MURIÓ, FUE SEPULTADO, RESUCITÓ

gil-hellinMons. Francisco Gil Hellín      Si un turista no cristiano recorriese las procesiones de Semana Santa de España podría llevarse una  idea errónea de la fe cristiana. Pues todas las grandes procesiones de Sevilla, Valladolid, Zamora, Cuenca o Murcia, por citar algunos ejemplos, tienen una imaginería prodigiosa de Jesús azotado, clavado en la Cruz y muerto en los brazos de impresionantes Dolorosas. En cambio, escasean las imágenes de Cristo Resucitado o, cuando menos, son mucho menos frecuentes que las otras. A un observador sin fe o superficial podría parecerle que para nosotros la clave de nuestra fe se encuentra en el Viernes Santo, no en la mañana de Pascua.

Es incuestionable que la muerte de Cristo –el Viernes Santo- tiene una importancia enorme en nuestra fe. Entre otras razones, porque mal podría alguien resucitar –volver a la vida-, sin haber muerto previamente. Es decir, sin muerte es imposible la resurrección. Así lo profesa el primer símbolo cristiano, el Credo de los Apóstoles, cuando dice: “Creo en Jesucristo… que fue crucificado, muerto y sepultado”. La muerte de Cristo es, pues, importante. Pero no es el cimiento sobre el que se construye el edificio cristiano. El cimiento es su resurrección.

Cuando san Pablo escribe su primera carta a los fieles de Corinto, en la primavera del 57, les entrega unas palabras cargadas de especial solemnidad: “Yo os trasmití en primer lugar lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; y que fue sepultado; y que resucitó al tercer día según las Escrituras” (1Co 15, 3-4). De la realidad de la Resurrección de Jesús depende que tanto la predicación de los Apóstoles como la fe de los cristianos no sean algo vacío: “Si Cristo no resucitó –sigue diciendo san Pablo- vana es nuestra predicación, vana vuestra fe” (1Co 15,14). Incluso va hasta el fondo y saca la última consecuencia: si la resurrección es un mito o un invento humano, los cristianos “somos los más miserables de todos los hombres” (1Co 15,19). Sin la resurrección, el único modo coherente de vivir es el epicúreo: “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”. Y el “carpe diem”, disfruta lo más que puedas.

En cambio, si Cristo ha resucitado, la vida en la tierra tiene otro sentido completamente distinto. Porque la resurrección de Cristo no es un acontecimiento cerrado en sí mismo, sino abierto a los que creemos en él. Cristo es la “primicia”, “el primogénito de entre los muertos”, el primero de una cadena que concluirá cuando venga a buscarnos al final de los tiempos. Eso explica el que el Credo, después de profesar que Cristo “resucitó al tercer día de entre los muertos”, añade: “esperamos la resurrección de los muertos”. Es decir, la resurrección de Cristo se abre a la nuestra, de modo que nosotros también resucitaremos un día para nunca más volver a morir. Si la Cabeza ha resucitado, los miembros también resucitarán.

Con este horizonte la vida cambia radicalmente. Lo que llamamos “vida” no es un absoluto ni lo más importante. Hay cosas más importantes que ella. Así lo entendió recientemente el joven pakistaní que hizo de escudo humano ante un terrorista que iba a masacrar a un montón de cristianos que rezaban en una iglesia. O como han hecho los mártires de antaño y hogaño, en cualquiera de las geografías humanas y culturales de cualquier tiempo. Con la mirada puesta en la resurrección, se entiende que vale la pena entregar la vida por los demás, gastarse y sacrificarse por ellos, decir no al poder, al dinero y al placer en aras de servir a los demás. Al fin y al cabo, ¿qué es un puñado de años, aunque sea grande, comparado con la eternidad?

Tiene razón la liturgia de la Iglesia para repetir durante estos días, hasta hartarse, “aleluya, aleluya, aleluya”. Sí, alabemos a Dios porque resucitó a Jesús y, en él, nos resucitó a todos nosotros.

+Francisco Gil Hellín,

Arzobispo de Burgos

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.