A todos los fieles cristianos de la Iglesia de Valladolid

mons_Ricardo_BlaquezMons. Ricardo Blázquez         El día 24 de mayo firmó el Papa la encíclica “Laudato sí” sobre El cuidado de la casa común; ha sido presentada el día 18 en Roma. Había sido intensamente esperada como mostró la inusual multitud de periodistas que estuvieron presentes en la presentación; y, con palabras de R. Tamames: “una vez más, el Papa no ha defraudado”. Trata sobre la ecología (vocablo acuñado por primera por E. Haeckel), es decir, la ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con su entorno, o literalmente el estudio sobre la “casa”, (oikos en griego), sobre nuestro hábitat, sobre la biosfera. Es la casa que Dios ha construido para la familia humana.

Las primeras palabras están tomadas del Cántico de las criaturas de San Francisco de Asís, nombre que eligió el card. Bergoglio cuando fue elegido Papa. Fue un nombre que comporta implicaciones en su ministerio papal. Las palabras son éstas: “Alabado seas, mi Señor”. A lo largo de la encíclica resuenan en diversas ocasiones palabras y actitudes de san Francisco como una especie de música de fondo bella e inspiradora. “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”. La admiración y alabanza a Dios, y el sentido del amor hacia los pobres y abandonados. Bajo la paternidad de Dios Creador todas las criaturas forman una fraternidad universal. En Francisco son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior (n. 10). Esta lectura es actual.

Es una gran encíclica y una encíclica grande, es decir, es una magnífica encíclica y una encíclica larga, “prolongada reflexión” (n. 246). Es un escrito de hondura en el tratamiento de los problemas y de belleza en su formulación. La ponderación que yo pueda hacer ahora es al mismo tiempo una encarecida invitación a su lectura. Merece la pena ser leída y releída incluso; y no sólo por deferencia a su autor el Papa, sino también por su contenido,  por la riqueza y sugerencias que en cada página encontramos. Es una encíclica importante; da que pensar, que admirar y que agradecer; llama a cambiar de actitud ante las cosas y la humanidad, y sorprende que incluya temas en su tratamiento que de entrada se podría pensar que no pertenecen a la cuestión. Ensancha el horizonte del lector para prestar atención a lo que quizá anteriormente le ha pasado inadvertido. La encíclica ofrece un excelente servicio a la Iglesia y a la humanidad.

Recuerda aportaciones de los Papas últimos sobre la cuestión ecológica, comenzando por Juan XXIII, pasando por Juan Pablo II y hasta el Papa emérito Benedicto XVI; acoge reflexiones del patriarca Bartolomé de Constantinopla e incorpora al discurso aserciones de Cartas Pastorales de Conferencias Episcopales; con particular predilección tiene en cuenta los puntos de vista acerca de El ocaso de la Edad Moderna del autor italiano-alemán sobre el cual comenzó el P. jesuita Mario Bergoglio a preparar su tesis doctoral. Le presta una ayuda importante a la hora de descubrir la raíz de la crisis ecológica. Por supuesto, tiene en cuenta los resultados de la investigación científica y de los Foros internacionales sobre el cambio climático, la contaminación, el calentamiento del planeta, la cuestión del agua, etc. La relación entre fe y ciencia, entre política, economía y ética, entre poder tecnológico y respeto del hombre, entre el dominio del hombre y el cuidado de la naturaleza, está cuidadosamente tratada; no hay invasión de campos ni abdicación de la propia responsabilidad.

Es una encíclica que entra en la serie que podemos caracterizar como sociales: Sobre la cuestión social después de la revolución industrial, la paz, el desarrollo humano, el trabajo, la familia, la educación, la defensa de la vida. La Iglesia ha estado atenta a las grandes realidades que afectan a la vida del hombre y al cumplimiento de su misión evangelizadora. Sus reflexiones han iluminado el camino de la humanidad por la historia. La ha movido el amor al hombre y la luz de la fe que muestra su capacidad reflexiva particularmente en las encrucijadas de la historia y en la toma de conciencia ante hechos y cuestiones que interpelan a todos.

La encíclica está muy bien estructurada. Después de unas páginas de introducción, expone suficientemente con la ayuda de expertos “lo que está pasando a nuestra casa”; nadie puede objetar que no se ha recogido con objetividad lo que ocurre. Es muy bello el capítulo dedicado al Evangelio de la creación que contiene una meditación que nos edifica en el sentido ecológico de la fe cristiana. El capítulo III, que indaga las raíces de la crisis ecológica merece una lectura sosegada y alguna preparación filosófico-cultural. Es muy rico el capítulo dedicado a una ecología integral, ya que llega hasta la vida cotidiana y a la relación intergeneracional e “intrageneracional”. Somos responsables también de las generaciones venideras y por supuesto de los que compartimos en el tiempo la casa común. El último capítulo está dedicado a la educación y a la espiritualidad. Ya que no basta la información sobre lo que pasa, ni el percibir los desafíos planteados, sino se debe actuar adecuadamente. La conversión ecológica (en el documento de la Conferencia de Aparecida se habló de conversión pastoral) significa que el encuentro con Jesucristo implica consecuencias en las relaciones con el mundo que nos rodea.

La encíclica tiene diversos niveles de lectura, porque los potenciales lectores son variados: Responsables de los Estados y de Organizaciones internacionales; políticos y economistas; científicos y filósofos; cristianos de a pié, educadores, familias; creyentes y hombres de buenas voluntad. Habla el Papa a todos con palabras pertinentes. Se lea la encíclica con respeto y atención; se argumente con razones; la acojamos los cristianos con obediencia y gratitud. Todos los hombres vean en ella las reflexiones de una persona amiga, sabia y responsable.

Pedimos a Dios con el Papa: “Sana nuestras vidas, para que seamos protectores del mundo y no depredadores, para que sembremos hermosura y no contaminación y destrucción” (n. 246).

+ Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
Acerca de Card. Ricardo Blázquez 82 Articles
Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)