La penitencia en el Concilio Vaticano II

Mons. Francisco PérezMons. Francisco Pérez       El Concilio Vaticano II manifestó la determinación de renovar el “Sacramento de la Reconciliación” y dijo: “Revísense el rito y las fórmulas de la penitencia, de manera que expresen más claramente la naturaleza y el efecto del sacramento” (Concilio Vaticano II, SC 72). El Ritual, nacido del Concilio (1973) aprobado por el beato Pablo VI, recoge los términos de la reforma conciliar y sobre todo el espíritu que la anima. En el año 1984 hubo un Sínodo Ordinario de los Obispos sobre el “Sacramento de la Reconciliación”. Las conclusiones las recogió San Juan Pablo II en la Exhortación: “Reconciliación y penitencia”. Este título ya manifiesta la nueva terminología que le dio el Concilio al llamarle “Sacramento de la Reconciliación”. Se trata de revitalizarlo ya que es esencial en la vida cristiana.

Los cambios que ha habido a lo largo de la historia son antecedentes que manifiestan la necesidad de adaptarlo a las exigencias culturales y antropológicas en las que se desarrolla la vida cristiana. Así el Concilio culmina, con fidelidad y madurez, las reflexiones de los siglos; desde la enseñanza de Jesús, la tradición de los apóstoles y padres de la Iglesia y las resoluciones de los diversos concilios, hasta nuestros días.

La reforma se basa en unos principios clave. Ante todo el pecado es ofensa a Dios y a la comunidad eclesial (Concilio Vaticano II, LG 11). Hay que situarlo en la estructura de la Iglesia teniendo en cuenta la dimensión comunitaria del pecado. El Concilio al hablar de “reconciliación” pone el acento en el encuentro y la comunicación para unir lo que estaba separado, para restaurar la amistad y la paz en relación a Dios, a los demás, a la Iglesia, consigo mismo, con la creación entera. Se proponen además, en la reforma, celebraciones penitenciales que preparan la celebración sacramental personal, ayudan a la conversión y promueven la virtud de la penitencia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos presenta la forma de confesarnos. “La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia (…) Y esto se establece así por razones profundas. Cristo actúa en cada uno de los sacramentos. Se dirige personalmente a cada uno de los pecadores (…) es el médico que se dirige sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él para curarlos (…) Por tanto la confesión personal es la forma más significativa de la reconciliación con Dios y con la Iglesia” (cf  CEC, nº 1484).

El “Sacramento de la Reconciliación” puede también celebrarse en el marco de una celebración comunitaria, en la que los penitentes se preparan a la confesión individual –manifestando sus pecados-. Posteriormente, juntos dan gracias a Dios por el perdón recibido (cf CEC, nº 1482). En caso de necesidad grave se puede recurrir a la celebración comunitaria de la reconciliación con confesión general y absolución general. Semejante necesidad grave puede presentarse cuando hay un peligro inminente de muerte sin que el sacerdote o los sacerdotes tengan tiempo suficiente para oír la confesión de cada penitente (…). Una concurrencia de fieles con ocasión de grandes fiestas o de peregrinaciones no constituyen por su naturaleza ocasión de la referida necesidad grave. Y si en algún caso se dieran condiciones para la absolución general es el obispo diocesano quien juzgará si existen dichas condiciones (cf  CEC, nº 1483). Por lo tanto ningún sacerdote puede, por criterios propios o por propia decisión, celebrar el sacramento del perdón con esta fórmula de absolución general; estaría celebrando un fraude. Es como si un médico recetara la medicina a los enfermos en masa y sin ver la enfermedad de cada uno.

Lo más importante de la reforma se refiere a la espiritualidad y la práctica de este sacramento. El perdón que Dios nos da en su infinita misericordia es una gracia, un regalo. Esta misericordia nace constantemente del corazón de Cristo crucificado y resucitado que nos reconcilia con Dios y con los hermanos y nos llena de paz. El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos. El papa Francisco insiste en que Dios no se cansa de darnos siempre su misericordia, somos nosotros quienes nos cansamos de pedirla. Al recibirla se nos quita un peso “con aquella paz del alma tan bella que sólo Jesús puede dar” (Audiencia semanal, 19 de Marzo 2014).

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).