“VICTORIA, TU REINARÁS”

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella     Domingo de Ramos 2015

Entramos en la Semana Santa, en la que haremos presente el gran misterio de la pasión, muerte y Resurrección del Señor. El pueblo la ha llamado santa precisamente porque cada uno de sus días – desde el domingo de Ramos hasta el de Pascua – está santificado por la actuación de Jesús, que nos narran los evangelios. Esta es la Victoria que canta el himno de Vísperas, y que reinará para siempre en el mundo: la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, de una vez por todas.
Pero no precipitemos las cosas. Hoy es el domingo de Ramos, auténtico pórtico de la Semana Santa, el día en que Cristo entró triunfalmente en Jerusalén. El santo obispo y Padre de la Iglesia, Andrés de Creta, del siglo VII, nos anima a penetrar en la liturgia de este día con estas hermosas palabras: “Venid, y al mismo tiempo que ascendemos al monte de los Olivos, salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy de Betania y, por propia voluntad, se apresura hacia su venerable y dichosa pasión, para llevar a plenitud el misterio de la salvación de los hombres” .
Jesús ha salido de Betania muy al punto de la mañana. Ha pasado allí la noche atendiendo con Marta y María a los innumerables amigos, vecinos y aun curiosos que han quedado impresionados por la resurrección de Lázaro. No se lo acaban de creer y vienen a hacer sus comprobaciones. Muchos de ellos, al ver que Jesús se dispone a partir hacia Jerusalén, deciden acompañarle. Forman una abigarrada comitiva que, siguiendo el antiguo camino de Jericó, se apresta a subir al monte de los Olivos, donde Jesús había orado y pernoctado tantas veces. El clima que se respira entre la multitud que rodea al Maestro es de gozo, de bullicio, de algarabía, ya que se dirigen a Jerusalén, en la que siempre han entrado entre cantos de alabanza y de alegría. Extienden sus mantos, esparcen ramas de olivo y de palmas, para que pase el borrico que el Señor ha escogido como cabalgadura. Y, a una sola voz, cantan y gritan: “¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19, 38).
Las mismas gargantas que hoy gritan jubilosas el Hosanna y el Aleluya, pasadas muy pocas horas y en el Pretorio donde reside el delegado de Roma, Poncio Pilato, vocearán de forma estridente un “¡Crucifícale!”, que remueve los cimientos de la cordura y del sentido común. No puede concebirse una falta de agradecimiento mayor que pedir la pena de muerte para Aquel que “pasó por la vida haciendo el bien”. Y con el agravante de que se trata de los hombres y mujeres que se han beneficiado más directamente de los signos y milagros de ese “hombre de bien”. ¡Qué variable e incongruente puede llegar a ser la naturaleza humana!
Quiero fijarme ahora en un detalle maravilloso que sucedió este día. Jesús contempla desde el monte la ciudad de Jerusalén y su templo. La visión profética de su destrucción le lleva al llanto, algo que con seguridad desconcertaría a todos los que le rodeaban, sobre todo a los discípulos. Jesús se había volcado y puesto todos los medios para salvar a Jerusalén, al pueblo judío, al pueblo escogido. Del mismo modo como pone todos los medios y toda su solicitud amorosa para con todos nosotros, el nuevo Pueblo de Dios. Su voluntad siempre es salvadora, sanadora. “Nos amó y se entregó por nosotros” . El Papa Francisco lo ha dicho de forma muy repetida y gráfica: “Dios no se cansa de perdonarnos; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón”. También me vienen a la memoria las palabras que cuentan que dijo santa Teresa de Jesús a propósito del amor de Dios y de nuestra falta de correspondencia: “Teresa, yo quise … Pero los hombres no han querido”.
Esta Semana Santa no puede ser una semana santa más. El Papa nos pidió luchar contra la indiferencia. No podemos vivir en una indiferencia indolente en lo que se refiere a Dios y a las cosas de Dios. Vivamos con intensidad espiritual la Semana Santa. Pwerticipemos en todos los actos litúrgico. Vivamos lo que bien sabemos: Conversión, Confesión, Cambio de vida, Compromiso de amor.
Con mi afecto y mi bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.