La alegría de la Resurrección

HoyoLopezRamonMons. Ramón del Hoyo      Hermanos y hermanas:
Las siete semanas, cincuenta días, en que los cristianos celebramos cada año la Pascua de Resurrección, son como un solo día de fiesta y de gracia.  La Cincuentena pascual es el “tiempo fuerte litúrgico” por excelencia del año cristiano, porque Cristo resucitó no sólo hace dos mil años, sino que sigue viviendo y se hace presente en todo momento junto a nosotros.
El cirio pascual, encendido en nuestras Iglesias desde la noche de Pascua hasta el día de Pentecostés, nos lo recuerda. La Pascua de Cristo y su Vida debe llegar a cada uno y penetrarnos de su luz. A pesar de nuestras debilidades, o precisamente por ellas, el Resucitado quiere renovarnos cada año, llenándonos de su Espíritu y del don de la alegría.
  “El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya!», canta la liturgia de Pascua. “Los cincuenta días del tiempo pascual, dice san Agustín, excluyen los ayunos, pues se trata de una anticipación del banquete que nos espera allá arriba” (Sermón, 252).
Los Evangelistas nos han dejado constancia, en cada una de las apariciones de Jesús Resucitado, de cómo los Apóstoles se alegraban viendo al Señor. Su alegría brotaba por ver a Cristo de nuevo, de saber que estaba vivo y de haber estado con Él.
 Pensemos, como creyentes, que la alegría verdadera no depende del bienestar  material, de no padecer necesidades, de la ausencia de dificultades, de la salud… La alegría profunda tiene su origen en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor. Se cumple así la promesa del Señor: “Os daré una alegría que nadie os podrá quitar” (Jn 16,22). La única exigencia para ello es: no separarnos de Dios, no permitir que las cosas nos separen de Él, sabernos y sentirnos en todo momento hijos suyos.
La alegría es también una forma de dar gracias a Dios por los dones y beneficios que de Él recibimos. Nuestro Padre Dios está contento con nosotros cuando nos ve felices y alegres.
El mundo y no pocas personas, incluso cercanos a nosotros, no disfrutan de esa alegría y la ansían, sin conocer su fuente. La alegría serena y amable del cristiano en la familia, en la calle, en el trabajo y en las relaciones sociales, es un instrumento de evangelización. Observarán que vivir junto con Cristo y seguir su evangelio producen estos frutos.
 Por el contrario, la tristeza nos deja sin fuerzas. Es como el barro pegado a las botas del caminante que, además de mancharlo, le impide avanzar. Santo Tomás escribe que “todo el que quiera progresar en la vida espiritual necesita tener alegría” (Comentario a la carta a los Filipenses 4,1).
Pensemos en la alegría interior que manifestaba siempre Jesucristo. En la de María Santísima, madre de la esperanza y de la gracia. Los cristianos siempre la hemos invocado como causa de nuestra alegría,“causa nostra laetitia”. Y en la vida de los santos, si nos acercamos a Santa Teresa de Jesús o san Juan Bosco, en el quinto y segundo centenario que celebramos, una de las cualidades que mejor les caracterizan es su alegría. ¡Feliz Pascua!.
Con mi saludo y afecto en el Señor
+ Ramón del Hoyo López
  Obispo de Jaén
Mons. Ramón del Hoyo
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Mons. Ramón del Hoyo nació el 4 de septiembre de 1940 en Arlanzón (Burgos). Cursó estudios en los Seminarios Menor y Mayor de Burgos, entre 1955 y 1963. Obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Salamanca (1963-1965) y el Doctorado en la Pontificia Universidad Angelicum (1975-1977). Fue ordenado sacerdote para la archidiócesis de Burgos el 5 de septiembre de 1965. CARGOS PASTORALES Su ministerio sacerdotal lo desarrolló en la diócesis burgalesa. Comenzó como coadjutor de la parroquia de Santa María la Real y Antigua y Director espiritual de la Escuela media femenina “Caritas”, entre 1965 y 1968. Desde este último año y hasta 1974 fue Notario eclesiástico y Secretario del Tribunal Eclesiástico. Además, en el año 1972 fue nombrado Provisor-adjunto de la Curia de Burgos y en 1978 Provisor, cargo que desempeñó hasta 1996. También fue Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico Metropolitano desde el año 1978 y hasta 1993, cuando fue nombrado Vicario General y Canónigo y Presidente del Capítulo Catedral Metropolitano. Estos cargos los compaginó, desde 1977 y hasta su nombramiento episcopal, con la docencia en la Facultad de Teología del Norte de España, sede de Burgos, como profesor de Derecho Canónico. El 26 de junio de 1996 fue nombrado obispo de Cuenca y recibió la ordenación episcopal el 15 de septiembre del mismo año. El 19 de mayo de 2005 se hacía público su nombramiento como obispo de Jaén, diócesis de la que tomó posesión el 2 de julio de 2005. El papa Francisco acepta su renuncia al gobierno pastoral de esta diócesis el 9 de abril de 2016 y le nombra administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor,el 28 de mayo de 2016. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, de la que fue presidente de 2005 a 2011. Ha sido miembro del Consejo de Economía desde 2012 a 2017. También fue miembro de la “Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia”, que se creó con el encargo de preparar la Declaración y la promoción de la figura del nuevo Doctor.