AÑO SANTO DE LA MISERICORDIA (I)

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella      El pasado día 13 de marzo, el Papa Francisco anunció en la basílica de San Pedro la celebración de un Año Santo extraordinario, “el Jubileo de la misericordia”, que comenzará el próximo día 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada, y concluirá el 20 de noviembre del 2016, fiesta de Cristo Rey. La ocasión de este anuncio fue el segundo aniversario de su elección como Romano Pontífice y el lema de este año santo lo tomó el Papa de la carta de san Pablo a los fieles de Éfeso: “Dios, rico en misericordia” .

La invitación papal para la celebración del Jubileo de la Misericordia coincide asimismo con el 50º aniversario de la terminación del Concilio Vaticano II, el acontecimiento eclesial más importante de los últimos tiempos y que ha supuesto un impulso vigoroso para la acción del Espíritu Santo en su Iglesia.

El Papa ha recordado que las lecturas para los domingos del tiempo ordinario, en este año jubilar, estarán precisamente tomadas del evangelio de san Lucas, ya que es “el evangelista de la misericordia”. De hecho, la tres grandes parábolas de la misericordia – el hijo pródigo, la oveja descaminada y la moneda perdida – tienen como autor a Lucas. Convencido como está el Papa Francisco de la eficacia de la gracia de Dios y de la importancia del esfuerzo del hombre por mantenerse en caminos de conversión, espera con fundamento que el Jubileo sirva a los creyentes de ocasión oportuna para acercarse y beneficiarse de la misericordia de Dios, a través – sobre todo – del sacramento de la Reconciliación.
Recojo hoy las palabras pronunciadas por el Romano Pontífice no hace muchos días, en las que hace una declaración diáfana de intenciones al afirmar: “Estamos viviendo el tiempo de la misericordia. Este es el tiempo de la misericordia. Hay tanta necesidad hoy de misericordia, y es importante que lo fieles laicos la vivan y la lleven a los diversos ambientes sociales. ¡Adelante!” .

Me propongo ofreceros un comentario sencillo de cada una de las tres parábolas de la misericordia, comenzando por la más conocida, meditada y difundida: la del hijo pródigo, aunque realmente el auténtico protagonista de la misma es – como no podía ser de otra manera – el padre misericordioso. Todos conocéis muy bien el desarrollo de la misma, así como la enseñanza que de ella se deriva. Lucas, en su capítulo 15, consigue una narración brillante y plástica en la que el padre que espera al hijo va a su encuentro y lo cubre de besos. Es la muestra más palpable del corazón – con entrañas de misericordia – que tiene nuestro Dios.

Es el propio padre el que toma la delantera en la acogida al hijo. Más aún, en la dinámica de la parábola se puede observar cómo el padre pasa gran parte de su tiempo esperando a la puerta de la casa la vuelta del hijo. Este se ha portado sencillamente muy mal. Ha exigido lo que no es todavía suyo, y encima lo ha gastado de muy mala manera. Su deterioro humano ha llegado hasta tal extremo que se ve obligado a comer lo que comen los cerdos, algo absolutamente impresentable, especialmente para un judío.

Lucas nos muestra con gran viveza lo que es el pecado y la degradación a la que conduce. Esencialmente es el apartamiento de Dios, la separación de Dios. Perdido el sentido de Dios, el pecado nos hace perder también el sentido de nuestra vida y de nuestra actividad. La alegría, ese don de Dios, íntimamente unido a la gracia, se nos escapa por el agujero tremendo que el pecado produce en el alma.

“¡Hay que salir cuanto antes de esa situación!”, nos urge el Papa Francisco, en la convicción de que “Dios nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”. Y el Papa apunta una idea que yo hago totalmente mía: “¡Cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia”. No es extraño que en la Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium”, Francisco emplee el término misericordia decenas de veces. Nos servirá de reflexión y de oración a lo largo de todo el jubileo.

Con mi afecto y mi bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.