Comulgar con frequencia

Mons. Pérez GonzálezMons. Francisco Pérez          La Eucaristía es un banquete en el que comemos con Cristo, comemos a Cristo, y somos comidos por Cristo. Lo comemos a Él, pero Él es quien nos asimila. Por eso es importante comulgar con frecuencia para parecernos a Él y tener en nosotros su misma vida. En efecto, dice Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él” (Jn 6, 57). Una persona termina identificándose con quien tiene mucha relación y el alimento eucarístico hace posible que uno se identifique con Cristo que es el alimento que transciende hasta la Vida eterna.

Así lo afirman las oraciones litúrgicas de muchos domingos. Unirse a Cristo en la comunión hace que fructifiquemos para la salvación del mundo, nos da las primicias de la vida eterna, sana nuestras maldades y nos conduce por el camino del bien, es expresión de la unión con Cristo, no permite que nos separemos de Él, nos hace crecer en la fe, la paz, la reconciliación y la caridad. En definitiva, nos hace participar de su vida divina y nos transforma en lo que recibimos. Lo sabían bien los primeros cristianos que “acudían asiduamente, a la enseñanza de los apóstoles, a la fracción del pan y a las oraciones” (Hch 2, 42).

La comunión es un momento privilegiado de la gracia, que nos transforma cada vez más, configurados con Cristo. Hemos de tener conciencia, estar convencidos de este efecto y pedirlo. Si así lo hacemos, poco a poco, casi sin darnos cuenta, dejándonos asimilar por Cristo, se irán haciendo vida de nuestra vida las actitudes y la mentalidad de Jesús.

Para que así sea es necesario comulgar con frecuencia, pero con las debidas disposiciones. Santa Teresa es un ejemplo de transformación en Cristo: “Cada día comulgaba, para lo cual la veía (el testigo) prepararse con singular cuidado y después de haber comulgado estar largos ratos muy recogida en oración, y muchas veces suspendida y elevada en Dios” (Ana de los Ángeles: Bibl. Mist. Carm. 9, 563)

Es conveniente evitar la superficialidad para acercarse a comulgar a la ligera y también el rigorismo que impide acercarse a comulgar por no sentirse digno. San Pablo afirma que quien comulga indignamente el Cuerpo de Cristo “se come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,27). Como contrapunto a este criterio Santo Tomás de Aquino dice: “Es conveniente recibirlo todos los días, para recibir a diario su fruto”. San Pío X promovió la comunión frecuente y adelantó la edad para recibirla por primera vez. San Francisco de Sales, el santo de la dulzura, decía: “Yo comulgo muchas veces porque soy imperfecto”. La liturgia acierta cuando nos hace rezar antes de la comunión: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
Las aplicaciones prácticas pastorales son evidentes. La participación en la Eucaristía es plena cuando se reza, se canta, se alimenta con el pan de la Palabra y se come el mejor de los manjares, que es el Cuerpo y la Sangre del Señor. Son importantes las actitudes externas de recogimiento, piedad y adoración cuando el sacerdote mostrando la forma consagrada dice: “El Cuerpo de Cristo” y el que lo recibe hace un acto de fe respondiendo: “Amén”, es decir, creo, es verdad, así es. Es necesario comulgar con plena conciencia de lo que se recibe, que es el mismo Cristo, y de los efectos que produce. Por eso, es muy conveniente permanecer en silencio, después de la comunión, en intimidad con el Señor, acción de gracias y en petición de ser asimilados por Cristo.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).