¡PROCLAMAMOS TU RESURRECCIÓN!

Mons. Carlos EscribanoMons. Carlos Escribano        La celebración de la Semana Santa que nos ha introducido en los misterios centrales de la vida cristiana, debe ayudarnos a valorar, año tras año, el don de la fe que un día recibimos y que no puede ser ensombrecido por un “acostumbrarnos al misterio”, hasta el punto que la muerte y resurrección de Cristo dejen de asombrarnos y de fundamentar auténticamente nuestra fe.

Os invito a detenernos en este día de Pascua de Resurrección. La gratitud y la alegría deben brotar de nuestro corazón. Somos miembros de la Iglesia y, como los primeros seguidores de Jesús, estamos llamados a saborear la experiencia de lo que estamos celebrando. Los apóstoles y los discípulos de Jesús entienden desde el principio que la resurrección de Cristo es tan real como su crucifixión. No habían pensado en un Mesías crucificado, pero lo encuentran ejecutado en un madero. Abren entonces su corazón a la Escritura. Descubren, a semejanza de lo que nos muestra San Lucas en el camino de Emaús, que era mucho lo que de Él se decía en el Antiguo Testamento y que ahora desde la experiencia de la Resurrección cobraba un sentido nuevo. Es verdad que se llenan de titubeo y asombro, como quizá nos sigue ocurriendo a nosotros veinte siglos después, pero ellos se van dejando hacer y descubren que cruz y resurrección se identifican, lo entienden de un modo nuevo y llegan así, ahí es nada, a la fe en Jesús como el Hijo de Dios. Sí, descubren a Jesús que vive, que les habla, que permite que le toquen, aun cuando son conscientes de que no pertenece al mundo que normalmente es tangible: “La paradoja era indescriptible: por un lado, Él era completamente diferente, no un cadáver reanimado, sino alguien que vivía desde Dios de un modo nuevo y para siempre; y, al mismo tiempo, precisamente El, aun sin pertenecer ya a nuestro mundo, estaba presente de manera real, en su plena identidad. Se trataba de algo absolutamente sin igual, único, que iba más allá de los horizontes usuales de la experiencia y que, sin embargo, seguía siendo del todo incontestable para los discípulos. Así se explica la peculiaridad de los testimonios de la resurrección: hablan de algo paradójico, algo que supera toda experiencia y que, sin embargo, está presente de manera absolutamente real”. (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret(III) p.286)

Este hecho es lo que la Iglesia naciente comienza a descubrir y a acoger y hoy sigue siendo un punto de asombro para nosotros y, a la vez, de prueba de nuestra fe. Ellos saben que la muerte de Jesús, que hemos celebrado de un modo singular el viernes santo, es una muerte cargada de sentido. Son conscientes de que Jesús, el Hijo de Dios, muere por nuestros pecados; es decir tiene que ver con nosotros y muere por nosotros. La muerte de Jesús, en el contexto del amor de Dios, no tiene que ver con la muerte que proviene del pecado original: “Al insertarse en este contexto de palabra y amor de Dios, Jesús es arrancado de ese tipo de muerte que proviene del pecado original del hombre, como consecuencia de querer ser como Dios; una presunción que debía terminar con el hundimiento en la propia miseria, marcada por el destino de la muerte. La muerte de Jesús es de otro tipo: no proviene de la presunción del hombre, sino de la humildad de Dios. No es la consecuencia inevitable de un orgullo desmesurado y contrario a la verdad, sino obra de un amor en el que Dios mismo desciende hacia el hombre para elevarlo de nuevo hacia sí. Por tanto, es una muerte en el contexto del servicio de expiación; una muerte que realiza la reconciliación y se convierte en una luz para los pueblos”. (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret(III) p. 295)

Os animo a vivir desde el sosiego y la reflexión profunda y sincera la Resurrección de Cristo que estamos celebrando. Cuanto más se observa mayor riqueza fluye del corazón amoroso de Dios, que nos ayuda a cimentar nuestra fe, a hacerla vida y a compartirla con los demás.

¡Feliz Pascua de Resurrección!

+ Carlos Escribano Subías,
Obispo de Teruel y de Albarracín

Mons. Carlos Escribano Subías
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Monseñor Carlos Manuel Escribano Subías nació el 15 de agosto de 1964 en Carballo (La Coruña), donde residían sus padres por motivos de trabajo. Su infancia y juventud transcurrieron en Monzón (Huesca). Diplomado en Ciencias Empresariales, trabajó varios años en empresas de Monzón. Más tarde fue seminarista de la diócesis de Lérida -a la que perteneció Monzón hasta 1995-, y fue enviado por su obispo al Seminario Internacional Bidasoa (Pamplona). Posteriormente, obtuvo la Licenciatura en Teología Moral en la Universidad Gregoriana de Roma (1996). Ordenado sacerdote en Zaragoza el 14 de julio de 1996 por monseñor Elías Yanes, ha desempeñado su ministerio en las parroquias de Santa Engracia (como vicario parroquial, 1996-2000, y como párroco, 2008-2010) y del Sagrado Corazón de Jesús (2000-2008), en dicha ciudad. En la diócesis de Zaragoza ha ejercido de arcipreste del arciprestazgo de Santa Engracia (1998-2005) y Vicario Episcopal de la Vicaría I (2005-2010). Como tal ha sido miembro de los Consejos Pastoral y Presbiteral Diocesanos. Además, ha sido Consiliario del Movimiento Familiar Cristiano (2003-2010), de la Delegación Episcopal de Familia y Vida (2006-2010) y de la Asociación Católica de Propagandistas (2007-2010). Ha impartido clases de Teología Moral en el Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón desde el año 2005 y conferencias sobre Pastoral Familiar en diferentes lugares de España. Finalmente, ha formado parte del Patronato de la Universidad San Jorge (2006-2008) y de la Fundación San Valero (2008-2010). Benedicto XVI le nombró obispo de Teruel y de Albarracín el 20 de julio de 2010, sucediendo a monseñor José Manuel Lorca Planes, nombrado Obispo de Cartagena en julio de 2009. Ordenado como Obispo de Teruel y de Albarracín el 26 de septiembre de 2010 en la S. I. Catedral de Teruel.