PENTECOSTÉS EN FAMILIA

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano         El acontecimiento de Pentecostés, cuando el fuego del amor de Dios descendió sobre los Apóstoles reunidos junto a Santa María, la Madre de Jesús, hizo posible, en el comienzo de la Iglesia, que se realizase el mandato que Jesús había dado a sus discípulos al ascender al cielo: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”. (Mt 28, 19-20).

Esa fuerza evangelizadora, que compete a todos los bautizados, toma una especial configuración en el seno de la familia cristiana, fundada con el sacramento del matrimonio. Es lo que se nos recuerda este año en el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, promovido por la Iglesia en España, cuyo lema en esta ocasión es: “familia cristiana, apóstoles en el mundo”.

El sacramento del matrimonio da comienzo a un apostolado especial, que hace partícipe a la familia de la misma misión de Cristo. Los cónyuges, y toda la familia, asumen la responsabilidad que les viene conferida por su pertenencia a la Iglesia a través del bautismo y concretada de una forma especial por la gracia sacramental del matrimonio. Caer en la cuenta de esto es fundamental para asumir la misión eclesial de la familia. Esta debe asociarse a la acción de la Iglesia, por ser parte de la Iglesia; debe hacerlo de una forma especial, conforme el sacramento recibido y en las circunstancias que la vida familiar le ofrece. La familia cristiana, reunida por el Señor a través del sacramento del matrimonio, es una verdadera «iglesia doméstica», una imagen viva y una representación histórica del misterio mismo de la Iglesia. La familia se convierte en sujeto activo de Evangelización, no por un encargo recibido o una delegación, sino por la vida misma de las familias. Se constituye en vida de la Iglesia misma y por ello, construyéndose como familia cristiana, realiza en la historia la misión sacerdotal, profética y real conferida por Cristo y la Iglesia.

Esta gozosa novedad debe ser presentada a nuestras familias. La familia debe tomar conciencia de su misión en la Iglesia. Esto conlleva alumbrar un cambio que permita a nuestras familias trasformar la pasividad en protagonismo, animándoles a asumir su misión evangelizadora en nuestra diócesis y en nuestras parroquias.

Cuando se acoge este reto, se descubre a su vez que tiene que ser desarrollado en una doble tarea: por un lado hay que acompañar a la familia para que se descubra ella misma conforme lo que es. “Familia se tu misma” diría San Juan Pablo II en primer encuentro Mundial de las Familias de Roma en 1994. Descúbrete como una comunidad creyente y evangelizadora; descúbrete como una comunidad en diálogo con Dios; descúbrete como una comunidad de servicio a la persona. Se trata de poder definir un mensaje ilusionante a tantas familias que de distintos modos se acercan a nosotros, para que se descubran plenamente. Toda la comunidad eclesial debe alentar a las familias a descubrir el plan que Dios ha establecido para ellas y ayudarles a conseguir que se convierta en realidad. Uno de nuestros problemas pastorales es que muchas veces las familias vienen acompañando a sus hijos, niños o jóvenes, nos informan de sus enfermos o nos presentan sus sufrimientos y carencias y no tenemos claro que mensaje trasmitirles. Digámosle: “Se lo que eres”.

Por otro lado, esta propuesta se convierte en tarea para la familia, pero también para la comunidad diocesana y para la parroquia, que deben acompañarla en ese descubrimiento. Eso debe llevarnos a renovar nuestro trabajo pastoral haciéndonos creativos y audaces a la hora de diseñar nuestras propuestas pastorales, engendrando nuevas tareas y modos de actuar.

Queridas familias cristianas, que el descubrimiento de vuestra misión eclesial ilumine a otras muchas familias que encontréis en vuestro camino, y que nuestras parroquias se conviertan en lugares privilegiados para ayudaros a descubrir esta formidable tarea.

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.