Triduo pascual

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares        Víspera de su muerte. Atardecer en Jerusalén. Jesús cena con sus discípulos su última cena: Jueves Santo, día de la institución de la Eucaristía, día del amor fraterno. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Había deseado ardientemente que llegase este momento, el de entregarse enteramente y convertirse para siempre en nuestro. Deseo de Dios mismo que anhela dársenos como don, como regalo, como paz. Por ello, tomó el pan: «Esto es mi Cuerpo entregado por vosotros». Después tomó el cáliz con el vino, y dijo: “Es la nueva Alianza en mi sangre derramada por vosotros». «Por vosotros», «por nosotros»: ahí está todo. Ahí está nuestra esperanza, la esperanza para el mundo entero. «Por vosotros», es el amor de Jesús que nos redime y nos salva. Ahí está el amor de Cristo que se nos da en comunión para que nosotros, en comunión con Él, nos amemos y demos a los demás: «haced esto en conmemoración mía». No podemos participar en el banquete eucarístico si no tenemos caridad. Y no podemos tener caridad si no edificamos la comunidad cristiana sobre la Eucaristía: «Amaos como yo os he amado».

Pocas horas antes de ser entregado, la tarde en la que el huracán de la violencia se precipita sobre el Príncipe de la paz, Jesús mismo, manso y humilde, pacífico, se rebaja, se pone los atuendos de esclavo, la ropa de nuestra miseria, se arrodilla ante cada uno de sus discípulos, y les lava los pies. Así es Jesús: ahí está todo el sentido de su vida y de su pasión: despojarse de su rango, servir y no ser servido, inclinarse ante nuestros sucios pies, la inmundicia de nuestras vidas, lavarnos, purificarnos y acondicionarnos como comensales para que nos sentemos a la mesa con Dios que nos invita.

«Fracaso» de Viernes Santo: la mirada se centra en el Crucificado. Ajusticiado y condenado por leyes humanas, tras un proceso injusto, sin razón, como tantos condenados a lo largo de la historia. Ahí palpamos la gravedad de la miseria del pecado del hombre. En Jesús, humillado, destrozado y colgado de un madero, como «un varón de dolores», contemplamos a Dios que, porque tanto ama a los hombres, ha entregado su vida en su propio Hijo. La sangre de la cruz es la sangre de Dios. Ese es el precio de cada hombre; lo que vale a los ojos de Dios. Escándalo y locura de la cruz lo contrario del poder que oprime y aplasta o de la realeza que domina; lo contrario de la demostración apodíctica o de la sabiduría «razonable» que guarda la vida y busca seguridad, lo contrario de la eficacia y de la utilidad, lo contrario de los ideales abstractos o de las utopías alienantes, lo contrario de la huida fácil ante la miseria, lo contrario de la soberanía sublime e impasible de la divinidad alejada del sufrimiento conforme a nuestras ideas humanas espontáneas que de Dios interesadamente nos hacemos. «Todo está consumado. E, inclinando la cabeza, entregó su espíritu». Silencio de la cruz. Silencio de tantos crucificados a lo largo de la historia, amasados con la Cruz de Jesucristo. Viernes Santo de los tiempos actuales: miseria y hambre, violencia, de millones de hermanos en Irak, Paquistán, Nigeria, en la India, en Hispanoamérica, millones de criaturas no nacidas que no verán nunca la luz, desgraciados enganchados en la droga, enfermos desahuciados, ancianos abandonados, padres sin trabajo…, ese largo via-crucis que se une al de Jesús, lleno de sangres y heridas, lleno de dolor y envuelto en escarnio y abandono. Viernes Santo del siglo XXI incluido en el Viernes Santo de Jesucristo. Grito de socorro de nuestro tiempo en solicitud de ayuda al Padre. Grito transformado en oración al Dios siempre cercano. Pero ¿podremos orar con sincero corazón mientras no limpiemos la sangre de los vejados y no sequemos sus lágrimas? ¿No es el gesto de la Verónica lo mínimo para que sea legítima nuestra oración? Jesús crucificado es la paradoja de un Amor que, desde la humillación, desgarra la tiniebla y el desorden establecido de este mundo, con la luz nueva que viene de Dios viviente que le resucita de entre los muertos y lo glorifica.

Sábado Santo: esperanza silenciosa en Dios, confianza en su poder y su fuerza. Dios conserva su poder sobre la historia y no la ha entregado a las fuerzas ciegas y a las leyes inexorables de la naturaleza. La ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra. No hay nada inexorable e irremediable; todo puede ser reemprendido, salvado, perdonado, vivificado. La muerte ha sido vencida. «No tengáis miedo», les dice el ángel a las mujeres que llegan al despuntar el alba al sepulcro en el que han puesto el viernes a Jesús para ungir su cuerpo. «No tengáis miedo. Sé que buscáis a Jesús el Crucificado. No está aquí. ¡Ha resucitado! No busquéis entre los muertos al que vive». Este es el gran anuncio, el gran pregón para todos los hombres de todos los tiempos y lugares. La crueldad y la destrucción de la crucifixión, y la pesada losa con que sellaron su tumba, no han podido retener la fuerza infinita del amor de Dios que se ha manifestado sin reservas en la misma cruz y ha brillado todopoderosa en el alba de la mañana de la resurrección. Los lazos crueles de muerte con que se ha querido apresarle para siempre al Autor de la vida, Jesucristo, han sido rotos, no han podido con El.

Vigilia de Pascua, Día de resurrección: Todo queda iluminado y revelado. Todo queda salvado. Si no existiera la resurrección, la historia de Jesús terminaría con el Viernes Santo. Jesús se habría corrompido; sería alguien que fue alguna vez. Eso significaría que Dios no interviene en la historia, que no quiere o no puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Todo ello querría decir, por su parte, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía y fútil; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros, los astutos, los que no tienen conciencia. Muchos hombres, y en modo alguno sólo los malvados, quisieran efectivamente que no hubiera tribunal alguno pues confunden la justicia con el cálculo mezquino y se apoyan más en el miedo que en el amor confiado. De una huida semejante no nace la salvación, sino la triste alegría de quienes consideran peligrosa la justicia de Dios y desean que no exista. Así se hace visible, no obstante, que la Pascua significa que Dios ha actuado. “¡Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo!»

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014