“YO SOY EL PAN DE VIDA”

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella      Mes de mayo. Mes de María. Y mes de las primeras Comuniones. Llevo ya unos años mandando una carta a los niños y niñas que reciben por primera vez a Jesús sacramentado. Y confieso que lo hago con una gran ilusión, siquiera para estar a la altura de esos chavales que, con su candor e ingenuidad, viven y cuentan los días que faltan para ese gran día, ansiosos y anhelantes.

Hoy pretendo ofrecer alguna sugerencia a familiares y amigos, y a los fieles en general, que asistan a alguna de las múltiples ceremonias de primera Comunión, que tendrán lugar en nuestros templos, a lo largo y ancho de nuestra geografía diocesana.

Siempre será útil el recordar algunas precisiones que nos ayuden a vivir la ceremonia con plena lucidez; en el fondo se trata de que vivamos la ceremonia con sentido cristiano, con sentido eclesial y … con sentido común.

Los niños van a vivir un día que para ellos es muy especial, y no sólo por el lógico protagonismo que han de ocupar, protagonismo que a los padres llena de orgullo y de alegría: será especial porque van a recibir sacramentalmente el Cuerpo de Cristo bajo la forma sencilla y humilde del pan. La primera Comunión es la recepción por primera vez del Cuerpo de Cristo, el mismo cuerpo que fue engendrado y dado a luz por la Virgen María y el mismo cuerpo que murió por nosotros en la cruz y resucitó al tercer día. Esta es la realidad grandiosa de lo que va a suceder el día de la primera Comunión de nuestros hijos.

A lo largo de dos años los chavales se han venido preparando para este momento de sus vidas tan grande y tan santo. Y a fe que los catequistas lo hacen muy bien y con cariño. Los padres, por vuestra parte, os habéis volcado en todo lo exterior de forma que a los chiquillos les entre por los ojos la grandeza de lo que van a recibir en el altar.

¿Qué frutos producirá la Comunión en estos niños?

Ante todo acrecentará su unión con Cristo, ya que el Señor estableció que “quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

Además, al igual que el alimento corporal nos fortalece, da vigor y conserva nuestra vida, la Comunión del Cuerpo de Cristo fortalece, da vigor y conserva la vida de gracia que los niños recibieron en el Bautismo, primer paso de la iniciación cristiana.

Y un tercer fruto de la Comunión hace referencia a nuestra pertenencia a la iglesia. Si la Eucaristía une a Cristo, Cristo nos une a todos en un solo cuerpo que es la Iglesia. La Comunión, como dice el Catecismo, “renueva, fortifica y profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada por el Bautismo” (CEC, n. 1396).

Finalmente, y no quiero pasar por alto de ello, la Eucaristía supone y exige un compromiso a favor de los pobres. Para recibir de verdad y en serio el Cuerpo de Cristo, entregado por nosotros, hemos de reconocerlo en los más pobres. Dice un antiguo Padre de la Iglesia que “has gustado el Cuerpo del Señor y no reconoces a tu hermano, deshonras la mesa del altar” (de una homilía de san Juan Crisóstomo). En mi carta a los niños, y para iniciarlos en lo que es y supone pensar en los demás, les sugería una forma muy concreta de compartir con los necesitados de un país africano, pobre entre los más pobres.

Quiero terminar mi escrito sobre la primera Comunión volviendo con cariño la mirada hacia los padres y madres, a los que recuerdo que son los primeros y gozosos educadores en la fe de sus hijos. Sois imprescindibles en algo tan grandioso como es su condición de hijos de Dios. Ayudadles a verse así, a actuar así: ¡como hijos de Dios! Pedid ayuda en la parroquia – con sencillez y con ilusión – y haréis de vuestros hijos unos excelentes ciudadanos, buenos hijos vuestros y buenos hijos de Dios. Nada, os lo aseguro, os hará más felices.

Os animo a que este día de la primera Comunión de vuestros hijos sea para cada uno de vosotros un revulsivo estimulador: que vuestros hijos, al miraros a la cara, vean el rostro de Dios, lleno de cariño y de ternura, que es lo que sentís por cada uno de ellos. No dejéis de enseñarles a rezar y de hacerlo cada día con ellos. Que Dios os bendiga por todo lo que hacéis por ellos.

Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.