Comulgar en la iniciación cristiana

braulioarztoledoMons. Braulio Rodríguez         Recibir a Cristo sacramentado en la Eucaristía es algo grande, es alegría que sólo los de casa conocemos en profundidad y nunca llegamos hasta el fondo de ella, porque es el amor de Jesús hecho pan y vino, alimento sustancial. Y es lógico que en la comunidad cristiana y en las iglesias domésticas, que son cada familia, se le dé importancia y se prepare con primor. Entiendo la ilusión de tantos padres y madres porque sus hijos van a hacer la Primera Comunión en este tiempo pascual. Pero hay mucho despiste en ocasiones en torno a este último sacramento de Iniciación cristiana, el único que se recibe muchas veces, porque es alimento y cercanía con quien más nos quiere: el Hijo de Dios resucitado, amigo para siempre.

¿Cómo acertar para llegar al corazón de los padres y familiares y orientar hacia lo realmente importante en este sacramento de Iniciación? No estoy pensando en que los niños de 8/9 años sepan todo, no se despisten o no se pongan nerviosos en la celebración. Me interesa más que el niño o la niña sepan por qué necesitan ese sacramento de Iniciación, pues les introduce en el domingo y en la celebración cada domingo de la Santa Misa. Y eso es muy difícil sin que los padres valoren lo que significa reunirse con los demás cristianos el sábado tarde o el domingo para celebrar la Eucaristía. Aquí el ejemplo de los padres es absolutamente vital y poco adelantamos con que se quede todo en una fiesta por muy bien preparada que salga, si al domingo siguiente los padres no van a Misa con sus hijos. ¿Por qué ese deseo, pues, de que los hijos celebren la Primera Comunión? El deseo es bueno, pero no basta, si no superamos la barrera de una fiesta religioso-social, que no afecte a la vida del niño y de su familia.

Lo que yo veo en la Tradición genuina cristiana es que “Sólo pueden participar de la Eucaristía los que admiten como verdadera nuestras enseñanzas, han sido lavados en el baño de regeneración (el Bautismo) y del perdón de los pecados y viven como Cristo nos enseñó” (San Justino, siglo II). La razón es muy clara: el pan y la bebida que tomamos en la Misa no los recibimos como pan y bebida corrientes, sino que así como Jesucristo, nuestro Salvador, se encarnó por la acción del Verbo de Dios y tuvo carne y sangre por nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que aquel alimento sobre el cual se ha pronunciado la acción de gracias es la carne y la sangre de Jesús, el Hijo de Dios encarnado. Es lo que dijo Cristo: Haced esto en memoria mía; éste es mi cuerpo; ésta es mi sangre.

Por eso, “…el día llamado del sol, nos reunimos en un mismo lugar, tanto los que habitamos en las ciudades como en los campos, y se leen los comentarios de los apóstoles y los escritos de los profetas, en la medida que el tiempo lo permite. Después, cuando ha acabado el lector, el que preside exhorta y amonesta con sus palabras a la imitación de tan preclaros ejemplos. Luego nos ponemos en pie y elevamos nuestras preces; y, como ya hemos dicho, cuando hemos terminado las preces, se trae pan, vino y agua; entonces el que preside eleva, fervientemente, oraciones y acciones de gracias, y el pueblo aclama: Amén. Seguidamente tiene lugar la distribución y comunicación, a cada uno de los presentes, de los dones sobre los cuales se ha pronunciado la acción de gracias, y los diáconos los llevan a los ausentes” (San Justino).

Así de sencillo es participar los cristianos en la Eucaristía en el “día del sol”, esto es, el domingo; los niños bautizados, que ya pueden entender lo que es la Eucaristía en su nivel de conocimiento, y se han acostumbrados a asistir a la Misa del domingo, comulgan por primera vez y ese día hacemos más fiesta. Nada más y nada menos. Todo menos jugar con los niños, como si sólo fuera la primera comunión un día, y no un comenzar esa comunión cada domingo. Desde aquí, por eso, felicito a los padres, a los niños, a sus catequistas, a sus sacerdotes que en este tiempo asistirán a ese día especial de la Primera Comunión, pero que es, en realidad, iniciarse al domingo y a la Eucaristía comulgando.

X Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.