“SEÑOR, ¿QUÉ MANDÁIS HACER DE MÍ?”

Mons. Juan José OmellaMons. Juan José Omella     Día del Seminario

Este es el lema escogido este año para el Día del Seminario. Está inspirado en una hermosa poesía de Santa Teresa de Ávila, precisamente en este año en el que celebramos el quinto centenario de su nacimiento.

En esa poesía la santa dice que está dispuesta a todo con tal de agradar a Dios, de hacer su voluntad. Se declara “pertenencia exclusiva de Él: vuestra soy, para Vos nací. ¿Qué mandáis hacer de mí?”, siguiendo el camino vocacional iniciado por María en el momento sublime de la Anunciación: “He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” .

Teresa pide a Dios que le dé lo que sea mejor según sus designios inescrutables: “vida, salud, enfermedad, honra o deshonra me dad; guerra o paz crecida, flaqueza o fuerza cumplida, que a todo digo que sí”.

¿Cuántos niños y jóvenes de nuestra entrañable tierra riojana están dispuestos a decirle al Señor, si es que les llega a llamar: “¿qué mandáis hacer de mí?”, dotados de la mejor disposición hasta el punto de decir con la Santa, de corazón y de verdad, “que a todo digo que sí”?.

Es notorio que llevamos unos años caracterizados por una carencia de vocaciones sacerdotales, carencia que tiene muchas causas, algunas muy determinantes. Me limito a recordarlas sin detenerme en demasía pues lo que nos sobran son análisis, diagnósticos, predicciones, datos, estadísticas, y lo que nos falta es más vida cristiana, más formación y más espíritu de oración, que nos inculcó el Señor al recordarnos aquello tan conocido y repetido, y tal vez no muy vivido, de “pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá” .

No hay vocaciones, decimos, porque en muchas de nuestras familias se ha apagado el sentido cristiano más genuino y ya no afloran con la vitalidad adecuada las virtudes de la fe en Dios, de la esperanza en la Iglesia y del amor a los demás. Al día de hoy, nuestros hogares – con pocos hijos y a menudo muy mimados – ya no son esa “iglesia doméstica” en la que abundaban las grandes ilusiones, el afán de superación, la valentía del sacrificio. Nunca las vocaciones han surgido por generación espontánea, y menos lo harán hoy.

No quiero ceñirme a ninguna actitud de nostalgia o de añoranza de tiempos pasados, que entre otras cosas no sirve para nada. Mucho menos de lamentación asimismo negativa y frustrante. Quiero pensar en Dios, que es el que llama, y que nunca se deja ganar en generosidad. La conocida expresión de Isaías: “la mano del Señor no es tan débil que no pueda salvar, ni su oído tan duro que no pueda oír” tiene hoy más actualidad que nunca. Nos obliga a vivir la esperanza contra toda esperanza. Sí, quiero hacer un llamamiento a los más de veinticinco mil jóvenes menores de 16 años para que – con la ayuda de sus padres, catequistas, sacerdotes y amigos – reflexionen y vean delante de Dios si éste lea llama para servir a la Iglesia y a la sociedad siendo como aquellos doce primeros, “los amigos de Dios que, dejándolo todo, lo siguieron”. De los muchos jóvenes que dedican buena parte de su tiempo libre a ayudar a los demás por amor a Dios, en Cáritas, campos de trabajo, Misiones, catequesis, grupos juveniles, tiempo libre -, ¿no serán capaces algunos de dejarlo todo y seguirle a Él?

Hoy, tres jóvenes de nuestro seminario recibirán las primeras órdenes que les llevarán al sacerdocio. Sí, sigue habiendo jóvenes que escuchan la llamada de Dios y responden con generosidad. Pidamos por ellos y acompañémosles con su nuestro aprecio.

También quiero recordar a nuestros jóvenes el ejemplo espléndido y atractivo de tantos sacerdotes que están dando lo mejor de sí mismos por hacer el bien, evangelizando a todos, con la predilección puesta en los pobres y en los necesitados.

Termino con un llamamiento – lleno de mi afecto de obispo – a los miles de padres y madres cristianos que, con seguridad, y en algún momento de sus vidas, sintieron la alegre ilusión de poder tener un hijo sacerdote. ¿Se ha apagado esa llama en sus corazones? ¿Por qué no reavivarla? Nada llenará sus corazones de tanta alegría y de tanto sentido.

Lo pido a Dios por intercesión de nuestra Santa de Ávila.

Con mi afecto y bendición

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.