La Ascensión del Señor

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora          A una semana de las Elecciones Municipales y Autonómicas es normal que andemos todos metidos en el día a día de las noticias buscando motivos para elegir lo que más nos atrae, o menos me disgusta, de este o aquel partido o lista electoral. En esta coyuntura irrumpe en nuestro calendario litúrgico la Solemnidad de la Ascensión. Hoy celebramos, por tanto, el acontecimiento de nuestra fe por el que Jesucristo introduce la naturaleza humana en el seno del mismo Dios, como confesamos en el Credo: «Esta sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso».

En medio de tantos cienos como han salido a la superficie de esta charca fangosa en la que convertimos nuestra sociedad con demasiada frecuencia y en la que todos estamos inmersos, es un grito de esperanza y de optimismo saber que, por ser humanos estamos llamados y destinados a la más alta perfección que nadie podía soñar. Desde el Bautismo está a nuestro alcance, siguiendo el Camino, la Verdad y la Vida que es Jesucristo, llegar al seno de la Santísima Trinidad.

Y a la vez, en esta Solemnidad de la Ascensión sentimos el mandato de los ángeles a los Apóstoles embobados, mirando subir al Cielo a Jesús. «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo». Aquí la Iglesia siente el mandato de seguir el camino de la encarnación de Jesucristo y, como pone Cervantes en boca del Quijote cuando atisba Puerto Lápice: «Aquí dijo, en viéndole don Quijote, podemos, hermano Sancho Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras». O mejor, siguiendo el texto paralelo del Evangelio de San Mateo: «Jesús les dijo: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”».
La presencia de Jesucristo no se puede limitar a una especie de lugar acotado por nuestras medidas de espacio y tiempo, porque con su resurrección ha vencido el poder de la muerte que limita el espacio y el tiempo del ser humano. Hoy nos dice que hay que vivir su presencia en medio de la Historia humana. Palabra, Sacramentos y Mandato del Amor: «guardar todo lo que os he mandado».

Ser responsables de su presencia es: «meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras». «Una auténtica fe, nos dice el Papa, —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien “el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política”, la Iglesia “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”». Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el ámbito práctico» (EG 183).

Deseamos que todos, cristianos y no cristianos, participemos consciente, libre y voluntariamente en las tareas que el momento social requiere con un absoluto respeto a la pluralidad de opciones político-sociales. Para los católicos es una cuestión que se inscribe en un acto de fe, de llevar adelante la presencia de Cristo Jesús, el hombre nuevo.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
Acerca de Mons. Antonio Algora 193 Articles
D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.