¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!

Mons. Antonio AlgoraMons. Antonio Algora    Ser Iglesia es ser Pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre. Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad. Quiere decir anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino. La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Un pueblo con muchos rostros». (Evangelii gaudium, 114)

En este tiempo de Pascua percibimos los católicos con más fuerza, si cabe, la distancia que va de la plenitud de vida que hay en Cristo Resucitado, ¡la vida que es el Señor!, y nuestro caminar vacilante, nuestras vidas tantas veces bloqueadas por el individualismo ambiente y por la falta de visión de los problemas que arrastra nuestra sociedad.

Ciertamente, como dice el Papa: «Esto implica ser el fermento de Dios en medio de la humanidad». Con demasiada frecuencia nos vemos, fervientes católicos, y con la mejor voluntad, que nos arrugamos ante el peso de la masa, incapaces de hacerla esponjarse y de crecer. Y, sin embargo, el Señor nos pide que seamos levadura que fermente, y sal que de sabor a la vida. Antes que cualquier planteamiento estratégico para promocionar los valores del Evangelio en esta coyuntura histórica, se trata de percibir la presencia de Cristo Resucitado, de confiar en su persona y de vivir su Palabra y su presencia sacramental en una comunidad eclesial que lleva adelante el Mandamiento del Amor con todas sus consecuencias.

A partir de ahí los recelosos y temerosos discípulos de Emaús, como nos narra hoy el Evangelio, se convierten en mensajeros de su presencia volviendo a la ciudad de la que habían huido. No se trata de volver al refugio de la parroquia, sino de salir. Continuamente nos llama el Papa a «anunciar y llevar la salvación de Dios en este mundo nuestro, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, que den nuevo vigor en el camino».

Lo políticamente correcto nos pierde, es algo así como salir al campo de juego sabiendo que tenemos el partido perdido, y, sin embargo, desde la propia experiencia sabemos que Jesucristo ha ganado en cada uno de nosotros y en una Iglesia que pervive por los siglos y más vitalmente cuanto más han sido las dificultades que las sociedades de su tiempo se han buscado.

Las palabras del Papa que os comento nos llaman a ver, a percibir lo que está pasando como necesitado de nuestro concurso, de nuestra voz, de nuestra acción. Así tienen sentido sus palabras: «La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio. Un pueblo con muchos rostros». Razas, clases sociales, maneras diversas de pensar y de votar todo lo que separa y enfrenta, es capaz de ser «salvado» por el Señor de la misericordia que pone en pie al caído, remedia la necesidad, integra al descartado, y nos lleva a un modo de ser y de vivir que denuncia en sí mismo la equivocación del individualismo que aísla y excluye. No condenando y sí acompañando y acogiendo, pues lo contrario sería entrar en el juego de vosotros ahí y nosotros aquí, incapaces de amar por encima de cualquier consideración.

Vuestro obispo,

† Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
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D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.