HACIA UNA ECOLOGÍA INTEGRAL

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella        Laudato sí (II)

El Papa Francisco, en la encíclica Laudato si’ que comencé a comentar la semana pasada, presenta una perspectiva de la ecología que no sólo no va en contra de lo que ésta pretende – la defensa y la protección de la naturaleza y del medio ambiente – sino que la completa por dos razones: de una parte, porque en estimación de Francisco y de la Doctrina Social de la Iglesia, la crisis ecológica tan grave que padecemos tiene su raíz precisamente en el hombre; y de otra, porque una ecología que intente dar respuestas reales, ni imaginarias, tiene que ser profundamente humana. Sin el hombre no cabe hablar de verdadera ecología.

En lo que hace a la raíz humana de la crisis ecológica, no hace falta hacer un gran esfuerzo para detectar que el hombre y su tecnología han mejorado las condiciones de la vida del hombre a costa, eso sí, de un empobrecimiento y destrucción de la misma naturaleza, y con el agravante de que esa mejora no ha afectado a todos ni mucho menos. De hecho las poblaciones débiles, cada vez son más débiles.

El Papa habla de “un exceso de antropocentrismo”, esto es, de una postura del hombre ante todo lo creado, centrada exclusivamente en él mismo y en su poder. Este exceso clamoroso está llevando al llamado cambio climático así como a la privación de agua potable que está afectando a millones de seres humanos en las regiones más pobres del planeta. ¿Y qué decir de la pérdida de la biodiversidad, los miles de especies animales y vegetales que cada año están desapareciendo de la faz de la tierra? ¿Y de la deuda ecológica del Norte en relación con el Sur del mundo?
Hay que volver a una ecología integral, que sitúe al ser humano en el lugar peculiar que le corresponde en este mundo y que establezca ordenadamente sus relaciones con la realidad que lo rodea. El Papa viene a decir que no se puede concebir la naturaleza como algo separado de los hombres ni tampoco – y esto es muy interesante – “como un mero marco de nuestra vida humana”. Dios vio que todo lo hecho era bueno y situó al hombre en el lugar que le correspondía.

El Santo Padre nos brinda algunos de los aspectos concretos que enmarcan la ecología integral tal como él la concibe:

– Debe haber un vínculo, un nexo de unión, entre los asuntos ambientales y las cuestiones sociales humanas. Y ¡atención! ese vínculo no debe romperse nunca. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una única y compleja crisis socio-ambiental.

– La ecología integral es inseparable de la noción del bien común, hasta el punto de que esforzarse por conseguirlo ha de suponer adoptar opciones solidarias precisamente con los más pobres. Este es el mejor modo de dejar un mundo sostenible a las próximas generaciones, no con palabras, sino por medio de compromisos serios y estables. No podemos olvidar que el Papa, tal como yo recordaba en mi escrito anterior, ha planteado la redacción de esta encíclica partiendo de una pregunta muy básica: ¿Qué tipo de mundo queremos dejar a los que nos sucedan, a los niños que están creciendo?

– Finalmente, en el pensamiento papal, la ecología integral implica la vida cotidiana. Aquí entramos todos. El Papa habla de la enorme capacidad que tiene el ser humano para adaptarse, así como de su admirable creatividad y generosidad para devover al medio amiente aquello que es consustancial a éste, tal como Dios lo creó. Y así, Francisco nos anima a un mejoramiento integral en la calidad de la vida humana en los espacios públicos, la vivienda, los transportes, etc.

Para acabar, no quiero dejar de mencionar la sugerencia que apunta el Papa al final del cap. IV, referido a la aceptación de nuestro propio cuerpo, al que define como un don de Dios, un regalo de Dios, del que nos servimos para acoger y aceptar al mundo entero que nos rodea. El cuerpo es el medio que nos ha dado de Dios para relacionarnos con todos y con todo.

Pido a María, que conservaba en su corazón “lo que sucedía en su entorno” (Lc 2, 51), nos ayude a todos a crecer en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres, como su hijo Jesús.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella,
Obispo de Calahorra y La Calzada-LOgroño

Card. Juan Jose Omella
Acerca de Card. Juan Jose Omella 338 Articles
Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.