Familia Paulina: Carece de sentido hacer algo sin el Evangelio y sin que sea en nosotros, ante todo, un “estilo de vida”

Superior General PaulinosCarta del Superior General P. Valdir José De Castro a los hermanos de la Sociedad de San Pablo

“Todo lo hago por el Evangelio” (1Cor 9,23)

En el amor, en comunión y con audacia

Queridos hermanos:

¡Gracia y paz del Señor Resucitado!

Con gozo pascual os escribo esta primera carta, dos meses después de haber asumido el servicio que la Congregación me ha confiado durante el X Capítulo general. No obstante nuestros los límites, como Gobierno general estamos todos juntos para servir y para llevar adelante la animación de la Congregación, apoyándonos sobre todo en la gracia que nos viene de Jesús Maestro y también en la colaboración de cada uno de vosotros.

Las últimas Cartas anuales, escritas por el P. Silvio Sassi, nos han ayudado a profundizar en nuestro carisma y a celebrar el Centenario de fundación de nuestra Congregación (y del comienzo de la Familia Paulina) a la luz de las principales obras de nuestro Fundador. A través de la riqueza de los elementos históricos y carismáticos que nos han sido presentados, hemos hecho un recorrido que nos ha llevado, entre otras cosas, a afrontar los retos de la evangelización “con” y “en” la comunicación, y a ahondar en el significado de la “predicación escrita junto a la predicación oral”, asumiendo con valentía el “proyecto integral de una nueva evangelización” con los medios de comunicación a nuestra disposición y los que el progreso humano nos desafía a utilizar.

Con esta carta quiero invitaros a continuar la reflexión, es decir a ver nuestra vida y nuestra misión en la perspectiva del tema del X Capítulo general:“Todo lo hago por el Evangelio” (1Cor 9,23). ¡Quién sabe si podremos hacer de este lema un verdadero programa, de modo que ilumine todas las dimensiones de la vida paulina!

El Documento final –con la premisa, el objetivo, las prioridades y las líneas operativas– es para nosotros la pauta a seguir en los próximos seis años. Pero esto no impide que el corazón esté abierto a los signos de los tiempos, a otras iniciativas no consideradas que las nuevas necesidades puedan proponer a nuestra decisión.

Creemos, con nuestro Fundador, que “quien construye sobre el Evangelio y para el Evangelio alzará un edificio que no caerá, no obstante los vientos y tempestades”.[1] En efecto, como apóstoles-comunicadores, carece de sentido hacer algo sin el Evangelio y sin que el Evangelio sea en nosotros, ante todo, un “estilo de vida”.

La Pascua en el Año de la Vida Consagrada

Os invito, queridos hermanos, a situar el mensaje de esta carta a la luz de la Pascua del Señor y del tiempo pascual que se abre ante nosotros como momento de gracia. Vivimos una ocasión oportuna para unirnos a Cristo Resucitado y crear con Él –en la fe, entre nosotros y con toda la humanidad– una comunión que nos llena de vida y de esperanza, haciéndonos ver que “la vida es más fuerte que la muerte. El bien es más fuerte que el mal. El amor es más fuerte que el odio. La verdad es más fuerte que la mentira. La oscuridad de los pasados días queda disipada en el momento en que Jesús surge del sepulcro y se vuelve, Él mismo, pura luz de Dios”.[2]¡Dejémonos iluminar por esta Luz!

Otro aspecto importante lo tenemos en el Año de la Vida Consagrada, respecto al cual el magisterio del Papa Francisco insiste sobre la alegría. Me parece oportuno que vivamos este Año en el espíritu de la Pascua del Señor, pues justamente es de la gozosa experiencia de Jesús resucitado de donde nace la misión. Es del encuentro de los discípulos con Él de donde nace el anuncio. Es Jesús Resucitado quien dice a sus discípulos:“Id por el mundo entero proclamando la buena noticia a toda la humanidad” (Mc 16,15).

De hecho, el verdadero encuentro con el Señor nos abre a los hermanos, nos pone en movimiento, nos empuja a salir de la autoreferencialidad, nos lanza a la misión. Como nos recuerda uno de los documentos emanados por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCSVA) para la animación del Año de la Vida Consagrada, «La relación con el Señor no es estática, ni intimista: quien pone a Cristo en el centro de su vida, se “descentra”. Cuanto más te unes a Jesús y él se convierte en el centro de tu vida, tanto más te hace Él salir de ti mismo, te descentra y te abre a los demás. No estamos en el centro, estamos, por así decirlo, “desplazados”, estamos al servicio de Cristo y de la Iglesia».[3]

Evangelizar, en la alegría, con y en la comunicación

A propósito de la evangelización realizada por nosotros los paulinos, la reciente Declaración del X Capítulo general habla precisamente de “evangelizar hoy gozosamente como apóstoles-comunicadores y como consagrados”. Utilizando todos los lenguajes de la comunicación, estamos llamados a renovar, cada día, nuestra fe y el compromiso de vivir y anunciar el Evangelio en una cultura estrechamente marcada por la comunicación en red.

En un mundo cada vez más globalizado, gracias especialmente a los medios técnicos, toda la humanidad está entrando progresivamente en este ambiente. Es verdad que la “cultura de la comunicación” no es un campo de evangelización exclusivamente nuestro. Además, constatamos siempre más a menudo que hay instituciones, dentro de la Iglesia, que se desempeñan muy bien en el campo de la evangelización con los diversos lenguajes de la comunicación.

¿Qué nos distingue, pues, de quienes hacen lo que también nosotros hacemos y, a veces, hacen más? La respuesta es que cuanto hacemos lo hacemos como “paulinos”, con un estilo de vida “paulino”, a la luz del carisma y de la espiritualidad heredados de nuestro Fundador;lo hacemos como consagrados, a partir de la experiencia de vida comunitaria. Si perdemos estos –y otros elementos– que nos caracterizan, si perdemos nuestro “color paulino”, ciertamente seremos unos consagrados frustrados y tristes.

Por eso, después de la celebración del Centenario de fundación de nuestra Congregación, os invito a reemprender y reavivar cada día, en el gozo y en la esperanza, el don de la vida y de la vocación que hemos recibido. Como decía el P. Alberione: “Almas alegres, familia alegre, apostolado alegre. Las almas alegres se hacen santas más pronto”.[4]

Teniendo presente la vida consagrada paulina, podemos renovar, en el espíritu pascual, nuestro empeño de evangelizar con y en la comunicación. Entre los tantos aspectos que podríamos subrayar, en esta óptica, voy a tomar en consideración tres elementos que deberían estar cada vez más despiertos en cada uno de nosotros: amor, comunión y audacia.

Evangelizar con y en la comunicación “con amor”

El Evangelio que estamos llamados a vivir y anunciar como paulinos, es ante todo la buena noticia que nace de la fuerza del amor, porque“Dios es amor y quien permanece en el amor permanece en Dios” (1Jn 4,16). El amor está en la base de la vida de quienes siguen a Jesús. Justamente el seguimiento, no sólo de los religiosos sino también de todos los cristianos, nace de una decisión personal de escuchar al Señor que da el mandamiento nuevo de amarnos: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos: en que os tenéis amor entre vosotros” (Jn 13,35).

San Agustín nos recuerda que Jesús definió la plenitud del amor con el que hemos de amarnos unos a otros con estas palabras: “Nadie tiene amor más grande por los amigos que uno que entrega su vida por ellos” (Jn 15,13). Cristo “entregó su vida por nosotros; ahora también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos” (1Jn 3,16) amándonos de veras unos a otros, como Él nos amó, hasta dar su vida por nosotros.[5] Esto quiere decir que lo que distingue a los discípulos de Jesús, como primera cosa,es el amor manifestado entre ellos.

Somos paulinos y no podemos olvidar que el amor que construye la vida fraterna es un aspecto importante del mensaje del apóstol Pablo, fiel discípulo del Divino Maestro. Él anuncia el Evangelio con todos los medios disponibles en su época, porque, ante todo, hizo la experiencia de la gracia, que es fruto del amor derramado por Dios en él. Por ello puede decir: “Mi vivir humano de ahora es un vivir de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20). Al mismo tiempo se da cuenta de que ese amor no es intimista, “no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo, no se exaspera ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, simpatiza con la verdad. Disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre” (1Cor 13,4-7).

Esto, para nosotros los religiosos, es un grande reto; es un signo profético testimoniar el amor a partir de la vida comunitaria, que debe diferenciarse del razonamiento mercantilista y del individualismo. Como sabemos, no basta vivir juntos bajo el mismo techo; también en un hotel se vive así. No basta estar juntos haciendo algo bueno, concretamente en el campo de la comunicación. Tantas ONG hacen cosas buenas, pero no por ello se caracterizan como comunidades religiosas. Vivir en comunidad exige de nosotros el testimonio del amor, demostrado en las relaciones humanas concretas de respeto, de perdón, de acogida, de misericordia y de servicio a los hermanos.

Sólo si las relaciones humanas están marcadas por el amor, seremos testimonios creíbles de Jesús. El Papa Francisco nos ayuda a reflexionar sobre este aspecto cuando escribe: “… me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”.[6]

En efecto, ”si en nuestros corazones no está el calor de Dios, de su amor, de su ternura, ¿cómo podremos nosotros, pobres pecadores, inflamar el corazón de los demás?”.[7] Por eso, hermanos, siguiendo los pasos del apóstol Pablo y de nuestro Fundador, “amemos a todos, recordemos a todos, actuemos con el espíritu del Evangelio, que es universalidad y misericordia”.[8]

El beato Santiago Alberione escribía en su diario juvenil que “la vida sin amor es árida, triste, cínica, escéptica, enfadosa”.[9]Deberíamos, pues, interrogarnos sobre la intensidad del amor en nosotros y entre nosotros. El Año Santo de la Misericordia, proclamado por el Santo Padre,[10] será un tiempo oportuno no sólo para anunciar a los demás el mensaje de la misericordia de Dios, sino también para vivirla nosotros.

El amor nos hace vivir como hermanos y crea en las comunidades un clima de familia. Es muy actual lo que decía ya nuestro Capítulo general especial:“Sólo cuando la comunidad consigue vivir en el clima de una verdadera familia, en que cada uno se siente solidario con los otros, cada uno está dispuesto a llevar las cargas de los otros (cf. Gál 6,2), cada uno sabe alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran (cf. Rom 12,15), solamente entonces se pueden superar el vacío del aislamiento, el cansancio, las turbaciones, las derrotas, las heridas y todas las fuerzas contrarias a nuestra integridad espiritual”.[11] ¡El Señor nos ayude a amar de veras!

Evangelizar con y en la comunicación “en comunión”

El Evangelio es el anuncio del amor que engendra comunión. Al hablar de amor y de comunión nos viene a la mente la imagen del “Dios-Trinidad”, o sea, un Dios único, en tres Personas unidas en el amor y que viven en continua comunión: el Padre creador, el Hijo redentor y el Espíritu Santo santificador. Son tres sujetos que dialogan entre ellos, se aman y se relacionan mutuamente en perfecta comunicación.

Es éste un punto importante respecto a nuestro carisma. El verdadero amor genera comunión y, de consecuencia, abre a la comunicación. En efecto, la primera acepción de comunicación, aparecida en el siglo XII (1160), proviene del latín y remite a la idea de comunión, a la idea decoparticipación. Sólo en el siglo XVI empieza a tomar también el sentido de transmisión o difusión, debido al desarrollo de las técnicas, empezando por la prensa.[12] Por tanto, la comunicación, ante todo, es siempre búsqueda del otro y esfuerzo de compartir que hace crecer la comunión.

Ciertamente para nosotros los paulinos, por cuanto afecta a nuestra misión de difundir la Palabra de Dios con todos los lenguajes de la comunicación, la difusión es muy importante: debemos hacerla y hacerla bien Pero nuestro carisma exige asimismo, por parte nuestra, como nos recordaba el VI Capítulo general, el empeño personal de ser hombres de comunicación, que entraña la comunicación con Dios-Trinidad, con nosotros mismos y con los demás.

Jesús es el primer modelo y el primer metro para medir nuestra comunicación. Sobre esto no hace falta decir muchas palabras. Basta ver, en los evangelios, cómo era su relación con el Padre, consigo mismo y con los otros. En las relaciones con las personas mostraba respeto por sus oyentes, solicitud por su situación y sus necesidades, compasión por su sufrimiento, y firme determinación de decirles lo que necesitaban oír, de un modo que debía atraer poderosamente su atención y ayudarles a recibir el mensaje, sin coerción ni componendas, sin engaño ni manipulación”.[13]

El apóstol Pablo es discípulo de Jesús también como hombre de comunicación, en el verdadero sentido de “promotor de comunión”. Son muchos los pasajes, en sus Cartas, en que insiste sobre la comunión como requisito importante de la comunidad cristiana. Utilizando la imagen del cuerpo, nos da a ver que la comunión no significa uniformidad. Escribe en efecto: “Los dones son variados, pero el Espíritu el mismo; las funciones son variadas, aunque el Señor es el mismo; las actividades son variadas, pero es el mismo Dios quien lo activa todo en todos” (1Cor 12,4-6).

Nosotros los paulinos, evangelizadores-comunicadores, estamos llamados a hacer de la comunidad un lugar de comunión y a vivir la unidad en la diversidad de los dones, no obstante nuestros límites. Por eso, como nos recuerda nuestro Fundador, tenemos necesidad de mucha abnegación. Efectivamente, “la diversidad de temperamentos, de edad, de costumbres, de ideas, de experiencias, de ocupaciones, de tendencias, etc., es siempre causa de sufrimientos mutuos. Por eso es siempre necesario saber ser tolerantes, renunciar a los propios puntos de vista, reconocer los propios errores, tener algún detalle gentil, etc. Todo esto requiere una abnegación universal”.[14]

Sabemos que en las comunidades donde no hay relaciones fraternas y donde falta el diálogo, el apostolado no adelanta, desafortunadamente se para. La comunión entre nosotros es fundamental para el éxito de nuestra misión y para ser creíbles ante nuestros colaboradores laicos y ante nuestros destinatarios. Así pues«debemos comprendernos y amarnos: “Congregavit nos amor Christi unus”; debemos ayudarnos mutuamente con oraciones y colaboración. Los egoísmos personales destruyen la vida en comunidad; los egoísmos sociales, políticos o familiares destruyen incluso a los Institutos, o por lo menos los condenan a la esterilidad».[15]

Una de prioridades del X Capítulo, en orden a la vida comunitaria, dice: “Construir nuestras comunidades según el espíritu de san Pablo en el testimonio de una vida entregada a Dios, en la comunión fraterna y en la sinergia apostólica” (2.1). Con el esfuerzo de cada uno, se puede construir comunidades así para mejorar siempre más la calidad de nuestra vida y para llevar a cabo la misión.

Evangelizar con y en la comunicación “con audacia”

En el amor, que genera la comunión, estamos llamados a entrar en la dinámica de una “Iglesia en salida”, sobre lo que tanto insiste el Papa Francisco. También nuestro X Capítulo general ha declarado: «Somos Iglesia y queremos ser, con la Iglesia, una Congregación “en salida”, “en marcha”, para ponernos junto a los “nuevos macedonios” (cfr. He 16,9) que nos interpelan: las actuales muchedumbres sin pastor, las minorías olvidadas, los excluidos, los enfermos de cualquier dolencia, los pisoteados sociales, los jóvenes desatendidos o víctimas de las modernas dependencias, los sin trabajo y los emigrantes, los hambrientos de pan y de verdad, cuantos han excluido a Dios de su vida, quienes han perdido el sentido de la vida…» (Documento final, Introducción, 4).

Sólo“saliendo” de la autoreferencialidad, o sea de nuestro mundo personal, de la realidad de una comunidad cerrada en sí misma yde una Congregación que mira únicamente sus problemas o sus éxitos, podremos avanzar. Sólo mirando al mundo que cambia y asumiendo los nuevos lenguajes de la comunicación podremos actualizar nuestro apostolado para llegar a los destinatarios de este siglo. Como decía ya nuestro Fundador: «Los tiempos caminan, y es inútil decir: “Una vez esto no existía, no se hacía así…“. Las almas de “una vez” están ya o en el Paraíso o en el infierno; hemos de salvar las almas de hoy. Todos los santos hicieron así».[16]

Se necesita, pues, audacia. Audacia significa “ser valientes”, es decir “no tener miedo de hacer cosas nuevas”. Por tanto, es preciso tener el valor de cambiar las iniciativas y las estructuras que ya no responden a las exigencias de nuestro tiempo y buscar nuevas formas para actuar nuestro carisma. Quizás podríamos hablar de “parresía” apostólica“Parresía es la libertad y la valentía de una existencia que se ha abierto a la acción de la Palabra de Dios y que en ella se pone a disposición de Dios y del prójimo”.[17]Es predicar impávidamente, hablar animosamente y sin miedo. Jesús nos llama a ser apóstoles audaces, no sólo con los medios, sino también con los contenidos. El mundo necesita apóstoles llenos de “parresía”, que anuncien al Señor Jesús con toda la fuerza que Él irradia.

Sin audacia, acompañada de su hermana, “la creatividad”, en la evangelización corremos el riesgo de hacer las mismas cosas de siempre y de llegar a las mismas personas a las que siempre hemos llegado. Obviamente, no conviene abandonar a quienes tradicionalmente son los destinatarios de nuestro apostolado; pero es preciso hacer siempre más e ir a buscar a los más lejanos, especialmente en las periferias.

Audacia, empero, no significa hacer cosas grandiosas y costosas. En esto son necesarias la atención y la prudencia para “no dar pasos más largos que la pierna”. Hay múltiples iniciativas pequeñas que cabe adoptar en el campo de la prensa, de la radio, de la televisión (en algunos casos particulares con medios neutros), en el ámbito digital, en la formación, en el campo bíblico y comunicacional, etc.

En fin, no podemos olvidar el aspecto organizativo, especialmente cuando se trata de elaborar proyectos y de trabajar en equipo, pues hablar de “congregación en salida” non significa que cada cual vaya donde quiera. Somos una “congregación religiosa”, y por tanto las iniciativas apostólicas tienen sentido cuando entran en un proyecto orgánico en el que las personas están involucradas con propias tareas y responsabilidades, sin bloquear la creatividad.

También en esta vertiente podemos decir que es necesaria “la audacia” para cambiar la metodología de trabajo. Decía nuestro Fundador:“Manténgase unido el apostolado, para toda la Congregación. Centro único: todo [converja] allí con firmeza, sin dejarse guiar por pequeños intereses o puntos de vista particulares; todo esto debe desaparecer en el bien común, universal. Hay un bien universal que conseguir y que debe anteponerse a cualquier bien privado: y esto es una obligación, no un consejo; es una obligación religiosa”.[18]

En conversión, por el camino de Emaús

El amor, la comunión y la audacia son tres aspectos de nuestra vida paulina que, para ponerlos en práctica, implican la conversión, o sea cambiar las actitudes a ellos contrarias. Precisamente tal es cuanto afirma el Objetivo general 2015-2021 del Documento final del X Capítulo general: Atentos a los signos de los tiempos, renovar la intrepidez de nuestra acción apostólica convirtiéndonos nosotros mismos, nuestras comunidades y nuestras estructuras apostólicas para llegar a todos, especialmente a las periferias, valiéndonos también de los nuevos lenguajes de la comunicación”.

Hablando de conversión, me parece oportuno recordar al menos los puntos principales del discurso del Papa a la Curia Romana en la presentación de la felicitación navideña del año pasado. El Papa Francisco desgrana una serie de enfermedades que sanar para que la Curia sea testimonio creíble hoy en el mundo. Seguramente el discurso se dirige a todas las personas que operan en los diversos organismos de la Iglesia; en realidad tales enfermedades y tentaciones son un peligro para todos, también para nosotros que intentamos responder a la llamada de Dios en la vida consagrada paulina.

Al hilo de ese discurso, pidamos al Señor que libre a cada uno de nosotros «de considerarse “inmortal”, “inmune” o incluso “indispensable”; de la excesiva laboriosidad; de la “petrificación” mental y espiritual; de la excesiva planificación y del “funcionalismo”; de la falta de coordinación; del “alzheimer espiritual”; de la rivalidad y de la vanagloria; de la esquizofrenia existencial; de la cháchara, de las murmuraciones y del cotilleo; del divinizar a los jefes; de la indiferencia hacia los demás; de la cara fúnebre; del acumular; de los círculos cerrados, de la ganancia mundana y los exhibicionismos».[19]

Finalmente, en la luz del tiempo pascual, os invito a hacer memoria de los dos discípulos que, desconsolados, iban de camino a Emaús. Conversaban sobre lo que había sucedido en Jerusalén, descargándose la tristeza el uno sobre el otro; la negrura del corazón y la añoranza no les permitía percibir a Jesús en aquel viandante que caminaba a su lado. Estaban talmente cegados por el dolor y el malhumor que no reconocieron a Jesús, ni siquiera cuando “les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,27), aunque “ardía su corazón”(Lc 24,32). Sólo cuando Jesús “tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo ofreció, se les abrieron los ojos y le reconocieron” (Lc 24,30).

Queridos hermanos, acojamos la presencia de Jesús Resucitado. Él está vivo también en medio de nosotros, especialmente con su Palabra y la Eucaristía. A partir de esta experiencia pascual, podemos construir juntos un camino, uniendo las fuerzas para llevar a cabo la misión sobre las “cuatro ruedas del carro paulino” (santidad, estudio, apostolado, pobreza). Como hicieron los discípulos de Emaús después de reconocer a Jesús al partir el pan, alejemos de nosotros los pensamientos negativos y dejemos que la luz del Resucitado ilumine situaciones de oscuridad que, algunas veces, tratan de ofuscar el camino. Vayamos adelante con valentía, con amor, con audacia y en comunión, prosiguiendo el itinerario que el P. Alberione nos abrió a nosotros y a toda la Familia Paulina, “teniendo siempre dirigida la mirada a vastos horizontes”.[20]

María, Reina de los Apóstoles y san Pablo apóstol sean nuestros intercesores en el desafío de vivir y de anunciar a Jesús Maestro Camino, Verdad y Vida, en fidelidad creativa al carisma heredado de nuestro Fundador.

¡Santa y feliz Pascua para todos!

Fraternamente.

Roma, Sábado Santo, 4 de abril de 2015

131º del nacimiento del beato Santiago Alberione

P. Valdir José De Castro, SSP – Superior general

[1]Santiago Alberione, Alma y cuerpo para el Evangelio, Cinisello Bálsamo (Milán), Ed. San Paolo, 2005, p. 23.

[2]Benedicto XVI, Homilía, Sábado Santo, 7 abril 2012.

[3] CIVCSVA, Alegraos. Carta circular a los consagrados y consagradas. Del Magisterio del Papa Francisco, Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2014, n. 5.

[4]Santiago Alberione, A las Hijas de San Pablo, 1946-1949, Roma, FSP-Casa General, 2000, p. 502.

[5] San Agustín, Tratados sobre Juan, 84, 1-2; CCL 36, 536-538.

[6] Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, 2013, n. 100.

[7] CIVCSVA, Alegraos, cit., n. 6.

[8] Santiago Alberione, Ut perfectus sit homo Dei [UPS], ed. del Centro de Espiritualidad, Cinisello Bálsamo (Milán), 1998, IV, 118.

[9] Santiago Alberione, He sido creado para amar a Dios, Roma, Casa General SSP, 1980, n. 4.

[10] El Año Santo de la Misericordia empezará en la próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción (8 diciembre 2015) y concluirá el 20 de noviembre 2016, Domingo de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo.

[11] Documentos Capitulares, Capítulo General Especial 1969-1971, Roma, Casa General SSP, 1971, n. 276 (trad. esp. EP, Madrid 1980).

[12] Dominique Wolton, Pensar la comunicación. Buenos Aires, Prometeo Libros, 2007, p. 37.

[13] Pontificio Consejo de Comunicaciones Sociales, Ética en las Comunicaciones Sociales.Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2000, n. 32.

[14]UPS, cit., IV, 221.

[15]UPS, cit., I, 382.

[16]A las Hijas de San Pablo, 1946-1949, cit., p. 576.

[17] Documentos Capitulares, cit., n. 263.

[18] Santiago Alberione, A las Hijas de San Pablo, 1940-1945, Roma, FSP-Casa General, 2000, p. 325.

[19]Papa Francisco, Discurso a la Curia Romana en la presentación de la felicitación navideña, 22 diciembre 2014.

[20] Papa Francesco, Discorso alla Famiglia Paolina, 27 novembre 2014.

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