Los sacerdotes que amamos

agusti_cortesMons. Agustí Cortés      Cuando se acerca el día de las vocaciones sacerdotales y del Seminario, sentimos que nos tocan uno de los puntos más sensibles de la vida eclesial. Porque sin sacerdotes no puede existir la Iglesia y sin buenos sacerdotes no puede existir una auténtica Iglesia de Jesucristo. Y porque la afirmación inversa también es verdadera: tanto el número de vocaciones como su autenticidad depende del “numero de cristianos auténticos” que hay en nuestra Iglesia. Es decir, el Seminario, el conjunto de vocaciones al sacerdocio, es como uno de los parámetros principales que usan los médicos para medir la salud de una persona en un chequeo general, o como la observación de los frutos de un árbol, su número y calidad, para deducir si el árbol está bien, si es bueno o no, como nos enseñó Jesús (cf. Mt 7,16-20).

Así que a todos nos preocupa la cantidad de vocaciones al sacerdocio, el número de seminaristas que se preparan para recibir el ministerio sacerdotal, tanto como su calidad de fe y vida entregada y unida a Jesucristo. Pero esta preocupación se vuelve sobre nosotros mismos. Pues en definitiva “de tal Iglesia, tales sacerdotes; de tales cristianos, tales ministros que les sirven”.

Se aprecia con toda claridad, si trasladamos este principio a la relación que tuvo Santa Teresa de Ávila con los sacerdotes. Quienes han estudiado este aspecto de su vida, ponderan en primer lugar el profundo afecto y el cariño que les profesaba. Siempre estuvieron presentes en toda su biografía; sin ellos Sta. Teresa no hubiera sido lo que llegó a ser ni hubiera podido realizar su obra. Por eso ella siempre les “defendió”, aun sin faltar a la verdad. Conmueve observar a D. Julián de Ávila, que con una confianza total le sigue y le apoya en sus andanzas y fundaciones, hasta en las situaciones más difíciles, aun siendo un anciano, liberándole de su soledad y su desconcierto, asegurándole su apoyo sacerdotal; y el trato con Gaspar Daza o Gonzalo de Aranda y su misma relación con San Juan de Ávila, y otros muchos. Y comprobamos su madurez en el amor, para saber discernir las debilidades de sacerdotes como las del joven cura de Becedas y la ambigüedad del sacerdote sevillano Garciálvarez, sin retirarles el sincero afecto y el reconocimiento. Y la eficacia de su oración de intercesión para que un sacerdote salga de una situación irregular… Un autor concluye en este sentido:

“Teresa correspondió (a los sacerdotes) metiéndoles en su mundo de Dios y haciéndoles gustar los frutos y consuelos de la oración”.

Una Iglesia que ame así a los sacerdotes y los sienta injertados en su vida de esta manera es una Iglesia fecunda. La espiritualidad teresiana necesita ser adaptada a la que es propia de los sacerdotes seculares, pero su inspiración ha ayudado a muchos. Tenemos cercanos los testimonios de dos sacerdotes diocesanos, que iluminados por la espiritualidad de Sta. Teresa, fundaron sendas obras o carismas en la Iglesia: los santos Enrique de Ossó (Compañía de Sta. Teresa) y Pedro Poveda (Institución Teresiana).

La reforma de la Iglesia que se anhelaba y promovía en el siglo XVI tanto o más que hoy, demandaba sacerdotes de ciencia y virtud. Así lo expresó repetidamente San Juan de Ávila en sus Memoriales.

– Sin sacerdotes sabios y santos no hay posible Iglesia reformada.

– Evidentemente de estas dos cualidades la más importante es la virtud.

– Ésta, la virtud, nace del encuentro de fe y la vivencia de amor con Jesucristo que se contagia y se comparte en la Iglesia.

En el camino de la virtud uno se hace capaz de oír la llamada de Cristo a seguirle como apóstol. Quien responde se vuelve hacia los hermanos en la Iglesia y se pone a servirles lavándoles los pies y preparando la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Ése es un sacerdote.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 307 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.