SAN JOSÉ OBRERO

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano         El mes de Mayo, mes de María, comienza con la celebración de la fiesta de San José Obrero. Es también la fiesta del trabajo. Sabemos que esta fiesta nació como exaltación del trabajo y en recuerdo de los trabajadores asesinados en Chicago en el año 1886, por reivindicar ocho horas, no más, de trabajo diarias. Fue en 1955 cuando la Iglesia, por medio del Papa Pío XII, instituyó el primero de Mayo como fiesta cristiana, en honor de San José Obrero, para, además de orar por todos los trabajadores y sus familias, dar a conocer su rica doctrina social sobre el trabajo y dignidad del trabajador, exhortándonos también a nuestra santificación personal mediante el mismo. San José no sólo se entregó al trabajo artesanal en Nazaret y Egipto para así sacar adelante a su familia, sino que también, por medio de esta entrega, fue santificándose acogiendo día a día el proyecto de Dios sobre su persona: cuidar a María y a Jesús, creciendo en su fe desde su convivencia en familia.

Siguiendo la estela de San José, el cristiano tiene la misión, desde su situación laboral, de vivir y mostrar ante los demás su vocación de ser portador de la Buena Noticia del Evangelio. Se trata de tomar conciencia de que toda persona esta llamada, en los planes de Dios, a desempeñar un trabajo y a realizarlo conforme a su dignidad. La dignidad del trabajo y de los trabajadores no es una cuestión menor. Así lo recordaba el Papa Francisco el pasado 25 de Noviembre en su visita al Parlamento Europeo: “el ámbito en el que florecen los talentos de la persona humana es el trabajo. Es hora de favorecer las políticas de empleo, pero es necesario sobre todo volver a dar dignidad al trabajo, garantizando también las condiciones adecuadas para su desarrollo”. Conseguirlo supone un esfuerzo real: “Esto implica, por un lado, buscar nuevos modos para conjugar la flexibilidad del mercado con la necesaria estabilidad y seguridad de las perspectivas laborales, indispensables para el desarrollo humano de los trabajadores; por otro lado, significa favorecer un adecuado contexto social, que no apunte a la explotación de las personas, sino a garantizar, a través del trabajo, la posibilidad de construir una familia y de educar los hijos”. Esta tarea incluirá en más de una ocasión, la denuncia de injusticias y carencias en el mundo del trabajo.

Una de las cuestiones que exige nuestra atención es el drama del paro. En nuestro país las cifras siguen siendo preocupantes, pues tras los números hay rostros personales que no deben dejarnos indiferentes. Son millones de historias humanas afectadas por la insuficiencia o, incluso, carencia total de medios para satisfacer las necesidades más básicas de la vida diaria personal y familiar, que reclaman nuestra cercanía afectiva y nuestra solidaridad. Son proyectos de vida instalados de forma imprevista y obligada en la inseguridad, en la falta de reconocimiento social, en la dependencia económica y en una relativa exclusión social, con el grave peligro de sentirse frustrados en su autoestima y defraudados en sus esperanzas. La Doctrina Social de la Iglesia enseña que una sociedad donde las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles aceptables de ocupación no puede conseguir su legitimación ética ni la justa paz social. El desempleo es una verdadera calamidad social, sobre todo en relación con las generaciones jóvenes. Por ello, es deber del Estado promover políticas que activen el empleo. La tarea fundamental del Estado es definir un marco jurídico apto para el desarrollo de la actividad económica, respetando el principio de subsidiaridad y la libertad de iniciativa económica; debe también inspirarse en el principio de solidaridad y establecer los límites a la autonomía de las partes para defender a la más débil.

Y en las actuales circunstancias, también cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad moral de ayudar generosamente, según nuestras posibilidades. De esta manera el drama del desempleo se convertirá en ocasión de crecimiento en humanidad y de auténtico progreso social en la verdad de la caridad.

En este mes de Mayo que vamos a estrenar, ponemos a todos los parados ante el Señor y pedimos a San José Obrero que interceda por ellos y sus familias.

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.