Buenos sacerdotes y mejor formados

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora     Aunque nada se puede anteponer a la solemnidad que es este Domingo VI de Pascua, hoy recordamos en la diócesis a nuestro paisano de Almodóvar del Campo y Doctor de la Iglesia San Juan de Ávila. Con este motivo mañana nos reuniremos todos los sacerdotes de la diócesis para celebrar a nuestro Santo Patrono, y así dar gracias a Dios por haber sido llamados a servir a la Iglesia como sacerdotes de Jesucristo y, muy especialmente, por los 50 y 25 años de ministerio de nuestros hermanos que cumplen sus bodas de oro y plata.

De la mano de Santa Teresa, que supo pedir consejo a San Juan de Ávila, me he fijado en la más alta estima que tenía la Santa a los sacerdotes: «Entendí bien cuán más obligados están los sacerdotes a ser buenos que otros, y cuán recia cosa es tomar este Santísimo Sacramento indignamente» (Vida 38,23); y cómo describe ella a los confesores que tanto le ayudaron en su Camino de Perfección: «Estaba una persona de la iglesia, que residía en aquel lugar adonde me fui a curar, de harto buena calidad y entendimiento. Tenía letras, aunque no muchas. Yo comencéme a confesar con él, que siempre fui amiga de letras, aunque gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados, porque no los tenía de tan buenas letras como quisiera. He visto por experiencia que es mejor, siendo virtuosos y de santas costumbres, no tener ningunas; porque ni ellos se fían de sí sin preguntar a quien las tenga buenas, ni yo me fiara. Y buen letrado nunca me engañó» (Vida 5,2).

Como monja de clausura se fija en el sacerdote casi únicamente como confesor y director espiritual, destacando así la importancia del ministerio sacerdotal en el acompañamiento de las personas en su camino hacia Dios. En tiempos de especial dificultad para la extensión del Evangelio y para vivir la fe en el acontecer de cada día, podemos apreciar menos, tanto los fieles como los sacerdotes, el crecimiento en el camino de perfección. Sirva pues este Año Jubilar de santa Teresa para sentir una fuerte llamada a pedir y confiarnos a la compañía sacerdotal y a ser, los sacerdotes, buenos acompañantes de nuestros hermanos.

El papa Francisco culmina esta llamada en su Bula de convocatoria para el Año de la Misericordia. Sintamos todos este apremio del Espíritu Santo: «Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia». (MV 17).

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.