»¡Jallalla Bolivia!»

El Papa Francisco comenzó ayer miércoles la segunda etapa de su viaje en América Latina llegando al aeropuerto de El Alto, el más alto del planeta, situado a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar en La Paz (Bolivia) donde lo esperaba el Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Evo Morales, primer mandatario indígena (uru-aimara) del país, al que el Santo Padre ya encontró en el Vaticano durante el Primer Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, organizado por el Pontificio Consejo Justicia y Paz en octubre de 2014.

En su primer discurso en tierra boliviana el Santo Padre afirmó que había ido allí »como huésped y peregrino… para confirmar la fe de los creyentes en Cristo resucitado, para que cuantos creemos en Él, mientras peregrinamos en esta vida, seamos testigos de su amor, fermento de un mundo mejor, y colaboremos en la construcción de una sociedad más justa y solidaria». Y tras agradecer al presidente Morales su »cálida y fraternal acogida» saludar a las autoridades religiosas y civiles añadió: »Llevo en el corazón especialmente a los hijos de esta tierra, que por múltiples razones no están aquí y han tenido que buscar »otra tierra» que los cobije; otro lugar donde esta madre los haga fecundos y posibilite la vida»

El Papa manifestó también su alegría por encontrarse en una tierra de singular belleza, como declara el preámbulo de su Constitución: »En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonía, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores». »Y esto me recuerda -destacó- que »el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza». Pero sobre todo, es una tierra bendecida en sus gentes, con su variada realidad cultural y étnica, que constituye una gran riqueza y un llamado permanente al respeto mutuo y al diálogo: pueblos originarios milenarios y pueblos originarios contemporáneos; cuánta alegría nos da saber que el castellano traído a estas tierras hoy convive con 36 idiomas originarios, amalgamándose ?como lo hacen en las flores nacionales de kantuta y patujú el rojo y el amarillo? para dar belleza y unidad en lo diverso. En esta tierra y en este pueblo, arraigó con fuerza el anuncio del Evangelio, que a lo largo de los años ha ido iluminando la convivencia, contribuyendo al desarrollo del pueblo y fomentando la cultura».

»Bolivia está dando pasos importantes para incluir a amplios sectores en la vida económica, social y política del País -prosiguió- Cuenta con una Constitución que reconoce los derechos de los individuos, de las minorías, del medio ambiente, y con unas instituciones sensibles a estas realidades. Todo ello requiere un espíritu de colaboración ciudadana, de diálogo y de participación de en los individuos y los actores sociales en las cuestiones que interesan a todos. El progreso integral de un pueblo incluye el crecimiento en valores de las personas y la convergencia en ideales comunes que consigan aunar voluntades, sin excluir ni rechazar a nadie. Si el crecimiento es solo material, siempre se corre el riesgo de volver a crear nuevas diferencias, de que la abundancia de unos se construya sobre la escasez de otros. Por eso, además de la transparencia institucional, la cohesión social requiere un esfuerzo en la educación de los ciudadanos».

»En estos días me gustaría alentar la vocación de los discípulos de Cristo a comunicar la alegría del Evangelio, a ser sal de la tierra y luz del mundo. La voz de los Pastores, que tiene que ser profética, habla a la sociedad en nombre de la Iglesia madre – porque la Iglesia es madre – y lo habla desde la opción preferencial y evangélica por los últimos, por los descartados, por los excluidos: ésa es la opción preferencial de la Iglesia. La caridad fraterna, expresión viva del mandamiento nuevo de Jesús, se expresa en programas, obras e instituciones que buscan la promoción integral de la persona, así como el cuidado y la protección de los más vulnerables. No se puede creer en Dios Padre sin ver un hermano en cada persona, y no se puede seguir a Jesús sin entregar la vida por los que Él murió en la cruz».

También toco el Pontífice en su primer discurso el tema de la familia, subrayando que »en una época en la que tantas veces se tiende a olvidar o a tergiversar los valores fundamentales, la familia merece una especial atención por parte de los responsables del bien común porque es la célula básica de la sociedad, que aporta lazos sólidos de unión sobre los que se basa la convivencia humana y, con la generación y educación de sus hijos, asegura el futuro y la renovación de la sociedad».

»La Iglesia también siente una preocupación especial por los jóvenes que, comprometidos con su fe y con grandes ideales, son una promesa de futuro, »vigías que anuncian la luz del alba y la nueva primavera del Evangelio» decía san Juan Pablo II . Cuidar a los niños, hacer que la juventud se comprometa en nobles ideales, es garantía de futuro para una sociedad; y la Iglesia quiere una sociedad que encuentra su reaseguro cuando valora, admira y custodia también a sus mayores, que son los que nos traen la sabiduría de los pueblos; custodiar a los que hoy son descartados por tantos intereses que ponen al centro de la vida económica al dios dinero; son descartados los niños y los jóvenes que son el futuro de un país, y los ancianos que son la memoria del pueblo; por eso hay que cuidarlos, hay que protegerlos, son nuestro futuro. La Iglesia hace opción por ir generando una »cultura memoriosa» que le garantiza a los ancianos no solo la calidad de vida en sus últimos años sino la calidez, como bien lo expresa su la constitución de ustedes».

»Estos días -afirmó dirigiéndose a todos los presentes- nos permitirán tener diversos momentos de encuentro, diálogo y celebración de la fe. Lo hago alegre y contento de estar en esta Patria que se dice a sí misma pacifista, patria de paz, y que promueve la cultura de la paz y el derecho a la paz».

Por último, confío su visita al amparo de la Santísima Virgen de Copacabana, Reina de Bolivia y concluyó su discurso exclamando: »¡Jallalla Bolivia!», la palabra que en aimara significa vida y esperanza.

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