Diez años sinodales y misioneros, por el obispo de Plasencia

Plasencia Rodriguez Magro AmadeoMons. Amadeo Rodríguez      Queridos diocesanos: Ya han pasado diez años desde que juntos finalizamos una preciosa y única experiencia de Iglesia. Como ya he dicho en otras ocasiones, a mí el X Sínodo Diocesano me introdujo de lleno en la vida de la diócesis, a la que acababa de empezar para ser vuestro obispo. Al entrar con gran ilusión en el ritmo de aquel acontecimiento, que aún estaba en una de sus fases iniciales, pude conocer en su “salsa sinodal”, que es lo mismo que “salsa eclesial”, a los sacerdotes, a los religiosos y a muchísimos y muy valiosos laicos cristianos. No hay ninguna experiencia en la vida de las Iglesias diocesanas que las defina mejor y que las marque pastoralmente por un largo periodo de tiempo que un sínodo. Este caminar juntos con una actitud común de amor a Cristo y a la Iglesia y con un deseo en el corazón que orienta la vida de todos los diocesanos, como es la búsqueda de nuevos caminos para el anuncio del Evangelio, orienta para muchos años la vida de las Iglesias locales.

En la nuestra ha sido así. Todo lo que ha venido tras el sínodo ha sido inspirado y fomentado por las conclusiones sinodales. Mis colaboradores más inmediatos en la curia diocesana, los consejos y las instituciones básicas de la diócesis, especialmente los arciprestazgos y las parroquias, y yo mismo nos hemos inspirado desde hace diez años en todo lo que bajo la acción del Espíritu Santo se convirtió en ruta para nuestro caminar espiritual y pastoral aquí, en el territorio y en la cultura de la rica y plural Diócesis Plasencia. Le damos, pues, gracias al Señor por la feliz y audaz idea de mi predecesor de proponer lo que en general sería muy bien acogido por la comunidad diocesana: hacer todos un camino de lectura de los signos de los tiempos para, a la luz de la riqueza magisterial de la Iglesia conciliar y posconciliar, encontrar nuevos caminos para el anuncio de Jesucristo en un tiempo que, además, de haberse abierto a un nuevo siglo y milenio, estaba también abriéndose a retos muy complejos y a posibilidades no fáciles, pero sí apasionantes.

Siempre será difícil concretar lo que el Sínodo nos dejó, aunque ya en otros escritos hemos hecho un ejercicio de concreción; pero estoy convencido de que a cuantos se dejaron seducir por la novedad del Espíritu se les cambió la mirada y el corazón. Ese cambio es el que nos ha permitido habitar pastoralmente en esta diócesis a lo largo de estos diez años. Seguramente ninguna de las iniciativas que han surgido entre nosotros, especialmente en nuestros Planes Pastorales postsinodales, hubiera sido posible sin el impulso creativo que todos juntos le dimos a nuestra vida eclesial, tras habernos dejado guiar y acompañar por el Espíritu del Señor.

De un modo especial el Sínodo nos ha hecho desembocar en la Misión Diocesana Evangelizadora. El clima sinodal nos preparó para acciones que tuvieran el impulso de todos, para hacer una pastoral de comunión. El sínodo nos pidió crear y programar, pero también nos enseñó a hacer juntos las cosas. Sólo por ese aprendizaje ha sido posible este maravilloso milagro que siempre es la siembra y el riego de una misión entre todos. Este está siendo el fruto del sínodo en este momento, en el de su décimo aniversario: “cada parroquia una misión, cada cristiano un misionero”. La invitación ha sido para todos y todos, cada uno en la medida de sus posibilidades, han dado lo mejor de sí mismo, aunque en algunos casos sólo haya consistido en la confesión de dificultades y miedos y en la aceptación de cierta impotencia. Pero todo lo hemos hecho, como fruto de nuestra conciencia misionera. Entendíamos que lo mucho o lo poco era lo que el Señor nos estaba pidiendo.

Por eso, no hay mejor modo de celebrar nuestro sínodo diocesano que ofreciendo al Señor el fruto de nuestro trabajo, de nuestra ilusión, de nuestra creatividad, de nuestra pasión por el Reino de Dios, de nuestro amor a los hermanos en todas sus necesidades. La misión es nuestra ofrenda, esa que ponemos en manos de Aquel que le da el incremento. Es verdad que los frutos mejores de lo que estamos haciendo quizás de momento sean desconocidos para nosotros, pero nuestra confianza en la Palabra del Señor nos dice que su amor siempre llega en fecundidad y gracia para el mundo al que servimos.

Eso no significa que no vayamos a celebrar el X Aniversario de un modo especial. Ahora, sin embargo, no toca. No conviene que nada nos distraiga en este tiempo de remates de la Misión Diocesana. Tiempo habrá para que, una vez más junto a la Virgen, que nos está acompañando como lo hizo en la Iglesia de los primeros tiempos, alabemos juntos al Señor y le demos gracias porque nos ha marcado un camino por el que hemos de transitar todos como discípulos misioneros. Ahora lo que nos toca es continuar descubriendo, por estas rutas complejas y difíciles de la misión, que lo que para nosotros es fuente de vida lo necesitan también aquellos con los que nos encontramos y vivimos. Anunciar a Jesucristo, que sigue siendo el esperado para muchos corazones, es nuestro gozo y nuestra responsabilidad en este momento.

Feliz Aniversario Sinodal, Feliz final de la Misión en estos días pascuales.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.