No se puede vivir sin ser perdonado y perdonar

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez      El Concilio Vaticano II conociendo la importancia y la necesidad del Sacramento de la Reconciliación dio un fuerte impulso a su revitalización con su reforma. El papa Francisco nos indica a los sacerdotes: “Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca del perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios” (Misericordiae Vultus, 16).

Una de las claves de la toma de conciencia del pueblo cristiano de los bienes de este sacramento es el compromiso y celo de los sacerdotes para catequizar, invitar a practicarlo, vivirlo y fomentarlo. Es la forma de revitalizar la Iglesia y las parroquias. El Ritual de la Penitencia invita a los sacerdotes a “estar siempre dispuestos a confesar a los fieles cuando éstos se lo pidan. La acogida ha de ser revelando el corazón del Padre a los hombres y reproduciendo la imagen de Cristo Pastor” (cf. RP 10).

El Sacramento de la Reconciliación es necesario para reconstruir las comunidades cristianas y la sociedad divididas por el pecado. Dice el Señor: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. (Lc 6, 36-37). Jesús nos enseñó a rezar en el padrenuestro: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Lc 11, 4). Sin perdón no se puede vivir. Si se van sumando los agravios que pensamos que nos hacen, se hace insoportable la convivencia entre las personas. Perdonar y no conservar memoria de las ofensas es una característica del cristiano que, gracias a Dios, tiene la capacidad de poner la otra mejilla. Después del  aprendizaje  pedagógico de los errores es necesario en todas las actividades de la vida “hacer borrón y cuenta nueva” para seguir progresando.

Perdonar y ser perdonados produce un gran consuelo y una paz del alma inigualable. Cuando después de la celebración del Sacramento de la Penitencia el sacerdote dice: Dios os ha perdonado, perdonaos también unos a otros, salimos con el alma nueva. A partir de ese momento todo se puede rehacer. ¡Cuántas situaciones dificilísimas de convivencia se han solucionado con la confesión! Tenemos una doctrina portentosa  del Señor para sanar los corazones heridos y destrozados: Perdonar hasta setenta veces siete; no presentar la ofrenda ante el altar si antes no te has reconciliado con tu hermano (cf Mt 5, 24).

Sólo quien ha tenido experiencia personal de haber sido objeto de la misericordia de Dios tiene capacidad para practicarla con los demás. Es una respuesta inmediata de correspondencia a la gracia y un acto de agradecimiento a Dios. Si te perdonaron mucho ¿por qué no vas a ser capaz de perdonar poco? (cf Mt 18, 23-35). Dice San Pablo: “Perdonaos los unos a los otros, como Dios os ha perdonado en Cristo” (Ef 4,31-32) Y repite a los Colosenses: “Como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros” (Col 3, 12-13). “Nada nos asemeja más a Dios que el estar siempre dispuestos a perdonar” (San Juan Crisóstomo, Homilía Sobre San Mateo, 61). El ejemplo más sublime lo tenemos en Jesús que en el trance supremo de su muerte injusta en la cruz suplica: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34-37).

Cuesta acoger a quien nos pide perdón y más aún perdonar, pero es muy saludable bajo el punto de vista espiritual, psicológico y también a veces físico. No hay terapia más liberadora que el perdón. Dice San Agustín que para que la conciencia esté plenamente tranquila “si ya has perdonado te falta pedir a Dios por tu hermano” (Sermón 211 sobre la concordia fraterna). El Sacramento de la Reconciliación es el origen de acontecimientos portentosos porque se recibe la capacidad de ir a pedir humildemente perdón y de recibir el perdón con gozo y entrañas misericordiosas. San Pablo sabía que para construir comunidades es necesario perdonarse “siempre que alguien diere a otro motivo de queja” (Col 3,12-14).

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).