“LA EUCARISTÍA, ANTÍDOTO FRENTE A LA INDIFERENCIA”

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella     Esta expresión resume, de alguna manera, el mensaje, hermoso y estimulador, que la Comisión Episcopal de Pastoral Social nos ha hecho llegar con ocasión de la fiesta del Corpus, Día de la caridad.

El breve texto de la presentación nos trae a la memoria la denuncia persistente que el Papa Francisco viene haciendo desde el inicio de su Pontificado en el sentido de que la indiferencia es radicalmente “uno de los grandes males de nuestro tiempo”. De ahí que el olvido de Dios nos lleve al olvido de los hermanos, males ambos tan arraigados en nuestra sociedad, y tan demoledores para la convivencia, que ya podemos hablar, y también son palabras del Papa, de “una globalización de la indiferencia”, globalización y generalización del mal.

¿Qué pretenden los obispos con este mensaje anual del Corpus? Queda muy claro en la introducción del mismo: “Contemplar, celebrar y adorar a Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía como el medio más eficaz para vencer y superar la indiferencia”.

La Eucaristía, el gran don de Dios a los hombres, el misterio y sacramento de nuestra fe, goza del poder divino de convertir los corazones, posibilitando el que el gran mal de la globalización de la indiferencia acabe en el gran bien de la globalización de la caridad. ¡Qué gran meta nos propone este año la festividad del Cuerpo de Cristo!

El título del primer apartado del mensaje episcopal no puede ser más ilustrador: “La Eucaristía, sacramento de comunión con Dios y los hermanos”. Y para sustentar esa misteriosa realidad, se nos trae a la memoria la descripción tan plástica que nos ofrece san Pablo acerca de la Iglesia – Cuerpo místico de Cristo – en la que “si un miembro sufre, todos sufren con él” . La Eucaristía que comulgamos nos permite crecer como miembros de ese Cuerpo maravilloso, así como liberarnos de nuestra soberbia y de nuestros egoísmos pequeños o grandes, pero siempre proclives a la indiferencia con los que tenemos a nuestro lado, porque no los vemos como hijos de Dios, o como reflejos e imágenes de Dios mismo. La sagrada Comunión nos ensancha y nos hace grande el corazón de forma que en él caben todos nuestros hermanos, sobre todos los marginados, los necesitados, los que vienen de lejos, en suma, “los que no son como nosotros”. Resumo brevemente las situaciones personales ante las que de ningún modo podemos ser indiferentes y ante las que la Sagrada Comunión hará el papel de sanación:

– Ante la muerte violenta de miles de cristianos, cercanía y afecto.

– Ante tantos hombres y mujeres que, pese a todo, viven honestamente, son justos y atienden las necesidades de los pobres.
– Ante los millones de hermanos/as que no tienen trabajo, han perdido su dignidad y se ven forzados a emigrar.

– Tampoco podemos vivir indiferentes para con los que no tienen, o han perdido, la vivienda. Un mal que ha llevado y lleva a muchos a la desesperación, con hijos de por medio.

– ¿Y qué decir del hambre, ese terrible jinete del Apocalipsis, cuando sabemos todos que la humanidad dispone de medios y recursos suficientes?

– Clama al cielo nuestra indiferencia ante la muerte, cada vez más frecuente y repetida, en la misma orilla de nuestras fronteras. Los vemos morir en la televisión y enseguida volvemos a nuestras cosas.

– Y los miles de personas que aquí mismo, en España, son objeto de mercadeo y de trata, en un contexto de verdadera esclavitud. Nos sensibilizamos por unos breves momentos y enseguida cada uno de nosotros “va a lo suyo”.

Termino con la recomendación que nos hace el mensaje, y que como fruta madura cae por su peso en forma de revisión, de enmienda y de propósito: “La clave para salir de la indiferencia está en entregarse a los demás como hace Jesús. Él sigue partiendo su Cuerpo y derramando su Sangre en la Eucaristía para que nadie pese hambre ni tenga sed”,

Con mi afecto y mi bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.