Diez nuevos sacerdotes, como Cristo

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares        Dios actúa en medio de nosotros, su misericordia en favor nuestro se manifiesta inmensa con el don con que ha enriquecido a su Iglesia: la ordenación de diez nuevos sacerdotes.

Por medio de los sacerdotes, alter Christus, Cristo está, sacerdote y víctima, presente en nuestro mundo contemporáneo, vive entre nosotros y ofrece al Padre el sacrificio redentor por todos los hombres y los incorpora a su ofrenda al Padre y a su obra salvadora. Ante esta realidad extraordinaria permanecemos atónitos y aturdidos: ¡Con cuánta condescendencia humilde Dios ha querido unirse a los hombres! Si nos conmovemos contemplando la encarnación del Verbo, en que se despoja de su rango, y se rebaja obedeciendo hasta la muerte de cruz, ¿qué podemos sentir ante el altar, donde Cristo hace presente en el tiempo su Sacrificio mediante las pobres manos del sacerdote? No queda sino arrodillarse y adorar en silencio este gran misterio de la fe, no sólo de la Eucaristía, sino del sacerdocio que somos.

Nuestro ser sacerdotes es inseparable del sacrificio de Cristo y queda configurado por el sacrificio que Cristo ofrece al Padre en oblación por nuestros pecados y los de todos los hombres, para la redención y salvación de la humanidad y del mundo entero.

Toda nuestra vida de sacerdotes no debiera ser sino una prolongación del sacrificio eucarístico, de Cristo Sacerdote y víctima: nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, todo debiera expresar ese cumplir la voluntad del Padre y ese don inseparable de la Vida y del Amor en favor de los hombres que renueva la ofrenda de Cristo, su amor hasta el extremo a los hombres, a los que llama “suyos y sus amigos”.

El ministerio sacerdotal, que actualiza permanentemente el Sacrificio de Cristo, debería ser vivido con ese mismo espíritu de oblación, de entrega, de sacrificio personal.

La vida del sacerdote no puede ser otra que la de Cristo. No podemos contentarnos con una vida mediocre. Más aún, no cabe una vida sacerdotal mediocre. Nunca debería caber y menos en los momentos actuales en que es tan necesario mostrar la identidad de lo que somos y así dar razón de la esperanza que nos anima.

No podemos limitarnos a fundamentar la obligación de ser santos, sacerdotes santos, en la proximidad física de nuestro contacto con Cristo. Hemos de buscarlo mucho más arriba o, si se quiere, más en lo hondo: en la participación ontológica del mismo ser sacerdotal de Cristo, único, Sumo y Eterno Sacerdote. La visión de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y nuestro ser presencia sacramental de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote está en la base la santidad sacerdotal.

No podemos vivir nuestro sacerdocio, ni hablar del sacerdocio ministerial o sacramental, como de algo añadido a la propia existencia: al contrario, sino como algo que configura enteramente y que identifica la persona del sacerdote ontológicamente: somos por la imposición de manos, sacerdotes, otro Cristo, presencia sacramental de Cristo Sacerdote.

La dignidad sacerdotal, que es un ser con todas sus consecuencias de poderes ministeriales, también tiene sus exigencias sagradas, de santidad. No podemos ser contradicción ante Dios, ante la Iglesia y ante nuestra conciencia. Ser otros Cristos, ser como Él por nuestro ser sacerdotal nuestros poderes ministeriales –bautizo yo, bautiza Cristo; absuelvo yo, perdona Cristo– está exigiendo una santidad de altura cual corresponde a la dignidad. Por encima de los laicos, decía el viejo Código de Derecho Canónico.

“Hay que ser santos. Grandes santos. Pronto santos. Ser santos, porque Dios lo quiere. Grandes santos porque así lo exige la dignidad sacerdotal y cristiana. Y pronto santos, vosotros seminaristas, aspirantes al sacerdocio, porque debiendo serlo al ser sacerdotes, es poco el tiempo que os falta”, como decía el venerable José María García Lahiguera. “Si no soy santo, ¿para qué ser sacerdote? Y si ya soy sacerdote, ¿por qué no soy santo?”. “Ved vuestra vocación… Esta vocación os exige que seáis santos. Con menos no cumplís”. Con menos no podemos contentarnos. Este es el futuro. “Solución de todo: Cristo-Evangelio-Sacerdote-Santo. Este es el camino. Ésta es la solución”. Sin la santidad sacerdotal, todo se viene abajo.

“¡Ay de mí si no evangelizare!”. ¡Ay de mí si no soy santo!. Anverso y reverso de una misma realidad sacerdotal. O mejor aún, santidad que evangeliza, evangelización que es santidad. Una y otra inseparables. Por eso, en estos tiempos tan duros, santidad sacerdotal, más que nunca. No para hacer, sino para ser. Ser santo evangeliza, ser santo es vivir la misma vida de Cristo, primero y supremo evangelizador y evangelio.

Hermanos sacerdotes, os invito a que ¡volvamos a descubrir nuestro sacerdocio a la luz de la Eucaristía! Hagamos redescubrir este tesoro a nuestras comunidades en la celebración diaria de la Santa Misa y, en especial, en la más solemne de la asamblea dominical. Que crezca gracias a nuestro trabajo apostólico el amor a Cristo presente en la Eucaristía, el gran valor de la adoración eucarística; que hagamos, entre todos –cuento con vosotros– de Valencia una diócesis verdaderamente eucarística como la querían San Juan de Ribera, o el Beato cardenal Ciriaco Sancha, o el venerable D. José María García Lahiguera (que impulsemos la adoración perpetua, en las grandes ciudades al menos), porque así lo exige, además, el gran regalo de la inestimable reliquia del santo cáliz de la Última Cena. Así será una Iglesia de los pobres y para los pobres, henchida de caridad y misericordia para con los más necesitados, verdaderamente evangelizadora, testigo y artífice de unidad, de una nueva civilización del amor, de la paz y de la esperanza.

Como la Virgen María, Madre de Dios y Madre de los Desamparados, cantemos siempre nuestro Magnificat por la infinita misericordia que Dios ha desplegado sobre nosotros y en favor nuestro y, al mismo tiempo, pidamos su auxilio, para que Él, para quien nada le es imposible, nos ayude a mantener siempre vivo el don que ha puesto en nosotros, sacerdotes. Acudimos también a la poderosa intercesión de Santa María, siempre Virgen, y de los santos y santas valencianas a quienes invocamos para que ayuden a los nuevos sacerdotes en el ministerio de pastores que la Iglesia, os encomienda como ministros y dispensadores de sus misterios, en el que os aseguro por mi parte, mi agradecimiento, mi cercanía total y mi plegaria.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014