Espíritu también en política

agusti_cortesMons. Agustí Cortés Soriano         Nuestro sueño es ver el Espíritu Santo también en el ámbito de la política.

La circunstancia de una convocatoria de elecciones reaviva en nosotros las cuestiones relativas a nuestra condición de ciudadanos, que han de cumplir sus deberes cívicos manteniéndonos fieles a su conciencia. Al mismo tiempo nos hace pensar en el problema de la Iglesia como tal y la política, o en el interrogante sobre la relevancia de la fe y la moral cristiana en el campo del ejercicio del poder y la organización social…

Cuestiones que podrían tener una respuesta clara, hasta cierto punto, si nos mantuviéramos en el ámbito de los principios. Pero que son cada vez más complejas a medida que descendemos a lo concreto.

Partimos del supuesto de que con el Evangelio en la mano nadie podrá decir que es moralmente obligatorio votar a un partido determinado (salvo en circunstancias muy excepcionales). En principio, dentro de la moral cristiana caben diversas opciones políticas, aunque no todas las que se ofrecen son aceptables. La moral evangélica en lo social marca un cauce, unos lindes, como son la defensa y promoción de la dignidad de toda persona humana con sus derechos fundamentales, el respeto a su libertad individual y colectiva, el principio de subsidiaridad, la propiedad y el destino universal de los bienes, etc. Dentro de ese cauce caben diversas opciones políticas, que acentúan un valor u otro, según la propia escala de valores y el juicio que cada una hace de la realidad y de las respuestas convenientes y posibles.

Pero la complejidad de una respuesta concreta frente a las elecciones convocadas actualmente, se ve acrecentada a causa del panorama que presentan hoy las ofertas políticas. Además de conocer y valorar los programas de las distintas opciones, la situación actual nos exige, más que nunca, “fiarnos” de unos políticos u otros.

Fiarnos”, en primer lugar, de la política. Es decir, creer en la política como tal. Saber que es necesaria y que es posible ejercerla con acierto y según unos principios morales, que creemos inalienables. Creer que es posible una política justa, honrada y democrática. Creer que es posible un ejercicio del poder en nombre del pueblo, orientado exclusivamente a servir al bien común.

Fiarnos de los políticos, como quien se fía del médico, del juez, del técnico que arregla un electrodoméstico o del abogado. Éste es un problema añadido, porque el político, para merecer la confianza, ha de acreditarse a nuestros ojos. Hoy más que nunca ha de contar la persona misma del político.

Pero, ¿cómo se acredita un político ante el pueblo que le ha de votar? Mediante sus palabras y la imagen que da. Pero en estos tiempos la demagogia y la construcción artificiosa de la imagen pública son muy fáciles. Será mejor fijarse en los hechos, en sus obras y su trayectoria personal. Y en esto no convendrá abusar de la distinción entre “lo privado y lo público”…

No nos avergüenza pedir maximalismos. Quisiéramos políticos virtuosos. El sueño de un cristiano es ver que el Espíritu Santo inspira y acompaña a los políticos. Creemos que el Espíritu Santo busca inteligencias, sensibilidades y voluntades, que, desplegando uno de los servicios más hermosos que uno puede hacer a los hermanos, nos ayuden a construir la ciudad.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.