LA FIESTA CRISTIANA DE LA PASCUA

Mons. Esteban EscuderoMons Esteban Escudero      Fe cristiana y resurrección de Jesús. Hoy mucha gente está entusiasmada por Jesús de Nazaret, un hombre libre, un hombre para los demás, profeta de un mundo más justo y más fraterno, pero no admiten su resurrección. Si fuese así, no sería el Salvador. La esperanza humana de una salvación sería en vano y la muerte tendría dominio sobre los hombres. San Pablo lo advierte en una de sus cartas: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también vuestra fe» (1 Cor 15, 14). Sin la resurrección, la muerte en la cruz de Jesús no nos salva y la Iglesia nada nuevo tendría que decir a la humanidad. Pero no, la fe cristiana es desde el principio fe en Jesucristo, resucitado de entre los muertos. De nuevo nos lo recuerda San Pablo:«Porque yo os transmití en primer lugar lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Cor 15, 3-4).

El anuncio de la Pascua. Con la muerte violenta y vergonzosa de Jesús en la cruz parecía que todo había acabado. También los discípulos de Jesús entendieron su muerte como el fin de sus esperanzas. El final de Jesús en la cruz parecía ser no sólo el fracaso de la vida de Jesús, sino el hundimiento de su mensaje del reino de Dios. ¿Qué puede, pues, explicar el comienzo de la Iglesia y la fuerza prodigiosa del cristianismo primitivo? La respuesta del Nuevo Testamento a esta cuestión es totalmente clara: los discípulos de Jesús anunciaron muy poco después de la crucifixión que Dios Padre lo había resucitado, que quien habían visto en la cruz se les había mostrado vivo y que el mismo Jesús resucitado los había enviado a ellos a anunciarlo por todo el mundo. Además, tal era su convencimiento, que estaban dispuestos a morir por su mensaje. No podían callar lo que habían experimentado.

Los testimonios sobre la resurrección. El Nuevo Testamento está lleno de testimonios sobre la resurrección de Jesús. Sin ella no se explicaría la certidumbre de los Apóstoles, ni la fe de los primeros cristianos, ni siquiera la aparición de los evangelios. Los testimonios de la Pascua de Resurrección siguen dos tradiciones diferentes. El anuncio de la Pascua (Kerygma) lo tenemos en fórmulas muy breves, muy antiguas y generalmente relacionadas con la liturgia. Así, por ejemplo:«Verdaderamente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón» (Lc 24, 43). O bien: «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras y se apareció a Cefas y luego a los doce» (1 Cor 15, 3-5). Véase también Hechos de los Apóstoles 2,32 y 10,40 y también la primera carta a Timoteo 3,16. Otra línea de tradición son los relatos sobre el sepulcro vacío y los relatos de las apariciones del Resucitado a algunos discípulos, como en el caso de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-43) o la aparición a los Apóstoles en el Cenáculo el día de Pascua y luego, con Tomás presente, ocho días después (Jn 20, 10-19). En todos los testimonios se dice lo mismo: Cristo no permaneció en el sepulcro, sino que resucitó de entre los muertos.

El significado de la resurrección de Jesús. La resurrección de Jesús no fue un retorno a la vida terrena, como en el caso de las resurrecciones que él había realizado antes de Pascua: la hija de Jairo, el joven de Naím, o la resurrección de LázaroEstos hechos eran acontecimientos milagrosos, pero las personas beneficiadas por el milagro volvían a tener, por el poder de Jesús, una vida terrena “ordinaria”. En cierto momento, tendrían que volver a morir. La Resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En su cuerpo resucitado, pasa del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio: vuelve al Padre, para vivir eternamente en el reino de los cielos. El Credo que recitamos todos los domingos resume así esta verdad: «Al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre, desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos y su reino no tendrá fin». La divinidad de Jesús es confirmada por su resurrección. Los discípulos le vieron en gloria y majestad, manifestado como Hijo de Dios. La Resurrección de Jesús es la confirmación y la revelación de lo que Jesús antes de la Pascua afirmó ser: su dignidad de Hijo de Dios. «Yo y el Padre somos uno… Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero, si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10, 29.37-38).

La resurrección de los muertos. La resurrección de Jesús y su entronización junto a Dios con poder divino no es para el Nuevo Testamento un acontecimiento aislado, sino el comienzo y la anticipación de la resurrección de los muertos. Jesús es el primogénito de los resucitados. Él es el principio y la garantía de nuestra resurrección tras la muerte. En El está la esperanza de nuestra futura resurrección. De nuevo nos lo explicará San Pablo: «Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre vino la resurrección. Pues lo mismo que en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo como primicia; después todos los que son de Cristo, en su venida» (1 Cor 15, 20-23).

La fe de la Iglesia. «Os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús (Hch 13, 32-33). La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central, transmitida como fundamental por la Tradición, establecida en los documentos del Nuevo Testamento y predicada como parte esencial del Misterio Pascual al mismo tiempo que la Cruz»(Catecismo, nº 638).

+ Esteban Escudero

Obispo de Palencia

Mons. Esteban Escudero Torre
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Mons. Esteban Escudero Torres nació en Valencia, el 4 de febrero de 1946. Cursó los estudios primarios y el bachillerato superior en el Colegio de los PP. Agustinos, de Valencia. A la edad de 17 años entró en el Seminario Metropolitano, sito en Moncada, donde cursó tres años de Filosofía y tres de Teología. Tras el bachillerato en Teología, obtuvo, en 1970, la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca. Con permiso del entonces Arzobispo de Valencia, don José María García Lahiguera, inició estudios de Filosofía en la Universidad literaria de Valencia obteniendo, en 1974, la Licenciatura en Filosofía pura. Durante el tiempo de sus estudios civiles, trabajó activamente en la Comisión Diocesana del Movimiento Junior, organizando frecuentes cursillos de formación religiosa y de técnicas de tiempo libre para los educadores de los distintos centros Juniors de la diócesis. Tras un año de diaconado en la Parroquia de San Martín, en la ciudad de Valencia, fue ordenado sacerdote el 12 de enero de 1975 y destinado, como coadjutor, a la Parroquia de la Asunción de Nuestra Señora, de Carlet. Durante cuatro años, simultaneó los trabajos pastorales de vicario parroquial con las clases de religión en el Instituto de Bachillerato de la localidad. Igualmente dirigió y animó espiritualmente el centro del Movimiento Junior de Carlet. Enviado a Roma en 1978 para ampliar estudios en la Pontificia Universidad Gregoriana por el Arzobispo don Miguel Roca Cabanellas, obtuvo el grado de Doctor en Filosofía de la Universidad con una tesis sobre el pensamiento filosófico de don Miguel de Unamuno. De regreso a la actividad pastoral de la diócesis, colaboró en la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y, posteriormente, en la Delegación Diocesana de Enseñanza y Educación Religiosa, donde desempeñó el cargo de Coordinador de la Enseñanza Religiosa Escolar y Director de la Escuela Diocesana de formación del profesorado de Enseñanza Religiosa Escolar. Igualmente, fue adscrito a la Parroquia de Nuestra Señora del Socorro, de Valencia, donde ha venido trabajando pastoralmente hasta su ordenación episcopal. Durante seis años fue profesor de Filosofía en el C.E.U. San Pablo de Moncada y, desde 1988, profesor, jefe de estudios y posteriormente director de la Escuela Diocesana de Pastoral. Al erigirse en 1994, por el Arzobispo don Agustín García-Gasco, el Instituto Diocesano de Ciencias Religiosas, fue nombrado Director, recorriendo regularmente las distintas sedes del mismo, e impartiendo clases de Fe-Cultura y Teología Dogmática. Desde 1982 impartió diversas asignaturas en la Facultad de Teología «San Vicente Ferrer», de Valencia, haciéndose cargo, como profesor agregado de dicha Facultad, desde el curso escolar 1988-1989 hasta su nombramiento episcopal, de las asignaturas de Historia de la Filosofía Antigua, Historia de la Filosofía Moderna y Filosofía y Fenomenología de la Religión. También fue profesor de Antropología Filosófica en la sede española del Pontificio Instituto Juan Pablo II para estudios sobre el matrimonio y la familia, desde su erección en la diócesis de Valencia. Desde 1988 es miembro de la asociación «Viajes a Tierra Santa con los PP. Franciscanos», habiendo dirigido y animado espiritualmente en numerosas ocasiones peregrinaciones a los lugares santos del cristianismo. Ha participado en varias reuniones y simposios sobre el diálogo, cristianismo y judaísmo. En 1999, don Agustín García-Gasco, Arzobispo de Valencia, le nombró canónigo de la Santa Iglesia Catedral Metropolitana, donde desempeñó el cargo de Secretario Capitular. Es autor de varios artículos de Filosofía y Teología de las Religiones, publicados en los números de la Revista Anales Valentinos de los años 1983, 1989, 1990, 1991 y 1999. Igualmente publicó, en 1994, el audiolibro en seis volúmenes Contenidos básicos de la fe cristiana, Valencia 1994, y el libro Creer es razonable. Introducción a la Filosofía y a la Fenomenología de la Religión, Valencia 1997. El 17 de noviembre de 2000, fue nombrado, por Su Santidad el papa Juan Pablo II, Obispo Titular de Thala y Auxiliar de Valencia, recibiendo la consagración episcopal el 13 de enero de 2001.