Ante la Semana Santa

antonio_canizaresMons. Antonio Cañizares      Estamos en los umbrales de la Semana por excelencia «Santa». Entraremos a ella con veneración y asombro, con fe y esperanza, con profundo agradecimiento ante tanto amor que Dios nos muestra y entrega en su Hijo, con sentimientos de piedad y corazón contrito y humillado; llenos de gozo porque sabemos que ha llegado «la hora de la verdad», la hora en que es glorificado el Hijo del Hombre, la hora de Dios y de la esperanza que no defrauda para la humanidad entera. Porque en ella contemplamos y vivimos, de manera particularmente intensa, el Misterio de Jesucristo que se muestra, en toda su densidad, en los acontecimientos de su pasión, muerte y resurrección, que estos días actualizan las celebraciones litúrgicas y se expresan plásticamente en las manifestaciones de la devoción popular.

A pesar de la fuerte secularización que nos envuelve –de la que se ve afectada la celebración de la Semana Santa, a veces vaciada de su contenido o reducida a una expresión cultural–, los cristianos de Valencia queremos celebrarla en toda su verdad. En los templos y en las calles, en los corazones de cada fiel cristiano de Valencia, templos vivos de Dios, queremos, en efecto, que sean días de fe reavivada por la escucha de la Palabra de Dios, la lectura de la Pasión de Jesucristo, la contemplación de su rostro y de su cuerpo escarnecido colgado del madero o glorioso triunfador de la muerte.

Queremos vivir con piedad religiosa, en estos días santos, los misterios fundamentales de nuestra fe que constituyen, junto con la Encarnación y venida en carne del Hijo del Dios vivo, Jesucristo, el centro y la cima de toda la historia humana, la clave y el sentido de todo. Queremos que, en esta Semana, sean vividos por nosotros con fervor hondo y sincero los misterios acaecidos en Jerusalén en tiempo de Poncio Pilato, que han cambiado la faz de la tierra y la han hecho brillar con la luz inextinguible de la redención que se extiende a todos los hombres y pueblos, a toda realidad de nuestro mundo.

Pedimos a Dios nos dé su gracia, nos ayude con su auxilio, para que la participación en la liturgia, en las visitas al «Monumento» donde se encuentra el Señor Sacramentado o en las vigilias de oración, en los «Via Crucis» que hagamos, en las procesiones o en otras manifestaciones de la piedad popular, en los momentos intensos de oración sencilla y auténtica, en las obras de penitencia y de caridad de estas jornadas, nos llenemos de cuanto estos días celebramos de la fuerza vivificadora de la salvación que procede de la Cruz y de la Resurrección del único Nombre, Cristo, que se nos ha dado a los hombres para la salvación de todos.

Que Dios nos conceda a todos el vivir estos días en un ambiente de oración intensa y verdadera, en adoración humilde y en acción de gracias, en plegaria confiada por las necesidades de todos para que a todos alcance la alegría de esta salvación, en contemplación de tanto amor por nosotros para que, de ahí, saquemos amor para amar con ese mismo amor que en derroche de gracia y sabiduría vemos y palpamos en los misterios de la Pascua.

Que venga a nosotros el auxilio de la gracia divina, que sea una Semana Santa celebrada en verdad. Una Semana, arranque y aliento para el resto de las semanas, vivida en conformidad plena con la verdad auténtica que en ella se contiene: la del amor de Dios que nos ama hasta el extremo para que su amor esté en nosotros y nos amemos como Él nos ha amado en su Hijo Jesucristo, aclamado por los pequeños, los niños y sencillos con palmas y ramos de olivo en su entrada en Jerusalén, hecho pan y vino –cuerpo y sangre–, partido y derramado por nosotros, traicionado, acusado injustamente, apresado y llevado a los tribunales inicuos, condenado y ajusticiado como un malhechor, con los hombros cargados y abrumados por nuestros delitos, colgado del madero de la cruz fuera de la ciudad, sepultado en un sepulcro que ni siquiera es suyo, resucitado, triunfador de la muerte, piedra angular sobre la que únicamente se puede edificar una humanidad nueva.

Sentimos la llamada para celebrar con verdad, a vivir de manera especialmente fuerte la caridad que brota del costado abierto de Cristo y de su Cuerpo entregado, con obras de caridad significativas, con limosnas, con visitas a los enfermos y a los pobres y desamparados. No podemos olvidar que el Jueves Santo, día de la Institución de la Eucaristía o memorial del que se entrega por nosotros habiendo amado hasta el extremo a los suyos, es el «Día del amor fraterno», inseparable de los demás días de esta Semana, porque forma una unidad con ellos. Como la Cena del Jueves Santo, en que Jesús lavó los pies a los discípulos y nos deja el testamento como alianza nueva y eterna de ese amor entregado por todos los hombres, toda la Semana y todo el año no debería ser otra cosa que expresión y realidad viva de su mismo amor: hacer lo mismo que Él ha hecho y nos ha dejado.

Nuestros corazones y miradas, nuestros pensamientos y deseos como discípulos de Jesús, como cristianos, estos días se recogerán en un interior contemplativo, mirando a la cruz, oteando la alborada de la mañana de Pascua en la que quedan rotas todas las cadenas y amenazas de mal y de muerte que pesan sobre la humanidad entera, sobre todo en estos momentos de oscuridad que nos envuelve particularmente por los horrores de las guerras y tanta violencia desatada. Ante la Cruz, ante Cristo que cuelga del madero para el perdón de nuestros pecados y liberarnos de la muerte, traer la paz y la reconciliación, inundarnos con la infinita y divina misericordia, y darnos y llenarnos de vida plena, desfilan estos días como un calvario, siempre el mismo, tanto sufrimiento y tanto horror, tanta herida y tanta sangre, tanta muerte y tanta amenaza de aniquilación, tanta injusticia y tanta violencia como aqueja nuestro mundo, como se ceba en todos los crucificados con Cristo a lo largo de los tiempos de nuestro propio tiempo. ¿Qué se puede hacer?

«Los Evangelios cuentan que a un hombre llamado Simón, “le obligaron a llevar su cruz” y que había algunas mujeres que los seguían, llorando, a lo largo de todo el camino hasta el lugar de la crucifixión. La tradición narra que una mujer de nombre Verónica enjugó el rostro de Jesús con un lienzo. El Evangelio de San Juan nos dice que “junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena, así como el discípulo a quien Él quería”. Los fieles no abandonaron al Hijo de Dios escondido en el Hijo del Hombre que sufría. También para nosotros, Jesús en la Cruz se convierte en la prueba de nuestra fe y en el juicio de Dios sobre nuestra conducta» (San Juan Pablo II).

Celebrar, en consecuencia, la Semana Santa en verdad reclama unirnos a Cristo crucificado, unirnos en Él y con Él a los crucificados y sufrientes de nuestro tiempo, a las víctimas de la violencia, a los que padecen el desamor, para mostrarles el amor redentor, para que puedan «ver» a Jesús, que ha dado su vida por ellos y quieren conocerlo, verlo y palparlo, como nosotros lo hemos visto y palpado en su cercanía de infinita compasión, misericordia y amor por todos.

A todos deseo que esta Semana sea muy santa, es decir, llena de fe y de amor, abierta a la esperanza. Que sea una Semana dichosa porque en nosotros se enraíza el Amor que cuelga de la Cruz, ese amor extremo y pleno que se nos ha dado y con el que podemos amar, amarnos unos a otros, como Él nos ha amado. Que sean días abiertos de par en par a la paz, la verdadera paz, la que solo Él puede dar, la que brota de su sangre derramada para la reconciliación y el perdón, la que surge llena de vida nueva con la victoria de la resurrección; esa paz con la que el Señor, triunfador del odio y de la muerte, nos saluda a todos y nos la entrega para que demos testimonio de ella y la hagamos presente entre los hombres, como Él está presente, en medio nuestro, hasta el fin de los siglos. ¡Esta semana es la hora de Dios, la hora de la esperanza que no defrauda, la hora de la victoria de la resurrección de Jesucristo, garantía segura de nuestra resurrección, que llena de sentido la vida!

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014