pues solamente una cosa: que el monje no toma mujer, dijeron. Teniendo en cuenta que la vida monástica, igual que toda la vida religiosa, se define por los tres votos: castidad, obediencia y pobreza… entonces, ¿qué pasa? ¿es que no debe diferenciarse también en lo de la obediencia y la pobreza? Yo creo que lo que contestarían estos primeros monjes de la Iglesia sería algo como esto: todo cristiano ha de vivir en pobreza y en obediencia, no solamente los monjes.

-Entonces, desde ese punto de vista la diferencia con los demás cristianos es la vida célibe.

Sí. Pobreza no significa necesariamente vivir como pobres de solemnidad, puede ser llevar una vida austera. De igual manera, todo cristiano debe de llevar una vida obediente, siguiendo el ejemplo de Jesucristo: que no se haga mi voluntad, -lo que marca o manda mi ego-, sino que mi voluntad sea hacer la voluntad de Dios. Y no todo cristiano debe vivir lo que le distingue del monje, es decir, que no toma mujer, como decían los antiguos y que es lo que llamaríamos llevar una vida célibe, que en sí quiere expresar vivir en este mundo aquello a lo que todos estamos llamados a ser: lo que vamos a ser un día en plenitud cuando estemos viviendo en Dios.

-Háblanos de usted, de su vocación. ¿Qué le llevó a ser monje? ¿Cuántos años lleva?

Entré en el año 1997, llevo unos 18 años en el monasterio. Yo he sido siempre un chico de parroquia y desde pequeñito he tratado de vivir los valores cristianos. Junto con eso, proyectaba mi vida, siempre pensando lo que iba a ser en el futuro: hice una carrera universitaria, después un máster, y empecé a trabajar por un tiempo en una consultora y cuando estaba trabajando me di cuenta de que me había equivocado en la vida; lo que estaba haciendo era una cosa que me gustaba, pero me di cuenta que me faltaba algo por dentro. Entonces empecé lo que es un proceso de búsqueda que duró bastante tiempo, y descubrí que realmente sentía una llamada de Dios hacia la vida monástica, que se concretó en el Monasterio de Silos. Una vez allí he visto que realmente es mi vida: es donde realmente soy, desde lo más hondo, más feliz.

-¿Qué aporta esta vida monacal a la Iglesia?

A mi modo de ver, aporta que la vida tiene un sentido y que se puede vivir hoy lo que un día seremos todos. ¿Cómo expresar esto? Hoy hay multitud de vocaciones en la Iglesia, pero cuando estemos todos viviendo en la plenitud en el cielo, digamos que todas esas vocaciones se borran y lo que el monje trata de vivir es precisamente la vocación del cielo aquí en la tierra. Entonces, desde ese punto de vista, lo que el monje puede aportar a la Iglesia es precisamente recordar y decir: sí que hay un futuro, sí que hay un más allá, allí es donde vamos a ir a todos y nosotros os recordamos aquí y ahora que eso existe y que va a existir para todos allí.

Estamos celebrando el año de la Vida Consagrada ¿Qué está suponiendo para vosotros?

Buena pregunta. Por un lado, estar más sensibles a las otras vocaciones que hay en la Iglesia, no solamente para conocerlas más y mejor, sino también para tenerlas más presentes en nuestra oración. Y por otro lado, es precisamente la celebración de este año lo que ha hecho que yo haya venido a Albacete.

(Diócesis de Albacete)

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